Instantáneas de Juan José Díaz Infante

Por ERÉNDIRA GARCÍA AGUIRRE | ➜

Tras un rodeo a una de las secciones que componen el Complejo Olímpico México 68, conformada tanto por la Alberca Olímpica Francisco Márquez como por el Gimnasio Juan de la Barrera, después de varios intentos de entrar,  por fin llegué a la última puerta de acceso, aquella “dispuesta” para personas que no cuentan con credencial. Asumiendo que no todo tiene que ser accesible, ni visible, ni claro, viendo sin ver, sin mucho empeño en la ausencia de letreros que hagan saber en qué lugar estás, sin afanarme en las instalaciones descoloridas y habiendo transitado a tanteos ese espacio, he logrado llegar a la puerta que lleva a las gradas de la alberca.

Hay preguntas pero creo saber que no será una entrevista. Tan pronto envíe la invitación a Juan José Díaz Infante para contestar un esquema de preguntas que tenían por objeto la forma abstracta del concepto <<juego>>, él respondió con cuestionamientos y juegos de palabras que diluyeron con gracia tal esquema. ¿Cómo pretender inscribir en una estructura a quien desafía el orden de las cosas convirtiéndose en el primer ciudadano mexicano que se propuso construir su propio satélite y lanzarlo al espacio? Mientras acordamos el lugar de la conversación –“creo que la entrevista debiera ser en una alberca”, ha escrito–, empiezo a presentir que no es posible comprender el juego sino a partir de un juego. En cualquier caso, se trata de las preguntas que se lanzan con la simple mirada los jugadores que se han cruzado en la pista, lo que sucede entre esas dos vistas.

Juan José Díaz Infante Casasús, jugador de distintos haceres y perspectivas -director de la misión Ulises I, director del festival Play!, miembro del Comité Cultural de la Federación Astronáutica Internacional (ITACCUS), director del Colectivo Espacial Mexicano, fotógrafo, diseñador, empresario, promotor, curador-, se aproxima con una cierta ligereza, un paso relajado. De principio, hace evidente que no hay un solo letrero para indicar que ésa es la dichosa Alberca Olímpica, que se trata de un espacio público y está enrejado, además de la resistencia de los policías a dejar entrar sin más.

Ya en las gradas, frente a la alberca, su ojo hace unas cuantas instantáneas a través de las cuales empiezo a mirar lo que pasa:

– Dentro de las instalaciones de la Alberca Olímpica, letreros mal colgados de diversos tamaños que lo único que dicen es <<Delegación Benito Juárez>>. ¿Qué hacen ahí esos letreros? ¿Qué tiene que ver la delegación en ese complejo deportivo? Tendría que ver como institución a cargo de que ese espacio funcione; mas se dibuja por todos lados una mala administración.

– Un juego de Waterpolo, personas nadando de un lado a otro. ¿Por qué nadie tiene la actitud de los niños que juegan? ¿Y el ocio? En esta alberca, ¿dónde podemos ver las fiestas atléticas celebradas en Olimpia? ¿Y el elemento agonístico, ahí donde nunca soñamos con competir?

– Que nosotros sepamos, Francisco Márquez no fue un gran nadador o un campeón clavadista, y quizá los Niños Héroes ni héroes eran. ¿De dónde entonces le viene el nombre a la alberca? ¿Cómo podría algún niño aspirar a convertirse en un clavadista olímpico apelando a Francisco Márquez? ¿Quién o qué lo desafiaría a jugar entre líneas de agua?

– El salvavidas no está. Si importa la seguridad de las personas que asisten a este complejo arquitectónico, ¿por qué no está precisamente aquel que se encarga de asegurarla allí en la alberca, en el agua?

Sirvan estas instantáneas para mirar que si fuéramos estrictos y serios, las cosas tendrían que estar funcionando de otra manera. Hoy las palabras difícilmente dicen algo de la realidad, no hay una relación entre las cosas y los nombres. Donde cada quien hace lo que le viene mejor -tratando de salvarse a toda costa, asegurando una ganancia que no va más allá del menor esfuerzo-, no hay ninguna regla.

Detente un momento, ¿qué es todo esto? Todos transitan como asumiendo que la realidad está ahí, algunos hacen como que nadan, otros como que juegan, algunos otros como si trabajaran. No es más que una fachada, la simulación de que algo de lo que debería haber ahí está sucediendo. La mayoría cree que juega a la realidad pero ni es capaz de verla ni sabe jugar. Simulamos cuando no podemos ver lo que sucede ni sabemos hacia dónde vamos.

Vivimos en una supuesta democracia que algunas veces toma el aspecto de una anarquía silenciosa  y otras veces se despliega como una dictadura que, bien a bien, no tiene sus reglas claras y acaba siendo una monarquía mal preparada.

¿Cómo vamos hacia adelante en un país que desapareció los trenes después de que con éstos se ganó la revolución? ¿Cómo es que un gobierno enarbola el progreso después de haber arrasado con las condiciones mínimas y necesarias para la comunicación, el desarrollo tecnológico, la creación?

¿Cómo te pones tú en todo esto si cada vez ves menos?  Si la simulación raya en lo ridículo, se puede disponer de los valores y las cosas para jugar con ellos, se puede inventar el juego propio, hacer lo que uno ha decidido que le compete; estando dentro aprendes a mirar y a desmarcarte, a no perderte en lo que no sucede. Desde lo que está sucediendo, generas tus propias jugadas.

Más que del juego, se trata de la comprensión absoluta del juego. La realidad no entra ni puede reducirse a una solo estructura, a un concepto; sobre decir que no es posible aprehenderla a través de la mera textualidad. Si decidimos que el juego puede ser una manera de vincularse con las cosas, a condición de que conecte con el complejo que éstas implican.

¿Por qué no somos capaces ni de mirar lo obvio? Tal vez hay miles de medios y artimañas que hemos ido asimilando para no enfrentarnos con las cosas. Es posible que nunca hayamos sido capaces de ver o que con el tiempo solo nos hayamos vuelto ciegos que creen ver. En todo caso, ¿no es el enceguecimiento una estrategia de confort personal, una manera pasiva de eludir la confrontación?

Para salir de la simulación, hay que empezar a ver, y para eso se precisa de una interfaz: una cámara, el juego literario de Sherlock Holmes –capaz de verlo todo-, jugar con las palabras para titubear una realidad imprevista, sentarse a platicar en las gradas de alguna alberca con Juan José. Y quizás en el camino haya que ir dejando las instantáneas de una mirada particular que evidencia la simulación, no como aquel que vuelve a la caverna para convencer a los que viven en el mundo de sombras de que hay una realidad más real, sino como en un juego de pistas que se van dejando y alguna vez son recogidas por aquel que gusta de jugar y de buscar.

Ahora intenta  decir cómo comprendes el juego, cómo lo pones a rotar en la realidad, cómo lo  desmarcas de los discursos aprendidos. Si lo traes que sea para llevarlo a otra parte: intenta explicarlo sin usar la palabra que te hace creer que es un concepto y verás lo que puede. De lo contrario, volverás a perder la vista, puesto que algunas veces los conceptos no sólo no permiten pensar, sino tampoco ver.

Se puede hacer notar que precisamente esos que ven, los que juegan, sus juegos y sus instantáneas, son los sobrantes o -por qué no- los excesos que se desbordan y quedan fuera de la inercia ciega.

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