Jmmm… [y otras 4 onomatopeyas filípicas]


Por CÉSAR CORTÉS VEGA | ➜

Del lat. Philippĭca [oratio] ‘[discurso] sobre Filipo’, por alus. a los pronunciados por Demóstenes contra Filipo II de Macedonia. | ➜

Seeefffajá.- Comprometidos con una dirección dentro del laberinto, la pregunta es inmediata: ¿hacia dónde correr? Con ella intentamos la diferencia desde un radicalismo totalmente transaprentado, al colocar las cosas de nuevo en términos dialécticos. Hacia allá, o mejor hacia allá. El yo conta lo uno, el nosotros contra el todo, un espacio de confort para nuestro jardín invectivo. Como consecuencia una distinción respecto de aquello que uno supone no ser, permite la transa sistémica, pues opaca el mecanismo mediante el cual se construye el discurso negociado del reconocimiento. Un ilusorio: yo estoy afuera. Se pierde de vista entonces la necesidad de grupos específicos de poder, sus particularidades, al des-historiar la lengua y pretender que sea transparente, que diga, en efecto nuestro deseo: yo soy, yo no soy…, porque con ello se olvida que el sistema está hecho de zonas con cargas de distintos tipos, de paradojas irresolubles en muchos casos, y entonces indiferenciadas. ¿De qué se ha valido el capitalismo cognitivo para regalarnos la “buena onda” de libre intercambio, sino de la resolución en términos de mercado de estas contradicciones que nosotros pretendemos mantener inalterables? Dice Alain Badiou: “Allí donde hay un pensamiento humano activo y desinteresado hay un combate para liberarlo de los intereses.”

Ñaaaaff…- Retrofuturismo de clóset. Aquellas expresiones que añoran el pasado, están en más actos de los que suele reconocerse. Por ejemplo, subirse a una plataforma de arte para plantear temas libertarios; eso al menos no se aleja mucho de lo que se ha realizado desde hace más de un siglo como estrategia para posicionar discursos. Pero no hay que ir tan lejos: Facebook es retrofuturista en la poca esforzada rendición a su futilidad que tenemos los que habitamos sus pasillos poli-ideológicos. Ahí se difunde, sí; se genera la discusión, sí; pero por lo pronto eso no es suficiente para trascender la banalidad fugaz de cualquier opinión hipermediatizada en los flujos modernos, y ahora contemporáneos. De nuevo, deseo de que el pasado cumpla con su función histórica, porque ahí se fincó la identidad personal para un enfrentamiento que dio frutos gracias a que con él era posible escapar del vértigo depresivo que deja la matanza, para poder continuar con la simulación de la civilidad. Aunque sea con insignias de chamarras rotas, seguros en las solapas, banderas deslavadas en las azoteas, o posteos indignados en los muros de las redes sociales. Luego, el tema no puede ser más si la revolución va o no, sino sobre cuáles son las condiciones de confrontación real, en épocas de flexibilización intelectual y de simulación disidente.

Ejerrrrrmm.- Pero así como puede ser relativamente fácil desmontar los argumentos de confrontación directa, es posible también aprovechar sus negativas paradójicas. Según el caso: ¿el problema son las instituciones? Ok. Cómo nos vamos a poner de acuerdo para tomarlas. ¿Que no las queremos tomar? Ok. Cómo nos vamos organizar para crear alternativas de representación que las trasciendan. ¿Cómo activar, pues, el contradispositivo?… ¿Eh? ¿Que no hay propuestas reales, sino el peligro de un bucle perverso que volverá a montar el sistema de compadrazgos según una lista de valores comunes y ya? ¡Vengan amigos, acá si somos valientes entre los valientes! ¿Que no podemos organizarnos, porque de nuevo retomamos la estratificación escalafonaria que nos enseñaron en la primaria? Ah… ya. Porque si acaso lo que se quiere es posicionar algún manifiesto nuevo, disfrazado de recomposición “del actual bien”, y ya, pues se sabe: los patrones que financian al cognitariado se estarán relamiendo los bigotillos. Sin embargo, como máscara estas figuras de la oposición pueden ser muy útiles. Si la lógica del dispositivo es sístémica, ésta aprenderá a responderle al sistema en sus mismos términos; como un monigote en una trinchera, puede vestir con las insignias reales de la confrontación. Sin embargo, cuando se le intenta abatir, no se le ha dado a nada en realidad. Un contra-dispositivo, por el contrario, no se enuncia a sí mismo. Permanece siempre en otro lado. [Recordemos acá lo que Foucault dice del dispositivo: “…por dispositivo, entiendo una especie -digamos- de formación que tuvo por función mayor responder a una emergencia en un determinado momento. El dispositivo tiene pues una función estratégica dominante…. El dispositivo está siempre inscripto en un juego de poder”]

