El fundamento pasional de la existencia

Por JAVIER LOMELÍ | ➜

 

Cuando hablamos de un construir-habitar-pensar fundacional y de hacerse preguntas que instauran un mundo, no podemos dejar de lado esta conciencia sobre uno mismo que acompaña todo este proceso. Conciencia originaria que además de enfrentarse a lo otro, nos plantea ya una noción sobre el yo, lo cual además de establecer un principio que apunta al despegue de lo racional, nos refiere también a ciertos afectos pasionales que dan un sentido propiamente filosófico al habitar humano. Y es que además de ser racionales, somos sobre todo seres pasionales; seres cuya vida no se limita a ese carácter pensante en su sentido lógico-pragmático, sino seres cuyos afectos prescriben y dan una cierta orientación a todos nuestros pensamientos. Afectos que se presentan desde esa posición primigenia desde la cual parte la filosofía (y la vida) y que nos relacionan de una manera personal con el resto de lo que existe, determinando así nuestra condición plenamente humana como veremos a continuación.

Pues bien, podemos decir que la vida es un límite que se asienta y desenvuelve sobre la base del asombro, el vértigo y la angustia.[1] Y aunque puede sonar tremendamente efectista y hasta un tanto dramático y peliculero, es lo que hay (dicho fenomenológicamente en gachupín coloquial). Y seamos claros, la vida puede ser nuestra ostra y así debe serlo. Más no por ello la conciencia del vacío y la falta de fundamento, la futilidad y lo efímero de todo lo que hay y existe, incluyéndonos a TODOS nosotros, desaparece o nos resulta desconocida. Si fuera así, el problema es quizás entonces sí más grave y lamentable, o simplemente, para no generar juicios de valor puramente cualitativos, un problema de distinta naturaleza fruto de la falta de reflexión seria sobre lo que es uno mismo.

Comenzamos entonces estableciendo un elemento de vital importancia para la propuesta filosófica que pretendemos, y es que nuestra existencia parte y siempre se ve imbuida de un principio pasional. Pasión que no se traduce sólo en ese afecto amoroso-romántico, ni en el entusiasmo motivacional con el que nos aturden los discursos de autoayuda de supermercado, sino como una disposición filosófica que descubre la vida desde los afectos y su recurrencia, así como desde lo que podemos hacer desde ellos; pasión como antecedente y acompañante de todo intento de desarrollo por parte de la razón y por ende, como fundamento también de toda propuesta de inteligencia, como bien apunta Eugenio Trías en su Tratado de la Pasión. Con esto nos referimos a que la inteligencia se asume como fundada en un principio pasional fruto de afectos recurrentes, y por ende entendemos a la filosofía como una emoción que parte del asombro ante el gratuito dato inaugural de la existencia; es decir, como una emoción provocada por el dato que inaugura la vida humana y como respuesta inmediata ante el puro sentirse siendo. Emoción anterior a la distinción particular de las cosas y como prueba radical de la existencia, como ya lo supo ver hace unos cuantos ayeres Platón en el Teéteto al aludir a esa respuesta afectiva ante una existencia que nos causa admiración. Porque asombra la existencia sin más razón que ella misma; sin ningún tipo de consentimiento o injerencia del existente. [2].

Es decir, el simple hecho de estar vivos es un hecho que sin más nos resulta sorprendente y misterioso, y por ende, dicho afecto se presenta como motor del pensamiento y primera evidencia de ese componente pasional ya entendido como disposición afectiva a partir de la cual se desarrolla la inteligencia y se puede conocer. Porque lo propio de la filosofía es convertir en hábito lo que sucede en forma común y de manera reiterada, y en ese sentido, dar un cauce expresivo y expositivo a esas emociones que asaltan insistentemente a todo ser humano hasta consolidarse como pasiones ya en ese sentido de disposiciones para el pensamiento al que aludimos. Porque la filosofía se asienta en ese afecto que se reitera y que obliga al existente a pensarse a sí mismo obstinadamente, lo cual evidentemente marca ya una pauta para pensar en la existencia humana en cuanto tal.

