Cuerpos de yeso

Por ANGÉLICA ORTEGA | ➜

Si se camina hacia el norte por la calle de Moneda, en el Centro Histórico, eventualmente se encontrará con la fachada de lo que parecería un palacio renacentista. Desde cuadras antes se es recibido por la escultura de un San Jorge que tiene por pasatiempo mirar impotente a los vándalos que cada tanto graffitean su placa. Se trata de la Academia de San Carlos, el lugar donde trabajo. Natural en cualquier recinto con más de doscientos años de existencia, la disposición arquitectónica del patio produce en el transeúnte dos sensaciones: curiosidad y reverencia religiosa. Hay cierto aire concentrado bajo ese domo de metal y vidrio, respiraciones contenidas en las esculturas de yeso esparcidas por el patio. Es una eterna batalla caminar a través de ellas, levantan el pecho de manera desafiante para que nadie se atreva a ignorarlas. Sin embargo, para los que co-habitamos ese espacio las esculturas se pueden llegar a convertir en un elemento más de la decoración, un obstáculo más entre el trapo somnoliento que somos por la mañana y la oficina o el salón de clase. Para la mayoría, esas copias de yeso son reliquias. Después de la Revolución mexicana y la transformación radical que devino en el arte, los yesos dejaron de importar en tanto materiales para la enseñanza. Se les vio con recelo, se embodegaron durante décadas y llenaron de capas de polvo. Las obras más afortunadas fueron colocadas en el patio donde añoran, desde entonces, aquel tiempo en el que fueron esenciales. En su tiempo olvidado:

El uso de la escultura como material didáctico constituía un paso para alcanzar la perfección en las obras plásticas. Según las teorías de [Anton Raphael] Mengs, acogidas en la academia española y exportadas a México, los alumnos debían aprender los ideales de belleza en las obras antiguas, que eran, como lo expresó el pintor español Mariano Salvador Maella, “la guía que permite captar lo bello de la naturaleza”. [1]

El orgullo de San Carlos residía en buena parte sobre su colección de escultura en yeso. Costó años de trabajo y grandes cantidades de dinero para hacerse con ellas: se obtuvieron los vaciados de copias romanas, de las piezas maestras de Miguel Ángel, de estatuas del Louvre y la galería de los Uffizi. Sobre las olas surcaron el Niño con la oca, el Apolino y el Laoconte. Tal vez por ello el Moisés de Miguel Ángel mira aún hoy con extrañeza, incapaz de reponerse del viaje a ultramar. Permanece sentado en el patio, las venas hinchadas tras siglos de sostener las sagradas escrituras con la misma insoportable determinación.

Siendo una víctima más de la epidemia “miro una obra de arte en el mismo tiempo que tardo en beber un refresco destapa caños”, no tardé en asumir mi lugar entre los yesos: el de un punto ciego. Un punto invadido por el prejuicio de asumir el arte antiguo como estático. Eso fue hasta que te soñé.

El sueño erótico

Ay, Venus. Eres mi Venus, no “de Médici” Me sonrojo como muchachita cada vez que te miro. Y tú siempre juguetona, te burlas del pudor, fingiéndolo Te cubres a medias los senos y el pubis en mi sueño Te rodeo como pájaro, el yeso se ablanda, se vuelve terso Te ríes de mí, de los hombres, de las mujeres pudorosas Te acabo de descubrir en el mar, bañándote a través de los siglos. El agua se mecía y te rosaba las piernas cuando eras una simple mortal. Te habrá visto un artista de poca monta y te usurpó. Pobre Venus, mi Venus. En el arte hace falta inmolar para inmortalizar. Ahora eres la deidad de Chipre, naciste de la inmolación de otro sexo. Bella espuma, delicioso semen Te deslizaste hasta mis sueños una noche y descubrí a Pigmalión Ahora te comprendo, belleza áurea. Desde entonces, Venus continúa riéndose de la situación indecorosa en la que la he sorprendido cada mañana en la oficina de la dirección. Sabe que tenemos un secreto y temo que salga de sus labios la mínima palabra que me delate.