Cojkkkofff, cojkkkofff!.- El problema a revisar quizá sea entonces el de la “flexibilidad”. Las personalidades determinadas a su diferenciación pueden ser lo de menos, porque en aquellos continuos ensalzamientos o críticas, los efectos de la centralidad de corte carismático son susceptibles de volverse un producto más. Justo porque ese es el ritmo del mercado de nuestra época, hay que revisar de qué “materia” están hechos los pedestales desde los cuales se habla. Dice Brian Holmes del historiador Thomas Frank: “En su historia de las industrias publicitaria y de la moda, titulada The Conquest of Cool, intenta delinear las estrategias específicas que convirtieron lo “hip” sesentista en lo “hegemónico” de los noventa, transformando unas industrias culturales tontamente conformistas en industrias mucho más poderosas e inteligentes, basadas en una oferta pletórica de “individualidad, diferencia y rebelión auténticas”. Con multitud de ejemplos, muestra cómo los deseos de los automarginados de la clase media en los sesenta fueron traducidos rápidamente en imágenes y productos mercancía. Evitando la simple teoría de la manipulación, Frank concluye que los publicitarios y diseñadores de moda implicados en este proceso tenían un interés existencial en transformar el sistema. El resultado fue un cambio en “la ideología mediante la cual los negocios explicaban su forma de dominar la vida nacional”, un cambio que Frank relaciona, pero sólo de pasada, con un concepto de David Harvey, “acumulación flexible”. Más allá de la crónica de la cooptación estilística, lo que todavía está por explicar son las interrelaciones entre motivaciones individuales y las justificaciones ideológicas, así como las complejas funciones sociales y tecnológicas de este nuevo sistema económico.”

Jmmm.- Estrategia conjunta, pero indefinible. Deliberación de zombies cosmopolitas, al rededor de una fogata que se extingue en el ocaso. Con máscaras, quizá. No como las de látex, que hacen que la cara sude y sea necesario sacarse esos pegotes viscosos que huelen a mierda. Máscaras polivalentes, de un material invisible y sin sentido aparente, en una larga noche sin un final que se vislumbre. Pura opacidad indeterminada, desde la cual quizá sea difícil escuchar la voz de nadie, pues en el barullo la atención puede centrarse en un punto tan sólo por unos segundos. Capacidad de des-concentración, para negar la comunidad fraudulenta que se imagina como ordenadora dentro de la conformación de lo ‘social’. La respuesta como colectividad no cooptable es el deseo por convertirse en espectro entonces. Porque si es que necesitamos “escapar” de algo, es quizá de nuestros propios métodos autocomplacientes. Holmes dice que “la personalidad flexible no es un destino”. Habla de “formas sofisticadas de conocimiento crítico” que se conecten con “las altamente sofisticadas, nuevas y también muy complejas formas de disenso que aparecen en las calles”. Pero para que eso ocurra se necesitan estrategias que renuncien a la visibilidad como único lugar de representación. Como dice Tiqqun: “Así como la ofensiva debe hacerse opaca a fin de triunfar, así la opacidad debe hacerse ofensiva para durar: tal es la cifra de la revuelta invisible.”

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