Telecápita, cinco años después

Por TELECÁPITA | ➜

Fue un sábado por la mañana cuando todo empezó. Era el 16 de abril de 2011 y éramos seis. Ese día fue la primera reunión del grupo que en aquel entonces no se hacía llamar de ninguna manera pero que organizaban un coloquio que ya tenía nombre: Telecápita, una idea. Cinco años después somos otros, pero queremos recordar algunos instantes de esta historia con apoyo de algunos amigos que formaron parte de este proyecto y que sin su presencia, su trabajo y sus sueños, el presente sería inimaginable. Después de cinco años, hoy solo podemos decir gracias a todos los que han contribuido con esta iniciativa, este colectivo, esta organización, esta plataforma.

Telecápita: Cinco residuos hallados en una memoria fragmentada
Genaro Ruiz de Chávez Oviedo
Miembro de Telecápita de abril de 2011 a abril de 2012

A) Un grupo de alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM se reúne durante sus horas libres en salones desocupados. Leen y comparten textos potentes, exponen, critican, se critican, dialogan y luego siguen con sus cosas, cualesquiera que sean estas. Ellos se nutren de lecturas sobre pensamiento contemporáneo para poder plantear nuevos campos de acción y líneas discursivas atípicas. El alumnado se arma de ideas y, luego, experimenta la necesidad de encaminarlas de alguna manera hacia la praxis. Entonces, se articula el primer encuentro Telecápita.

B) Los mismos alumnos se encuentran en diversos lugares de la Ciudad de México -sobre todo en cafés, ¡benditos sean los cafés!— y juegan ping-pong con las posibilidades. Se barajean nombres de expositores e invitados, se sopesa el siempre espeluznante tema de los recursos monetarios, se bebe mucho café. Los diversos elementos que conformarán Telecápita se están acomodando, rebasando lo que se suele proponer desde los espacios académicos convencionales.

C) Desde un inicio se ambiciona mucho: expositores de primera línea que incluyen -entre otros- a pensadores internacionales, doctores jóvenes pero curtidos, y autores propositivos que han destacado en diferentes disciplinas; todo esto en un país en el que los muertos y desaparecidos se acumulan. Un país cuya identidad se cae a pedazos. En contra de la decapitación física y metafórica, se arma una alineación compuesta por brillantes cabezas anómalas.

D) Las ponencias para el coloquio comienzan a llegar y a conformarse por sus afinidades temáticas. Se gestionan espacios culturales externos a la facultad, también se resuelven asuntos de logística y difusión, pero siempre se llega a la ineludible situación de los recursos monetarios. Se necesitan fondos para cubrir vuelos, estancias, los gestos de agradecimiento rigurosos…etc. La mejor solución fue, es y siempre será una fiesta mezcalera, cuyas ganancias lograrán cubrir algunos gastos.

E) A las 9:05am del lunes 24 de octubre del 2011, el Primer Encuentro Telecápita: Estética/ Aceleración / Simulacro inicia con el pie derecho cuando el filósofo catalán Eduardo Subirats imparte una clase magistral ante un auditorio lleno. En ese momento, los estudiantes inmiscuidos en el asunto de Telecápita caen en cuenta que todas las tribulaciones previas han valido la pena.

A cinco años del nacimiento de Telecápita, ésta ha seguido hilando en fino con la materia bruta de la “pasión crítica”. El resultado se ha diversificado, llegando a ser un auténtico espacio de diálogo y reflexión, al mismo tiempo que una referencia formativa y un ejercicio de promoción cultural fresco. Felicidades a todo el equipo que ha estado detrás de este esfuerzo continuo.

Imagen de movimiento
Aldo Bravo Vielma
Miembro de Telecápita de abril de 2013 a marzo de 2014

Cuando se me convocó para relatar alguna remembranza, anécdota o imagen sobre mis pasos por Telecápita, descubrí que pese a la buena cantidad de eventos de los que hice parte, no existe momento grabado con mayor fuerza en mis memorias que el día de mi primera reunión. Si bien conocí a algunos de los miembros de aquel Telecápita en diciembre de 2012 durante una borrachera con la que se pretendía recabar fondos, no podría llamarlo mi primer acercamiento. Ellos ubicaban mi nombre pues previamente les mandé un par de textos sobre el movimiento #YoSoy132, sin embargo no existió verdadero intercambio de palabras.

