Newton o la ley del residuo

Por HAYDE LACHINO | ➜

Diríase que el mundo ha dado otro salto, y, sin embargo, la mayoría de sus ocupantes,
incapaces de soportar la velocidad, se han caído del vehículo en plena aceleración,
mientras que la mayoría de aquellos que aún no se habían subido no ha conseguido
correr hasta alcanzarlo y montarse al vuelo.

Zygmunt Bauman, Vidas desperdiciadas.

Podemos imaginar la Modernidad como un cohete que se dirige al espacio: en la cabina van glamorosos astronautas que arriesgan su vida en nombre del conocimiento y el progreso con objeto de conquistar mundos nuevos y misteriosos, sus nombres serán ampliamente conocidos por la gente: Neil Armstrong, primero en pisar la luna; Valentina Tereshkova, primera mujer en viajar al espacio; Yuri Gagarin, primer hombre en dejar la Tierra;  Arnaldo Tamayo Méndez, primer astronauta Latinoamericano. La atención mediática y de la propia historia se centra en los acontecimientos de la cabina, en ese reducido espacio en donde se jugaron tantas batallas simbólicas de los dos proyectos modernos del siglo XX: el capitalismo y el socialismo, Estados Unidos y la Unión Soviética.

Sin embargo, la atención en la cabina nos torna borroso el campo de visión sobre las fuerzas que propulsan el cohete, esa estela de fuego, humo y estruendo que imprime la energía necesaria para que una nave pueda vencer la ley de la gravedad. La gloria del espacio se conquista dejando en la tierra una estela de residuos, como inevitable resultado de toda conquista. Vista desde esta perspectiva, la tercera ley de Newton es la ley de las fuerzas residuales, del desecho. Las fuerzas que mueven hacia adelante la nave de la Modernidad de suyo son negativas, energía del desecho.

La negatividad es el resultado constante del desarrollo moderno. Un residuo caracterizado por su persistencia, de tal suerte que podemos pensar a la Modernidad como la civilización del desecho. La paradoja radica, tal y como afirma Bauman, en que ese desecho que horroriza es el lado B de ése disco de música pop que llamamos capitalismo, dicho de otra forma: sin desechos no hay capitalismo.

El desecho que resulta de la hiperproductividad capitalista no sólo se refiere a esas mercancías que cumplieron con su valor de uso, miles de seres humanos, continentes enteros forman parte de una espacialidad residual que a nadie importa. Lo que ahí acontece no es significativo, ni la vida, ni las muertes. Sintomáticamente, estas espacialidades que contiene  vidas cuyos acontecimientos son de nulo valor para los centros económicos, políticos y culturales son también los grandes depósitos de basura. De acuerdo con una serie de mapas sobre salud y contaminación realizados por la Organización Mundial de la Salud, existe una correlación: los países más pobres son los más contaminados, y  también en donde la muerte está asociada a la pobreza, la violencia y enfermedades producto de los desechos del capitalismo.

La Modernidad es un lujo, afirma Bauman, para aquellos escasos tripulantes de la cabina, los demás gozamos de unos pocos derechos y padecemos las consecuencias de un proyecto que se oculta tras la narrativa del progreso. Este modelo de producción genera enormes cantidades de residuos, tan sólo en México la cantidad es de 86 mil 343 toneladas de basura diarias. El capitalismo, en tanto que cultura del desecho, hace de todo una mercancía que se usa y se tira: objetos, personas, ideas, relaciones, conocimientos, nada se salva de ser considerado residual, hasta las emociones más intensamente humanas son el molesto residuo de un cuerpo que se niega a ser sólo racionalidad.

También están los países residuo, cuyo destino a nadie importa: Guatemala, Honduras, Níger, Etiopía, Mali. El modelo global se repite en cada país, cada territorio contiene sus propios desechos. Por las modernas ciudades deambulan las personas-residuo, seres humanos expulsados de la sociedad sin ninguna posibilidad de reincorporarse a la misma, seres que han sido despojados de su humanidad, igualmente existen esos barrios, ciudades y pueblos que son áreas residuales en donde la falta de perspectivas de vida se traducen en violencia.

En ese campo de negatividad acontecen los graves problemas del mundo, ahí se conforma el presente. La negatividad es el tiempo del presente, porque la cabina de la nave es un espacio que se fuga siempre hacia el futuro, un no lugar caracterizado por la rapidez con que se aleja cada vez más de la inmensa mayoría.

Artistas y activistas, inspirados por discursos libertarios, buscan invertir la lógica: sacar del espacio negativo hacia el positivo recursos, seres humanos, fuerzas residuales; así se recicla, se positiva la lucha de clases y se erigen proyectos utópicos o se transforma a los desposeídos en simpáticos y folclóricos individuos, se hace del desempleo un acto de autoexplotación vía el emprendedurismo y se pervierte la colaboración. La maquinaria capitalista supera estos fragmentarios esfuerzos, lo residual se acrecienta. El activismo intenta enseñar a correr a toda velocidad para alcanzar una nave espacial. En este intento nos hemos agotado.

Valdría la pena preguntar si no es tiempo de observar con atención el espacio-tiempo negativo, el de lo residual para indagar si es posible otra vía que no sea la de intentar alcanzar la velocidad de la cabina. Quizá sea tiempo de ensayar el descrecimiento como propone la economía verde, ser menos productivos y más habitantes del mundo, probar otras posibles velocidades que no busquen alcanzar el ritmo que imponen Europa y Norteamérica. Ello implica para el arte, que el artista deje de ser el centro del quehacer estético. Se trataría entonces que el arte y toda práctica cultural permitan instaurar otras relación vital con lo residual para resignificarlo y orientarlo hacia otras disposiciones históricas, ya que en el desecho están presentes insospechadas potencias que pueden hacernos salir de la lógica de la tercera ley de Newton.

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