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Por NANCY MENDOZA | ➜

Elliot está en el consultorio de su psiquiatra, pensando en todas las cosas que sabe de ella, su sensación de soledad, sus gustos, las personas con las que sale, da consejos que podrían serle de gran utilidad para hacer su vida más feliz pero en realidad él no está hablando, su mente viaja rapidísimo cuando alguien le hace una pregunta, se podría decir que hay una palabra para eso pero no, eso no es divagar, su mente está viajando más allá de lo que la cuestión misma provoca y este proceso es tan absorbente que él es incapaz de responder la pregunta verbalmente. ¿Qué, nunca les ha pasado? Casi hace recordar a Tony Soprano en su primera visita a la doctora Melfi, observando la escultura de una mujer que tiene en su sala de espera.

Mr. Robot se inserta en esas series que deciden no tener opening, el título de la serie aparece en algún momento transcurridos unos pocos minutos, como esas degustaciones en las que la prueba te hace lamer la cuchara, un uso distinto cliffhanger, justo, como Fargo; es quizá la falta de opening ¿una llave codificada? ¿un código encriptado? Nunca aparece en el mismo momento, no podemos descifrar en él una rutina, un atisbo del sentido; en realidad no nos hace falta, para eso están los títulos de cada uno de los capítulos, que pueden leerse, que se presume en ellos el comienzo de la codificación, del lenguaje velado, como los respaldos que guarda de todas las personas a las que Elliot ha hackeado con títulos de discos musicales.

Elliot me habla a mí… o a ti… o a nosotros; yo, tú, nosotros, el espectador; yo, tú, nosotros, su amigo imaginario; yo, tú, nosotros, el que no tiene nombre (aunque debería ponerme/nos uno) porque somos miles y somos uno y estamos dentro de su cabeza, nos imagina y a veces también nos mira, se dirige a mí/nosotros; la cuarta pared ha sido derrumbada anteriormente (así comenzó House of Cards, ¿recuerdan?) pero Mr. Robot nos permite una interacción más íntima, nos da el lugar privilegiado del palacio mental de Elliot, ese lugar inaccesible para cualquiera a su alrededor. Nosotros, el amigo imaginario; Elliot, nuestro narrador ¿o su propio narrador? Como Dexter sumergiéndonos en los rincones de su dark passenger, narrándose el mundo y al mismo tiempo justificando a sus actos a favor de un mundo justo, o al menos con un poco de equilibrio. Porque por momentos parece una serie de superhéroes, algo tipo: para combatir el impasse consumista del capitalismo, que tiene su máxima expresión en la gran E(vil) Corp, un grupo geeks decide convertirse en hackitvistas y hacen de su centro de operaciones un local de maquinitas –por cierto que el logo de esta serie tiene la tipografía de Sega, ¿alguien se acordó de Tron?)-.

Mr. Robot parte de la cima de la sociedad posmoderna: la sociedad cibernética, el gran simulacro-espectáculo de nuestras vidas en el que los relatos de la seguridad y la privacidad son la ilusión que los hackers se encargan de derrumbar. El gran tesoro de esta sociedad del internet es la información, los datos con los que se puede lucrar, el muro que separa la opción de compartir o filtrar información se llama elección, la primera opción hecha por el poseedor de esta piedra preciosa del lenguaje y la segunda hecha por un agente externo que reconoce su valor basado en el conocimiento del contexto y las implicaciones que tendrá al hacerlas de dominio público. Desde este contexto nos habla la creación de Sam Esmail, una suerte de crossover entre Fight Club y V for Vendetta, hacktivismo disfrazado de proveedor de ciberseguridad, sí, una fórmula, hacer explotar el sistema desde dentro, un introvertido que quiere arreglar el mundo, el inestable que hackea no sólo a las personas más cercanas porque en realidad le importan, también a grandes corporaciones y criminales cibernéticos porque sí, a pesar de todo, está pensando en la utopía del mundo equilibrado y feliz, un mundo sin deudas, no quiere derrocar un sistema por el simple hecho de ver el mundo en llamas y sin control, en sus intenciones primigenias están la honestidad y la libertad, en las situaciones pequeñas y cercanas, que su amiga deje de tener una gran deuda y que la gente deje de mentir sobre ella misma, esa dualidad de nuestras vidas a la que accedemos en redes sociales.

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