Recuerdo bien las reuniones a las que asistí en casa de Alejandro, la primera la recuerdo mejor. La sensación de conocer un lugar desconocido no era lo único que experimentaba, me sentía profundamente confundido. No sabía qué hacía ahí porque no sabía que hacían ellos ahí. Hasta la fecha resulta complicado definirlo.

Tiempo después pienso que esa reunión se asemeja en mucho a los movimientos sociales contemporáneos. Se trataba de un montón de cabezas disconformes con el mundo, cuyo pathos de la indignación se conjugaba en casi un perfecto equilibrio con el raciocinio, pues ambos fueron inspirardos por el desencanto de los “paradigmas modernos” (dígase política institucional, jerarquías verticales, crítica contra los monopolios que lucran con la información, reivindicación de los actos artísticos como formas subversivas, etc.).

Diría que incluso, hasta hoy, experimentan las mismas peripecias que los movimientos sociales atraviesan al superar la etapa de furia necesaria para congregarse y salir a la calle. Cuando reunirse y manifestarse ya no es suficiente. Telecápita, como los movimientos de nuestros días, vive en un frágil equilibrio entre la institucionalización y los espacios públicos (la calle); entre los medios digitales y la estratégica alianza con organizaciones institucionalizadas; entre el arte subterráneo y la academia.

Conocer Telecápita era toparse con un montón de cerebritos, probablemente todos obtendrían un semejante puntaje de IQ, aunque de características, personalidades, potencialidades y motivaciones muy diferentes. Nos reunía algo en común, pero como en todo movimiento, cada grupo traza diferentes rutas. Entonces vuelve el desencanto. ¿Es que no es posible una perfecta horizontalidad? ¿Acaso es necesario? ¿Por qué habríamos de ceder en nuestra táctica? ¿Por qué no pudimos hacerlo? ¿Unidos jamás serán vencidos?

Ningún movimiento es homogéneo más allá de su punto de encuentro. Cada vertiente allana su camino. Siempre fue predecible la eventual disgregación.

En esa primera reunión como “telecápito” formulé a más de uno la cuestión fundamental: ¿Qué es Telecápita? Las respuestas fueron tan diversas como lo son ellos. No deja de ser intrigante qué es lo que realmente nos reunía ¿La Red-volución? ¿La sensación de vivir en un cíclico impasse, distopía y apocalipsis? ¿El amor? ¿Nada mejor qué hacer? Apostaría a esta última: la resistencia contra ser personas que “tienen algo qué hacer”, después lo conceptualizamos en formas varias.

Esa es la imagen que me dejó una profunda huella. La de una reunión que era un movimiento. Personas compartiendo algo en común. Y lo es porque eso es lo más valioso que hallé de mi instancia en Telecápita –sin despreciar el conocimiento adquirido-, me regaló una reunión con personas. Mi mayor recuerdo de Telecápita es el acontecimiento menos efímero que podemos vivir, los vínculos de amistad con las personas. Lógicamente unos más amigos que otros.

Y nada, quisiera cerrar enunciando a los integrantes de aquella generación Telecápita, esos pioneros indignados: Piña, Beto, Yareli, Clemente, Luis Miguel, Nancy, Refresco, Rolando, Xul, Ernesto, Irasema, Diana y claro, Alejandro.

Celebro a Telecápita en este aniversario por habernos encontrado.

Entre vida y literatura
Nayeli García
Miembro de Telecápita de abril de 2011 a noviembre de 2011

Estamos sentados en el segundo piso del número 67 de la calle Ámsterdam, en la Condesa. No somos más de seis personas, así que fue fácil acordar reunirnos en el Conejo Blanco, una librería-cafetería que ha dejado de existir. Había algo de pretensión en cada uno de nuestros gestos: la elección del lugar en honor a Lewis Carroll, las lecturas que compartíamos, el plan para el que fuimos convocados.

