Hay cosas que sabemos y otras que nunca

Por JAVIER LOMELÍ | ➜

El ser humano es experiencia cognoscitiva; vida que deviene y se realiza a partir de un constante conocer. Un yo que habita el espacio y el tiempo, y se construye desde sus afectos y su razón; ello que somos en tanto causa y efecto de todo eso que sentimos, hacemos, pensamos y creemos: un mundo.

Pues bien, el ser humano parte de ese dato inaugural que constituye la existencia (su propia vida) y que en su habitar se ve sujeto a una serie de afectos y pasiones fundacionales (asombro, vértigo y angustia) que dan cuenta de ésta, así como a una razón igualmente fundacional que le permite desplegar su conciencia gracias a su lenguaje y reflexión. Somos seres vivos; seres que habitan, piensan y construyen. Experiencia humana respecto de cosas, hechos y acciones que se traducen en el desarrollo de un conocimiento, en cuyo proceso, está implícito un juicio sobre la distinta naturaleza de las cuestiones ante las que se ve enfrentado el sujeto. Porque no es lo mismo hablar de nosotros que hablar de Dios, por mucho que en el fondo esto implique relaciones explícitas e innegables; o hablar de lo que hacemos y de lo que soñamos, pues ambas cuestiones se nos presentan bajo supuestos marcadamente distintos (a pesar de su unidad existencial dentro del ser). De igual forma, no es lo mismo reflexionar sobre el ser humano en términos socio-culturales, que pensarlo en un sentido esencial o puramente ontológico (y ni que decir si pensamos al ser desde su antítesis encerrada en el enigma de lo que implica el no ser o la nada); o aludir y reflexionar sobre un primer principio en oposición al devenir ya en un sentido histórico.

Y es que sabemos que existen diferentes tipos de cuestiones en nuestra vida y, por ende, somos conscientes de que éstas no pueden ni estudiarse de la misma forma, ni mucho menos aislarse en su relación con el resto. Campos que abordan lo humano desde distintas perspectivas y con diferentes finalidades, y que ante todo pretenden generar una comprensión extensiva respecto al ser humano y su mundo. Distintos ámbitos del conocimiento con sus respectivas herramientas y metodologías, así como diversos modos de relación con la reflexión filosófica, que es la que propiamente nos compete.[1]

Pues bien, llegado dicho caso en el discernimiento sobre las distintas cuestiones, el ser humano descubre que hay cosas que puede conocer y tener certezas empíricas de ellas, así como una verificación; y otras tantas que por su naturaleza, sólo se dejan pensar. Cuestiones que aunque estén incluso relacionadas entre sí, nos plantean una diferencia entre ese conocimiento fundado en la experiencia vivencial comprobable y aquél conocimiento que parte de eso que sólo es pensable (ambas formas de hacer inteligible el mundo y la vida para el ser humano). De esta forma, encontramos por ejemplo a Dios en contraposición con la Iglesia o al ser como ese exceso en relación a la idea de cuerpo y materia; o nuestra experiencia del mundo en tanto convención sociocultural en contraposición a un hoyo negro en el cosmos …y así un sin fin de cuestiones que nunca definitivas y que ponen en jaque a la razón planteándole aporías que más que detenerla, le sirven de potencia. Cuestiones intangibles que se contraponen a experiencias directas; asuntos que sólo se pueden sentir y tratar como una intuición en contraposición a esa serie de sistemas de pensamiento, instituciones y leyes físicas creadas por el ser humano.

Y es que hay cosas que conocemos en y por nuestra experiencia y sabemos son de esa manera, porque constante, o cuando menos recurrentemente, así se presentan en patrones a lo largo de la historia y son corroborables, como podrían ser nuestras acciones o el movimiento de los astros por señalar dos ejemplos básicos que nos evidencian una serie de certezas fundadas en la experiencia, y que se presentan como un conocimiento sobre el mundo en cuanto tal en tanto fruto de nuestra relación con él en un sentido positivo y verificable. Existen también otros tantos asuntos que nos procuran certezas, pero por su naturaleza se resisten a una vivencia directa; experiencias imposibles, que sin embargo, son científicamente comprobables como podría ser el conocimiento del cosmos, que aunque limitado, está probado por la ciencia, concretamente por la astrofísica. También hay cuestiones que conocemos, más nunca nos plantean certezas y que sólo mediante la experiencia nos acercamos a su sentido; asuntos como son el amor, la justicia e incluso la libertad, que se resisten a la norma y a su conceptualización definitiva y que a pesar de nunca ser unívocos en su significado, son determinantes para la experiencia de la vida Y más aún, existen también cuestiones que se mantienen encerradas en un misterio irresoluble y que si acaso, sólo alcanzamos a intuir o imaginar mediante el uso simbólico de la razón y sus argucias en estados de arrobamiento místico y estético (y en un cierto sentido de entusiasmo también ético). Nociones como Dios o el alma, que plantean aporías y ponen a la razón en sus límites, pues se trata de cuestiones que no sólo no podemos experimentar y racionalizar, sino que tampoco podemos definir de manera categórica; o la muerte, que más allá de su principio biológico encierra un misterio que se resguarda allende a la razón y que se presenta como límite definitivo para el conocimiento. Cosas incluso más básicas y que nunca sabremos con certeza como el origen o el sentido de la vida por dejarnos de abstracciones y referirnos al principio y al fin de la misma vida que somos y encarnamos.