La epidermis del yeso

Los yesos de San Carlos no sólo representan la antigua forma de hacer arte, también son la forma antigua de observar el cuerpo humano. Al acercarse lo suficiente a esa epidermis rocosa se dejan ver las venas, arterias y nacimiento de músculos, “la epidermis del yeso”. El contexto de los cuerpos masculinos es el atletismo, representan el cultivo del físico; los músculos tensos, las posiciones de combate o competencia lo confirman; asimismo se les encuentra como dioses o gobernantes. Por su parte, los cuerpos femeninos suelen ilustrar situaciones eróticas: ninfas desnudas contemplándose mientras toman un largo baño, otras que corren para salvarse de algún fauno, las Musas y las diosas visten túnicas casi transparentes, inspirando con la insinuación de sus piernas. Es una actitud olvidada para el habitante de la urbe sorprender a una mujer bañándose a la orilla del río (algo cotidiano para el trabajador de San Carlos quien lo hace cada vez que entra al depósito de colección y se encuentra a la Venus pudicea).

Solamente en los modelos clásicos podían los artistas estudiar libremente el desnudo femenino. De hecho, en nuestro país, la figura femenina desnuda aparece antes en escultura que en pintura. Por una parte, esto es indicio de la importancia de modelos escultóricos clásicos, pero también puede sugerirnos que estos mismos modelos, por distantes e idealizados, eran finalmente menos vitales y por lo tanto menos peligrosos. [2]

El acto de dibujar basándose en figuras de yeso es voyeurista. El yeso se puede mirar mas no tocar, existe el riesgo de rasparlo o mancharlo. Es otra piel, una rugosa, imaginaria. Ese templo que es San Carlos se llena entonces de visceralidad. Se sacraliza entre sus paredes lo carnal, se copia una y otra vez la violación de Leda al grafito sobre papel. Los yesos eran lo más cercano a la sensualidad que permitiría el arte académico. Imagino a todos esos muchachos en plena pubertad, ruborizándose ante todas esas situaciones indecorosas en las que les gustaría encontrar a las mujeres de yeso. [El Germánico lleva los dedos a la sien, memorizando los números que el azar le arroja. Concentrado en el juego más que en su cuerpo desnudo, sostiene la capa en su brazo izquierdo. Casi un cliente a la entrada del burdel.] Después de dominar el dibujo a partir del yeso, los estudiantes procedían a copiar “del natural” con modelos de carne y hueso, era entonces cuando “desaparecían los modelos femeninos e infantiles”[3], ya que la presencia de una mujer sin ropa en medio de un salón de clases era considerado “peligroso” [esto no aplicaba, por supuesto, para los que buscaban a sus ninfas entre las sábanas de alguna amante]. Así aparece una multitud de cuerpos de carne y yeso, ¿quiénes fueron las modelos de esas piezas: las de ayer, hoy y mañana? Un ejército de Venus inmoladas en pro del arte y la belleza. A pesar del largo camino recorrido, los cánones de belleza actual continúan aumentando dicho ejército, con o sin vaciados de yeso, en forma de figuras esculpidas en Photoshop. Tuvo que pasar tiempo antes de que el sexo femenino pudiese entrar a esas aulas, no en forma de ninfas, musas o modelos sino de futuras artistas.

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Notas

*Agradezco enormemente las fotos y entusiasmo del querido doctor José de Santiago Créditos de fotografías: José de Santiago Silva. Laoconte. 2015. Fotografía digital. José de Santiago Silva. Moisés. 2015. Fotografía digital. José de Santiago Silva. Venus de Médici. 2015. Fotografía digital.

[1] Clara Bargellini, Elizabeth Fuentes Rojas. Guía que permite captar lo bello. Yesos y dibujos de la Academia de San Carlos, 1778-1916. México: UNAM. IIE-ENAP, 1989. (Cuadernos de Historia del Arte, 54). P. 20. [2] Ibídem. P. 44. [3] Ibídem.

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