Yo conocí a Alejandro Flores en unas clases de Teoría Literaria y de Literatura Iberoamericana. Todos los viernes durante seis meses, llegué a las 9 de la mañana a Facultad de Filosofía y Letras para tomar su clase. Su juventud y su seriedad eran lo único que podría animarme a pasar las primeras horas del último día de la semana en un salón. Yo tenía 21 años. En esas sesiones aprendí a discutir, con rigor pero sin solemnidad; a argumentar a favor o en contra del canon; a relacionar libros con películas, revistas, noticias, problemas políticos… En otras palabras, lo que hacíamos era nombrar y señalar los lazos que la literatura tendía hacia nuestras vidas.

Así fuimos decidiendo sacudir el polvo del lomo de los libros, quisimos perderle el respeto a la autoridad de la academia vieja. Intentamos formar otra. Sabíamos que afuera (de los sistemas de evaluación y el decoro de la universidad) había más gente incómoda que podría tener interés en escucharnos, hablarnos, pelearse o construir con nosotros. Nos movimos y escuchamos el ruido de nuestras cadenas.

Telecápita surgió en ese contexto. Cuando sacamos del salón lo que nos inquietaba y lo llevamos a otro lado, descubrimos que nos habíamos encontrado en la incomodidad y que, desde allí, podíamos buscar a más como nosotros. Nuestra idea era formar un espacio desencuadrado de los límites que habíamos aprendido. Formas de hablar que no distinguieran entre el arte y su comentario. Entre vida y literatura. Aquí estamos.

De Telecápita a Telenada
Alberto R. León
Miembro de Telecápita de febrero de 2012 a agosto de 2013

Entré a Telecápita a finales 2011 y principios del 2012, hace apenas unos años, pero dadas las coyunturas y vertiginosos cambios sociales pareciera que han transcurrido décadas e incluso siglos. Yo cursaba los últimos semestres de la universidad, tenía inquietudes inherentes a aquella época, como publicar, exponer ideas, dialogar con diferentes personas o escribir.

Telecápita en aquel entonces pasaba por un periodo de reformulación, y sus primeros integrantes tomaron una decisión fundamental para querer unirme a ese grupo de personas que de alguna u otra manera compartían determinados intereses conmigo. Telecápita quería ser un medio independiente, descentralizado y horizontal, un medio motivado por la voluntad de quienes querían hacerlo, libre de ataduras institucionales y cordones umbilicales castradores. Telecápita quería abordar aquellos temas que nadie más se atrevía a exponer, ya sea por lo ridículos que para aquellos años podrían parecer o por la urgencia de que alguien los tomara.

Sea como fuere, algo se cocía en aquel entonces y cada miembro del equipo lo intuía. Pocos meses después, durante el contexto de la contienda electoral del 2012, las secuelas de una sociedad que se desmoronaba y desquebrajaba una vez más quedaron muy marcadas en las mentes y voluntades de una juventud ávida de medios, de voces y de independencia intelectual. Al mismo tiempo que estas necesidades nacían, también floreció el terror. En ese terror Telecápita empujó con especial ahínco su voz.

El día de hoy es aún más arriesgado ejercer un periodismo crítico y valiente que en aquel entonces, cuando no comprendíamos la dimensión del infierno que se templaba bajo nuestros pies; hoy es prácticamente impensable proclamar y practicar un pensamiento realmente combativo, que no tenga miedo de señalar, de apuntar, de denunciar y sobre todo de ser libre, porque tal parece ser que la libertad tiene un precio elevado en sangre, y con mucho dolor tengo que apuntar que la libertad es un lujo que no muchos estamos ya dispuestos a pagar. Sin embargo Telecápita parecía no ceñirse a condiciones, parecía que como medio totalmente independiente podría mantenerse en pie para que desde una visión crítica se pudieran abordar los temas que atravesaban a la sociedad. Sin embargo no fue así.