Es por ello que afirmamos que si bien es cierto que el entendimiento busca ordenar mediante ideas y conceptos todo eso que aparece y acontece, éste se encuentra siempre con una serie de cuestiones que se resisten a su tutela o que directamente la rebasan y exceden. Porque a pesar de que el ser humano ha conseguido generar certezas y tiende al conocimiento positivo de las cosas, existe en él una eterna fascinación por acercarse también a lo desconocido; a todo eso que le pone a prueba, y que se encuentra allende a su mundo a pesar de ser parte esencial de su ser. Cuestiones que sólo mediante formas indirectas nos resulta posible acercarnos a su imposibilidad y nos permiten pensarlas abierta aunque limitadamente e intentar una representación para asir lo a veces inasible.

Y es que hay cosas que sabemos; algunas de ellas, no sabemos que las sabemos y otras tantas sabemos que las sabemos. Por otro lado, hay otras cosas que sabemos que no sabemos y muchísimas más que no sabemos que no sabemos. Y es justo en esa serie de límites que nos plantea la razón y nuestro conocimiento (y yendo más lejos, nuestra propia existencia) que encontramos al ser humano; un ser cuyo vida entera se encuentra asentada en esa frontera o límite que le impone su propia condición. Ser humano que concibe al límite como realidad última y fundante que no se agota en sí, sino que intenta dar cuenta también de todo lo que le excede (lo fuera de sí) y le amenaza con el sin sentido. Límite que, concretamente para nuestro acercamiento, asume su cariz filosófico y se plantea como condición del ser estableciendo con esto una metodología y un hábito de pensamiento que ante todo invita a la meditación y mediación, pues si bien es cierto que todo límite separa, no menos cierto resulta que también une.

Así, podemos decir que si bien el ser humano gesta un conocimiento que se proyecta y desdobla de maneras asombrosas, este necesariamente se presenta como un conocimiento limitado en relación a todo aquello que sólo con mil argucias podemos a veces pensarlo, como podría ser la noción antes referida de lo sagrado o también, por aludir a otro tipo de temas, a un previo al big-bang. Un conocimiento capaz de aludir al ser humano en tanto ser social y ético, pero que también busca ahondar en ese solipsismo que nos encierra en nuestra propia conciencia sin posibilidad de conocer plenamente la conciencia del otro, y que consecuentemente nos impone una existencia siempre parcial que en el fondo no es otra cosa que nuestra vida (sí la de cada uno de nosotros y por ende la de ninguno en particular y sin embargo…).

De esta forma el límite se nos presenta como esa premisa desde la cual establecemos un eje conceptual para nuestro edificio o sistema filosófico, que ante todo distingue ese conocer formalizado en los distintos ámbitos del conocimiento de lo humano que abarcan lo ontológico, lo gnoseológico, lo ético, lo estético y lo religioso. Esto debido a que cada uno de estos ámbitos encierra una forma de acercarnos a lo que implica el ser humano en un sentido filosófico. Un ser que en su aparecer, habita el mundo desde sus afectos y su razón consolidando una razón pasional que le permite establecerse desde el lenguaje y hacer propiamente mundo, pero también plantearse preguntas que le rebasan, como la muerte misma o el multiverso y la eternidad. Limites para la experiencia y para el conocimiento; límites en la percepción y la razón, y que en el fondo definen nuestra condición humana.

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Notas

[1] Comencemos señalando que la existencia del ser humano se puede resumir en la historia y la existencia del ser, así como en todo lo que ello conlleva. Al margen del debate cosmológico, cuya verdad probada no se discute aquí, por cuestiones de precisión en tanto a lo que se pretende discutir aquí, delimitaremos nuestro objeto de estudio en ese centro que constituye la existencia de lo humano en tanto eje conceptual desde el cual se aborda el resto.

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