Así, el asombro se constituye como esa primera pasión del ser humano que se ve enfrentado a sí en esta burda referencia a todo aquello que le rebasa comenzando por la razón de su propia vida (ni que decir ya del origen o el fin de ésta). Un asombro que desencadena la actividad racional e invita violentamente al vértigo, entendido como una pasión ante la caída en la existencia y que ilustra este momento de brote filosófico, como ya anticipó de manera virtuosamente trágica Søren Kierkegaard al referirnos a ese afecto que nos confronta con nuestra precaria forma de existir y sobre la cual nos dice el autor del Tratado de la pasión:[3]. Se trata de una emoción anterior al yo mismo de la razón cartesiana; una emoción que anuncia el inicio aún en un estado precario de distinción entre el yo y las cosas, lo cual implica un estar en el ser previo a todo cuestionamiento relativo a significados concretos. Un afecto que constata la simple y desnuda (todavía no cruel ni placentera, sino sólo emocionante) existencia, y a partir del cual el ser humano puede, a posteriori, hacer todas las preguntas significativas.

Todo esto viene a decirnos que la filosofía da un cauce expresivo a la trama filosófica que convierte a los puros afectos en pasiones, los cuales entonces se tornan efectivamente en disposiciones filosóficas (hexis en términos aristotélicos) que pueden apelar a una significación y sentido concretos.[4] cuya mejor ilustración es la interrogante del niño filosófico que se ve descubriendo cada vez los lugares mientras sus padres lo llevan de la mano al pasear por la calle de forma que va descubriendo excitado y lleno de dudas todo lo que pasa ante él o ella intentando dar un sentido, más sin apenas poder adivinar lo que viene. Una especie de pérdida del equilibrio acompañada de esa rara sensación que sugiere que todas las cosas giran en torno a uno. Prueba empírica emocional del límite que es nuestra vida, lo cual sirve de registro y marco ontológico para la comprensión de ese ser suspendido en ese inminente estado de caída que le enfrenta de golpe con el ser mismo.

De esta forma, el asombro cede al vértigo como prueba ya ontológica, y no sólo óntica[5] del límite que constituye la existencia siempre pendiente entre el ser y el no ser o lo que es lo mismo, de esta vida siempre amenazada por su contrario que resuena como el murmullo de posibilidad permanente también de la muerte. Vértigo como evidencia empírica y emocional del límite que es la vida; suspensión del ser que encarnamos con nuestra existencia siempre en dirección a su no ser y que nos enfrenta ya con el ser mismo y su condición humana. Pasión originaria que sustenta todo despunte racional, pues es después de esta conciencia fundamental que podemos hablar de cualquier tema ya desde un logos en su sentido estructural referido a los procesos lingüísticos (obviamente posteriores al dato inaugural) que hacen que todo ese cosmos comience a ser un mundo de vida entendido ya como mundo interpretado a partir de dispositivos lógicos (lógico-lingüísticos) desde los cuales el mundo adquiere no sólo sentido, sino significado. Vértigo como prueba de esa conciencia que nos dice que la vida (la nuestra) cae irrefrenablemente en un devenir constante que en su vida sólo puede distinguir como final de su caída el suelo y que revela, ya en su reflexión, una vida sin fundamento y condenada al no ser, siguiendo en este punto la postura heideggeriana relativa al horizonte de muerte siempre presente. Vértigo que documenta la existencia del ser y como evidencia, a nuestro modo de ver, de la levedad y el peso del mismo, por decirlo en términos poético-literarios que ilustran ese estado de suspensión sobre el cual se sostiene frágilmente el ser humano, lo cual nos permite entonces hablar de angustia.[6] Vértigo que enfrenta al ser humano consigo mismo y con su propia condición mortal y efímera, que es justo la evidencia más clara de ese carácter incompleto de la vida, la cual se muestra siempre carente de un fundamento sólido (con lo cual despachamos en cierto sentido la postura creacionista) o un destino más allá del que pueda alcanzarse con la duración que la existencia implica.

