Aplauden cuando sugiero que con el siguiente acto puedo morir

Por César Cortés Vega*  | ➜

1.- Londres necropop // El merolico-fakir

Aroma de amanecer con tufo a cadáver, el dolor sosegado que todo lo suspende. El último día en Londres tiene esa pátina de melancolía propia de las despedidas. Abandono que parece estar ahí para hacerme comprender la naturaleza de un sentimiento que nos heredara el viejo mundo. Cada cosa me hace pensar acá que no hay acto más fidedigno que aquel ocurrido en la memoria, como si no pudiésemos escapar de un presente hecho de recuerdos. ¿No eso lo que exige ese rancio concepto de ciudadanía?…

Estoy en Trafalgar Square, sin poder desechar de mi mente las imágenes de la muerte de varios connacionales, vistas apenas unos días atrás en la Red, donde lo siniestro se viraliza de inmediato. Pero, para colmo de males, no es eso lo único que me hace caminar con una sensación de irrealidad. Porque así, fuera del lugar que me corresponde por herencia causal, ninguna vida me parece más o menos importante; pakistaníes, ucranianos, sirios o nigerianos circulando por todos los barrios zonificados de la capital inglesa, señalan el dolor del desplazamiento, la capacidad de adaptación. Luego, hay otra imagen en loop que incrementa mi desasosiego. Desprovista de carga política, está llena de inmediatez, perfecta proveedora de perplejidad: una mujer en un video de YouTube, siendo tragada por una escalera eléctrica. En un último intento de supervivencia, ella salva a su hijo arrojándolo fuera del peligro, para luego ser destrozada por los engranajes… El video ha sido reproducido millones de veces. Me es imposible así fijar la imagen de aquellos, mis cuerpos políticos, repletos de poder —como diría Judith Butler—. Quiero decir; no sólo su imagen, sin recordar otras que son una especie de exclusión inclusiva en la intimidad de la tragedia. Porque pienso en la intraductibilidad de aquello que los ojos de los desplazados habrán visto en las comunidades negadas por la guerra o el despilfarro de mercado. Un ejército de representaciones siniestras que han sido almacenadas en millones de sitios, y que a pesar de ello son incapaces de dar cuenta del dolor percibido por la mente de alguien que presiente su fin muy cerca… Intento recuperarme tomando un café, respirando pausadamente, mientras observo a un merolico-fakir apostado en la plaza delante de la National Gallery, que le pregunta al público en tono de broma:

¿Por qué aplauden cuando sugiero que con el siguiente acto puedo morir?

Aquello que ha sido percibido directamente se queda ahí; las improntas de la memoria que no están para archivar algo trascendental, sino que ocupan un espacio en la mente, gracias a quién sabe qué. Puro residuo emocional, quizá más valioso que todas aquellas piezas de museo que uno se afana por repasar una y otra vez en los largos pasillos de lo tangible. Al final, apenas un atisbo de apariencia intrascendente, se incrusta en nosotros para no irse más. Imposible resistir, sin embargo: vuelvo a las imágenes de restos humanos que deberían impactarme, y que en todo caso definen mi andar futuro como una mezcla de desencanto visceral y rencor. Los motivos del desplazamiento, la muerte y su difusión política. El regreso será difícil— pienso.

2.- Roma necropop // RanXerox El calor es impensable. Las cabezas de los turistas hierven, y yo soy incapaz de odiarles como se debe, porque el subir y bajar entre ruinas parece un suplicio. Son esclavos de su necesidad irrefrenable por ver todo lo que ya está un billón de veces visto. Todas las cabezas zombies se toman selfies con sus extensiones para la cámara del celular, frente al coliseo: nada nuevo, pero así en vivo, en pleno horizonte romano, esto provoca asco y vértigo. En tanto, la vieja Roma observa: en el fondo el Arco de Septimio Severo tiene borrado el nombre de Geta. Ha sido su hermano Cacalla, uno de los hijos del homenajeado, quien mandó quitarlo, luego de haberlo asesinado. No puedo sino tomarle una foto con mi cel. Necropop. El término apareció casi de la nada, en aquellas sesiones de paradojas radicales en las que planeábamos el V Encuentro de Telecápita. Hablábamos de los procesos de descomposición simbólica en los cuales los cadáveres entran, antes de cumplir su cometido comunicacional. Necropolítica, pensaba aquella vez; aquello que Mbembe define como el estado extremo de un capitalismo que cosifica a sus integrantes hasta el límite representacional:

[…]el terror sagrado de la verdad y la exclusividad (expulsiones, instalación de personas “sin Estado” en campos de refugiados, establecimiento de nuevas colonias). Tras el terror de lo sagrado se encuentra la constante exhumación de huesos sin hallar, el recuerdo permanente de un cuerpo irreconocible a base de ser despedazado; los límites, o más bien, la imposibilidad de representación de un “crimen absoluto”, de una muerte inefable[…]

Una especie de invasión radical, anti-efectiva y chocante, que asume la crítica de la crítica gracias a los terrores de la circulación, lo puso en mi boca: Necropop. Y los pudores necesitados de deseo que germinan bien en la banalidad. Apostarse en la esquina para observar, justo como en una especie de post-adolescencia que recupera imágenes de la pubertad verdadera. Por ejemplo del italiano RanXerox, aquel cyborg descerebrado que no busca justicia, sino que mata como sólo una máquina sería capaz de matar. El término no es despiadado, porque para eso, un androide tendría que evolucionar hacia sutilezas históricas que sólo se poseen por contaminación: la piedad no es cosa fácil, es un vacío irrepresentable en términos objetivos (oh, Lazlo Toth, no te olvidaremos). En todo caso, una máquina como RanXerox, sólo podría copiar aquel sentimiento, como una Xerox que reproduce todos los pliegues de una obsesión histórica, la razón instrumental capaz de crear máquinas perdidas en la periferia de las ciudades… Adorno y Horkheimer hablarían, mucho antes de que la expresión pop se colara en nuestras lenguas, acerca de dos tipos de razón: la subjetiva, que fija procedimientos y estrategias que determinan un cumplimiento, y la objetiva, hermana de la anterior, que confía en sistemas globales para explicar los entes del mundo. El positivismo tendría mucho de ambas formas de pensar: el cientificismo de corte humanista, por ejemplo, podría ser uno de sus engendros modernos, construidos por la cultura capitalista: la noción de que el avance programático tiene un objetivo loable que agrega peldaños a la escalera del progreso. Y todo ello diseminado en spots de deseo y esteticismo que detrás guardan una ominosidad de la imagen sin parangón. Detrás de cada estupidez televisiva, está. Detrás de cada logotipo y de los softwares con los cuales se realizan. Detrás de las envolturas de cacahuates y de muchos publicistas y diseñadores comprometidos con su oficio. Una estetización zombie, de desecho, indica en sus capas íntimas la muerte dosificada, la imposibilidad de escapar si no es mediante una ambigüedad que asuma esa producción de muerte hecha de deseo. Luego, un robot ecce homo como nacimiento de aquel sujeto abandonado a su suerte, en mi memoria: RanXerox se presentaba en el comic como una máquina de matar perdida. Siempre iba acompañado de una niña de doce años —Lubna— quizá tan fría como él mismo, y a la que el robot había aprendido a… ¿amar? Sí, quizá, un posible sujeto endriago, como de los que habla Sayak Valencia, mezclado con aquellos juguetes sociales creados en el último peldaño del post-humanismo. Y yo, un adolescente chaquetero, en aquellos momentos de soledad fiera de los suburbios, que impresionado por los dibujos de Tanino Liberatore, no podía dejar de leer las imágenes de una Italia que todavía no conocía, en una reproducción gringa de la revista Heavy Metal. Adolescente con ganas de coger, con ganas de drogarse, con ganas de ver sangre, con ganas hacer añicos los mediocres preceptos de la clase media, hoy, acá, haciendo anotaciones en medio de la nueva Roma…

3.- París necropop // La Mexicaine de la Perforation Aquellos me exigen identidad. Aquellos que moralmente quisieran mi pertenencia. ¿De dónde soy? La razón instrumental también hace camino en la implementación de los sistemas, o de filiaciones que asumen el deber de compromisos gestuales, de auto control, o incluso humillación. Parecerse a los otros. Pero; ¿a quiénes? Eso, en lugares como estos, es el sutil objeto de la transmisión. Así sobrevivió la sociedad, pero también así se eliminó a quienes no coincidían con la generalidad. Pero esto, contrariamente a lo que opinan las derechas evolucionistas, no es una cuestión de fuerza, sino de política. Dice James C. Scott:

[…]Cómo podemos estudiar las relaciones de poder cuando los que carecen de él se ven obligados con frecuencia a adoptar una actitud estratégica en presencia de los poderosos y cuando éstos, a su vez, entienden que les conviene sobreactuar su reputación y su poder?[…]

