De la indignación a la digna acción

Por Gabriel Yépez | ➜

La obra expresa una “actitud” escénica que remite a una toma de postura ética.

Óscar Cornago.

 

Durante el más reciente Encuentro Internacional de Escena Contemporánea, Transversales 18 realizado en la ciudad de San Luis Potosí a mediados de agosto de 2015, tuvo lugar el seminario teórico “Atravesar una fantasía. Deseo y colectividad”. El Encuentro Transversales da cita a creadores de la escena actual internacional y ha logrado a lo largo de los años generar un espacio singular en el que la reflexión teórica ha sido el eje de distintas inquietudes. En esta emisión —la número 18— además de continuar con esa insistencia en la creación de pensamiento crítico el encuentro, sumó la colaboración de la iniciativa Telecápita, un maridaje que logró conjuntar diversas visiones sobre  la  compleja y vigente pregunta inicial: atravesar una fantasía.

Una de las primeras interrogantes que detona la pregunta sobre las formas de atravesar una fantasía es compleja si entendemos fantasía como una ficción de la realidad y, yendo aún más lejos; la fantasía como esa realidad que nos envuelve ideológicamente, esa realidad que siguiendo a Jaques Rancière es “una ficción dominante”. Ahora bien, partamos  de dos niveles distintos de enunciación; el plural y el singular. Cuál es la fantasía que intentamos atravesar ¿la colectiva? esa fantasía que hemos o nos han creado sobre las cosas, o la individual; esa en la que yo supongo que acciono de tal o cual manera de acuerdo a mis circunstancias.

A estas dos preguntas se puede intentar responder de la siguiente manera: la fantasía como ficción dominante o consensuada no puede atravesarse si no es desde una postura individual. Para atravesar la fantasía colectivamente se requiere en primer lugar de una toma de consciencia personal que logre conducirnos a un estado en el que al sumarnos nos volvamos multitud y no masa. Este poder individual de elección/ acción es el punto de partida para procurar una transformación conjunta, una transformación que desde la puesta en crisis  de nuestro confort individual nos implique en un contexto específico.

Recurrentemente hacemos referencia a la colectividad, a la fuerza de una grupo de personas que puede lograr generar cambios sustanciales en la forma de relacionarse. Esta forma de plantear la idea de grupo o colectividad es peligrosa ya que tiende a hegemonizar las potencialidades de cada uno de quienes las conforman. Esa individualidad no puede ser colectividad a menos de atravesar por una toma de consciencia individual sobre sus propias acciones, aquello que para Hanna Arendt es el inicio de una convivencia social cuando afirma que “una vida sin examen (de sí misma) no merece ser vivida”.

Todo acto escénico o de representación dentro de la escena de emergencia que vive nuestro país debería plantearse la posibilidad de constituirse desde una presencia consciente que lo implique de manera ética y política, una forma de pasar de la indignación a la digna acción de todos los días ejercida desde el campo de acción personal como ciudadanos y como creadores escénicos. Ante una situación tan específica como la que vive México en el que los campos de participación ciudadana se hacen urgentes, podríamos aplicar la reflexión de Óscar Cornago cuando afirma que “…el actor —político—, en otro tiempo organizado en torno a un discurso o estrategia de representación previamente construidos, da un paso hacia atrás, se hace visible en primera persona, y deja ver el gesto de una voluntad de llegar  a donde sabe que no puede alcanzar, una voluntad de actuación escénica y política”.

En circunstancias de crisis política, económica y social el encuentro con el otro, el semejante, se vuelve indispensable. Este diálogo  imprescindible en primera persona es el que construye la cercanía de la escena con el espectador. En este simple acto de cercanía se ejerce el acto político más relevante de establecer un diálogo, una de las garantías que prevalecen en el espacio del arte teatral y escénico. Siguiendo a Cornago logramos procurar una relación en la que “la escena no llega a formular un discurso político, como tampoco un mecanismo de representación, sino que apenas deja ver una postura ética, una voluntad de acción frente al otro, desde la que se trata de recuperar la posibilidad de lo social en términos menores…”.

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Fundamentalmente al hablar de escena hablamos de ese espacio que se abre como posibilidad para el diálogo, para la puesta en relación de todos y cada uno de los aspectos que construyen ciudadanía. Son los objetivos comunes los que nos acercan a la posibilidad de lograr un cambio, una transformación en todas la situaciones específicas por las que atravesamos como país. Desde la creación escénica y sus posibles formulaciones existen mecanismos que la conforman de tal o cual manera, no es extraño asistir a espectáculos teatrales que enarbolan banderas de justicia y rectitud y que han sido realizados sirviéndose de injusticias y malos manejos de poder. Esa contradicción es la que en repetidas ocasiones anula el “efecto” de teatralidad al ser desenmascarada.