Porque ante el caer en la existencia, el vértigo resulta un afecto indispensable desde el cual podemos pensar ya en lo irremediable de la finitud de la vida y esta nada incognoscible e inconceptualizable sobre la que se asienta y germina todo. Y es entonces desde este asombro y vértigo ante la existencia que todo se desata, y con ello la angustia entendida también como disposición pasional-filosófica que nos acompaña a lo largo de nuestra existencia y que nos lleva a reflexionar sobre lo que somos, como apunta incisivamente Heidegger en su Ser y tiempo reiterando la afirmación kierkegaardiana ya desde su conceptualización también histórica. Angustia por la condena definitiva e inminente, más nunca fechada de esa muerte que se sostiene sobre nosotros como una espada que pende sobre nuestra cabeza y después de la cual nada cambia en un sentido universal. Porque a pesar de la esperanza de eternidad que se marchita con la juventud y algunas creencias religiosas que nos plantean un más allá y una serie de creencias y dogmas sobre los que nos recargamos para intentar mitigar la angustia existencial, la vida no hace en su despliegue otra cosa que acercarse cada vez más a su fin. Angustia también como respuesta afectiva ante la futilidad de la vida y como sentimiento de la nada ante la nada, pues esto que entendemos como nuestra existencia y a lo que damos tantísima importancia, lo es todo y sin embargo es apenas un respiro de lo que es la humanidad y a veces ni siquiera un segundo.

Porque siendo en ese pedacito de existencia que nos toca, todo lo que ha sido, es y será, todos esos referentes (personas, eventos, discursos y cosas) desde los cuales construimos nuestra vida, toda la historia material e intelectual con la que nos identificamos y que nos ayuda a entendernos en tanto seres humanos y sociales, adquieren una dimensión concreta, a pesar de que todo eso que ocurre no tiene las más de las veces nada que ver con nosotros más allá la coincidencia y la importancia que le damos mientras vivimos y no más. Porque la humanidad es indiferente a nosotros en tanto singularidades a pesar de ser esa singularidad todo lo que somos y tenemos, pues somos sólo esa historia de la historia que converge en nuestro ser en el mundo con los otros y lo otro y no mas. Angustia por ese ser que además de finito e insignificante, parte de una absoluta soledad (ese terrible solipsismo husserliano) como condición del proyecto de vida que se realiza, y cuyo significado profundo y resultado son incomunicables pues se encierran en un hermetismo insalvable debido a que nunca podremos adentrarnos plenamente en la conciencia de otro ni comunicar la nuestra en su totalidad. Porque por mucho que creamos que conocemos a una persona a fondo, su interioridad (al igual que la nuestra), sus sentimientos y pensamientos nos resultarán siempre un enigma sobre el cual especulamos en base únicamente a la experiencia, pero nunca con certidumbre.

Dicho en otros términos, si como hemos dicho el ser humano habita el espacio y el tiempo generando mundo e historia, preguntas y técnicas, esto lo hace con un fin concreto que es vivir en un sentido extensivo, que incluye la cuestión de la subsistencia y la funcionalidad de nuestros sistemas, pero también de esos pensamientos sobre el sentido y significado de la existencia y por su fin, así como por todas aquellas cosas que rebasan a nuestro entendimiento y que además de pensamientos y dudas, nos generan afectos. Porque cuestiones como la vida y la muerte, que representan las únicas garantías que tenemos en nuestra existencia, no nos dejan indiferentes, ni su reflexión se limita a un pensamiento lógico o científico, sino que nos suscitan emociones que desde el asombro nos llevan al vértigo y a la angustia que nos causa la existencia misma. Pasiones impalpables ante esa nada de la vida que cae irremediablemente y sabe que todo resulta inútil ante la muerte, pues la vida no es otra cosa que algo que lentamente muere y eso somos nosotros mismos enfrentados a esa obligación que tenemos por vivirla de la mejor manera que nos resulte posible. Pasiones que recurrentemente vuelven y nos dejan trastocados de una u otra forma ya sea en noches desvelo o días enteros de estupor e introspección; afectos que las más de las veces disimulamos y de los que huimos sin apenas reparar en su importancia y fertilidad. Esto debido a que es justo por nuestro carácter finito y esa soledad que encierra nuestra experiencia y nuestra persona que se nos plantea la necesidad y obligación que tenemos por reivindicar nuestra vida y exaltarla; por buscar la felicidad y darle un sentido (a sabiendas de que no lo tiene), pues representa nuestra única oportunidad probada para hacerlo y ninguna promesa basta en este punto.