La moral está también en los intersticios, se cuela como un parásito de deberes invisibles. Razón de las coladeras: así avanzamos todos en espacios en los que se exige tal adaptación. Cuando, por ejemplo, estoy afuera del país, este desplazamiento elegido no se parece nada a aquellos de la precariedad, muchos de los cuales se dejan ver debajo de los puentes de todas las ciudades. Sin embargo, por momentos uno lo puede sentir, aunque sea por unos instantes: a los ojos de una Europa conservadora que aún mantiene sus símbolos protegidos, cualquiera que no pertenezca a las lógicas de la norma, es un inmigrante digno de exclusión. La ira de Franz Fanon no habría sido tan radical, sin el recuento de esos detalles. Pero los excluidos, ya lo decía Foucault, también están adentro, son parte de la ciudadanía. Camino por los largos pasillos de las catacumbas parisinas, observando huesos sobre huesos. Cráneos que decoran la penumbra de las viejas ciudades, habitadas por generaciones enteras que ahora están acá, muertas. Una conciencia de totalidad invade mis propios huesos turistas, en lo que fueran primero ruinas de minas en el periodo romano. Fue un policía —Monsieur Thiroux de Crosne—, y un inspector de minas —Monsieur Guillaumont—, a quienes se les ocurrió la interesante idea de ponerlos aquí, al no saber qué hacer con el exceso de restos humanos en los cementerios. Así, todos aquellos cadáveres encontrarían una función más allá de lo operativo. Estética del exceso por razones prácticas, como una especie de Tzompantli desfasado, con una intensidad que se arropa en lo profiláctico, pero que por supuesto tiene motivos íntimos ocultos. Los cráneos son incontables, y hacen las paredes de varios de los pasillos que componen las catacumbas de más de 300 kilómetros. Dentro de ellas se han realizado todo tipo de actos; ocultamiento de la resistencia francesa en la Segunda Guerra, fiestas clandestinas realizadas por punks o misas negras. Y, además del acceso pagado, a ellas se puede entrar por alcantarillas, o agujeros cavados en secrecía, que alcanzan alguno de sus innumerables túneles. Existe incluso una terminología que distingue a los catafilos, como una clase especial de amantes de la clandestinidad que realizan eventos prohibidos dentro de sus pasadizos. De ellos, una célula que no pasa de los 15 miembros, se hizo presente hace no mucho gracias a que fueron perseguidos en una exagerada maniobra con perros y policías antiterroristas, a causa de que los encontraron en el interior de las catacumbas viendo… una vieja película de terror. Ellos son La Mexicaine de la Perforation: algo así como promotores culturales de la invisibilidad. Se trata de una subdivisión de los llamados UX (Urban eXperiment) que tienen funciones similares de tipo intervencionista. Están dedicados a hacer fiestas, reuniones, restaurantes, salas de cine, de manera clandestina, buscando para ello ruinas o espacios vacíos que la gran cultura operativa de la visibilidad ha olvidado. Zonas Temporalmente Autónomas, que parten de la renunciación al convencimiento de la generalidad. Dice uno de sus miembros:

Hay tantas redes subterráneas -las cuevas, el subterráneo, la electricidad, las cloacas- y cada una depende de una burocracia diferente […] Los exploradores urbanos son los únicos que, entre nosotros, las conocen bien. Nos movemos entre cada red. Sabemos dónde se comunican. Muchas veces somos nosotros los que hacemos que se comuniquen. Las autoridades, la policía, la municipalidad, no saben ni la milésima parte de lo que hay ahí abajo.

Acaso este sea un guiño interesante para terminar: entre los muertos hay quizá una posibilidad. No negación de la vida, tanto como la aceptación de una muerte erótica que vislumbre pasadizos, para distanciarse así, como lo hicieran los viejos románticos, de los supuestos privilegios de la instrumentalización. Y, entre más desapercibido dicho distanciamiento, mejor. Porque no se guarda ahí, sino tan sólo se aguarda. En cualquier lugar, en ninguno.

 

* César Cortés Vega.- Algunos de sus libros publicados son Abandona Silicia (novela), espejo-ojepse (noveleta experimental), Periferias y mentiras. Textos sobre arte, banalidad y cultura (ensayo), Reven (poesía). Poemas suyos han sido publicados en las antologías San Diego Poetry Annual 2013, Paraguas para remediar la soledad, Siete de la poesía, Ecos de la imagen, poesíacero, Región de ruina, entre otras. Ha compilado los libros Textos postautónomos, Citas caníbales y Anti/Pro canibalia. Coordina la publicación Ágora Speed; postliteraturas (http://agoraspeed.org/). Ha presentado obra visual en México, España, Japón, Irlanda y Dinamarca. Es director editorial de Telecápita.

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