Una forma de contrarrestar esta situación de hablar de la justicia en escena sirviéndose de medios de producción injustos es haciendo énfasis en la congruencia del discurso ya que como afirma Cornago “Más allá de la ética exterior a la obra, desde dentro del propio mecanismo de representación se subraya la vinculación entre el yo, que ocupa la escena, y el tú al que se dirige, y desde esta relación, proyectada en direcciones muy distintas, se deja ver un compromiso ético antes que político”.

Íconos del nepotismo actual pululan la escena política de nuestro lastimado México, usos del poder que más que servir a la ciudadanía se han subvertido volviéndose herramientas eficientes al servicio de la clase gobernante. Nuestro país no ha sido nunca una república democrática sino un territorio feudal repartido en regiones, de ahí la enorme incidencia de los grupos criminales en todo el país en el que a lo largo y ancho han sabido negociar con los “dueños” de cada región. Es y ha sido esa ostentación del poder dividido en regiones que vuelve difícilmente superable la crisis por la que atravesamos. En ese mapa que no muestra el territorio se confrontan distintos intereses y objetivos puestos en beneficio de grupos específicos divididos en familias, cárteles o partidos políticos.

Sobre los intereses de la ciudadanía se encuentran los de cada uno de los señores feudales que manejan nuestras regiones haciendo uso y abuso del poder que la propia constitución les garantiza. Modificando, ampliando, eliminando leyes y marcos jurídicos para pervertirlos y usarlos a su conveniencia. Creando leyes que cooptan la libertad de expresión, la capacidad de disenso como lo es la detención arbitraria de estudiantes por manifestarse en la ceremonia del 15 de septiembre en el zócalo de la Ciudad de México, la “Ley Duarte” en el estado de Veracruz que atenta a la libertad de expresión y criminaliza el ejercicio periodístico o como lo es el uso de las “leyes” para arrebatar territorios a sus legítimos propietarios en Tulum, Quintana Roo.

Todas esas prácticas de impunidad se anuncian como “logros” de un gobierno próspero y cumplidor que en lugar de reformar sus políticas educativas y actualizar sus programas de estudio prefiere invertir en la distribución de Tablets para “educar” a su población. Frente a este enorme espectáculo y anuncio publicitario que se ha vuelto la comunicación social del gobierno la escena teatral tiene mucho por ofrecer y lograr,  como explica Caronago, “hacer que esta búsqueda de lo social cobre forma sin llegar a convertirse en un producto de consumo, salvar la obra —social— de su reducción a mero espectáculo y lo que está en su base, la relación del yo con el tú”.

Es un estado de emergencia el que enfrentamos como sociedad al encontrarnos a un año de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en Guerrero, el asesinato y persecución de periodistas como Regina Martínez, Gregorio Jiménez y Rubén Espinoza en el estado de Veracruz o el asesinato de mujeres como acto cotidiano en el Estado de México. Ante estos hechos debemos reaccionar como sociedad de forma organizada y comprometida.  Es a partir de un marco de acción personal en el que todos los creadores escénicos, artistas y ciudadanos estamos convocados. En ese terreno se podrá ejercer la ciudadanía, se podrán establecer vínculos que nos hagan sentirnos parte de una comunidad desde ese metro cuadrado en que habitamos todos los días.

***

Todas y cada una de las acciones que realizamos de manera cotidiana generan consecuencias distintas. Algunas contribuyen de manera positiva, otras no tanto, sin embargo la toma de consciencia y responsabilidad de nuestras acciones cotidianas nos permiten generar una especie de “ecología de acciones sociales” que de apoco pueden depurarse, perfeccionarse y contribuir a una cambio sustancial. Solamente basados en un examen de nuestras responsabilidades podremos enfrentar la ominosa realidad de nuestro país y hacernos cargo a través de acciones aparentemente nimias.

Únicamente de esta forma, podremos entender que  las palabras son actos en sí, que el lenguaje y su uso es un acto performativo que delinea ideas y enuncia significados. Es el lenguaje el que nos aleja de la barbarie a la que asistimos todos los días, es el lenguaje el que nos procura una forma digna de manifestar nuestro disenso. Aquí estas palabras sobre la pantalla, palabras que intentan ser una digna acción que contrarreste nuestra absoluta indignación

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Todas la citas referidas provienen del texto Teatralidad y ética, Óscar Cornago publicado en la revista Conjunto. Revista de teatro latinoamericano n.175. Casa de las américas, Ciudad de la Habana, Cuba. 2015.

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