Y es justo por esa única oportunidad que tenemos para jugarnos a nosotros mismos en el juego de la vida, que reside justo este carácter ambiguo las pasiones y su no agotarse en un simple sentir o un sentido unívoco, por ejemplo cuando hablamos de estas pasiones ontológicas. Porque eso que nos provoca vértigo y angustia en su sentido profundo, más que estados puramente negativos, son capaces de llenar de anima y vida al ser humano; de inyectar voluntad a cada hombre y cada mujer, pues al margen de cualquier consideración y de significados concretos, todos anhelamos y buscamos la felicidad, como ya lo sostenía Aristóteles cuando pensaba en ese ser humano filosófico universal y salvando las excepciones. Vértigo y angustia entonces planteadas sobre todo como afirmaciones y pruebas empíricas de que existimos porque sí, en un universo que no repara en nada ni en nadie y en el cual debemos buscarnos hasta encontrarnos y perdernos. Pasiones entonces no entendidas como barreras de la razón y obstáculos de la felicidad, sino como su verdadero, pues la ésta es necesariamente pasional.

Y es así que partiendo de nuestras pasiones, todo eso que parece inerte, adquiere sentido y propiamente un carácter humano, ya que nuestras emociones empapan al mundo convirtiéndolo en algo más que un simple receptáculo de vida; un espacio y un tiempo sin nada más que su medida y conceptualización física. Porque los afectos que acompañan a la vida son prueba de que existimos más allá de nuestras acciones y funciones como tales; y que en su carácter de pasiones nos hacen conscientes ya no sólo del mundo como tal, sino del mundo para y en tanto nosotros, con todo lo que ello implica positiva y negativamente también ya en un plano social y económico. Porque las cosas y el mundo no son otra cosa que relación, lo cual en muy buena medida esta determinado también por el modo en que lo sentimos todo; cosas y mundo que como un reflejo de nosotros, nos marcan un limite inaccesible que determina ya no sólo nuestra comprensión del mundo, sino nuestra absoluta imposibilidad de abarcarlo en su totalidad y entenderlo íntegramente en un sentido universal. Pasiones sin las cuales la razón se queda incompleta y sin la cual las emociones no encontrarían nunca su cauce. Razón-pasional o pasión-racional que desde su sentir-pensar fundacional (puesto en obra desde el asombro, el vértigo y la angustia), consolidan todo intento de inteligencia humana y que como el resto de las pasiones que se despliegan durante la vida, nos procuran una mejor comprensión de eso que somos en tanto sujetos, porque si bien nuestro ser se ve imbuido de una razón lógico-prágmática (lingüística), esta no explica nuestra totalidad en tanto seres humanos. Porque la filosofía es tradición y mundo individual; esa impronta que es el sentido que, consciente o inconscientemente, le damos a la vida en nuestro vivirla individualmente. Eso que nos hace percatarnos de nuestra existencia y gozarla con, y a pesar de los enigmas que conlleva nuestra condición. Pasión maravillosa y terrible; indagación ante todo lo que somos y encarnamos. Porque no sólo nada grande se ha hecho sin la ayuda de la pasión, como afirmaba Hegel, sino que nada en la vida tiene verdaderamente sentido sin la pasión.

_____

Notas

[1] Es preciso señalar algo indispensable para la comprensión adecuada de este texto y esto es que a pesar de hablar de límites, vértigo y angustia, no lo hacemos en un sentido peyorativo. Por ello que debemos quitarnos de la cabeza esa idea de que dichas categorías son puramente negativas, como ocurriría por ejemplo con el dolor (¿o que acaso no hay un dolor rico?). Nos referimos entonces a dichos afectos como parte indispensable de nuestra trama filosófica pues nos permiten entender ciertos aspectos sobre la vida que nos resultan fundamentales para la comprensión de nuestra condición humana y su concreción en acciones e ideas.

[2] Eugenio Trías, Ciudad sobre Ciudad. Arte, religión y ética en el cambio de milenio, Ediciones Destino, Barcelona, 2001, p. 59.

[3] Ibid, p. 63.

[4] Ibid, p. 61.

[5] Digamos de manera bastante superficial que la diferencia entre lo óntico y lo ontológico reside en la diferencia entre la cosa en sí y la cosa ya vista desde el ser; es decir desde lo que el ser humano hace de lo puramente cósico al hacerla participe del lenguaje y de su hacerla parte de su mundo de vida.

[6] A este respecto, decimos que es la angustia la que debe ser comprendida desde el vértigo y no a la inversa, pues es a partir de ese afecto que revela el ser en su sentir casi fisiológico a partir del cual todas las dudas e implicaciones de la vida se vislumbran. ,>

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