Desafortunadamente tal parece ser que hubo un triste malentendido, o mejor dicho que yo lo malentendí todo. A pesar de ser pioneros en un sinfín de cosas y de tener a mentes y voluntades realmente admirables, Telecápita aún cojeaba de prácticas que no lograban satisfacer a los integrantes. Durante el arduo camino que recorrí en el proyecto vi como amigos y colegas iban y venían, aportando y llevándose ideas muy valiosas, pero que a pesar de ello y de la frecuente aportación de visiones seguíamos amarrados a prácticas institucionales más que arraigadas, en una horizontalidad aparente, porque de cierta manera era innecesaria para el modelo que hiciera sostenible a nuestra organización. Aún eran necesarios los mecenazgos, aún eran necesarios los padrinajes, los nombres, las direcciones, y sobre todo aún eran necesarias las instituciones. ¡Y vaya que la ingenuidad que tengo aún me hace pensar que no necesitábamos aquello!

A pesar de este malentendido tengo que apuntar que Telecápita me dio más de lo que me imaginé podría obtener. En principio pude publicar, exponer mis ideas, dialogar con gente y escribir. Pero además conseguí algo mucho más importante, me dio el valor de no callar lo que pienso y de no ser complaciente con mi pluma e ideas, a pesar de que ello me llevó a salirme del proyecto. También puedo testificar que la importancia de Telecápita en diferentes vidas ha sido determinante, ya que otras iniciativas surgieron tras el paso por esta organización, incluyendo iniciativas propias. Así fue como pasé de ser parte de Telecápita a Telenada.

10 Grandes momentos Telecápita que todos recordamos (o no)
Eduardo Guerra (a quien todos recuerdan como Eric Piña o simplemente Piña)
Miembro de Telecápita de febrero de 2012 a abril de 2014

1.- Algunos estudiantes de Hispánicas formaron un círculo de lectura, similar al Uróboros que los representaba.

2.- La posmodernidad tenía forma de chicle, según un hombre de apellido Fernández.

3.- Una mano en forma de T fue nuestra bandera. Un sitio web el eco de nuestras ideas.

4.- Hubo una fiesta mítica por el Metrobús Caminero y como los momentos míticos son imposibles de replicar, no importa cuántos pezones perforados tuviera Kin Navarro, el milagro no volvió a repetirse.

5.- Dicen que el proyecto logró abarrotar el aula magna de la FFyL y el Hijo del Cuervo en Coyoacán; No obstante, quedamos cortos en el Centro Cultural España bajo el mantra del “¿Y ahora qué?” de una presentación amateur Powerpoint.

6.- Cuentan que cierto profesor durante el II Encuentro Telecápita agradeció a toda la plantilla de colaboradores del proyecto incluyendo al personal de limpieza del recinto. Gracias totales o muy pocas, yo diría.

7.- Fuimos pensadores que llegaron a marchar buscando una “Red-Volución”. La Praxis Vital le llamamos.

8.- Nuestro Headquarter era móvil, de Casa Refugio a Monrovia y ¿por qué no?, hasta en un salón de Kinder planeamos cómo asaltar la fábrica de la realidad.

9.- En las juntas con galletas y café, uno de los colaboradores reñía con el director todo el tiempo debido a los excesos de protagonismo de ambos. Hoy día ese colaborador lo comprende mejor pero sigue sin justificarlo. Nadie ni nada es perfecto.

10.- Antes de despedirse del proyecto, cada colaborador agradecía al resto de sus compañeros por tan maravillosa experiencia. Admitamos que Telecápita marcó un antes y después en la vida de sus miembros sea para bien o para mal.

P.D: Fue el primer proyecto donde se me consideró como un gestor tanto de ideas como de proyectos. Asimismo, mi primera desilusión colaborativa. Gracias por ello. Por todo.

Primero fue la duda: Telecápita el origen de una idea
Paulina del Collado
Miembro de Telecápita de abril de 2011 a noviembre de 2011

A veces cometo el error de seguirme sintiendo estudiante. Luego cuento el tiempo que he estado fuera de la Facultad de Filosofía y Letras y me doy cuenta de que, desde que dejé de transitarla, miles de personas nuevas la han habitado y la han mantenido viva. Hay veces en que me convenzo a mí misma de que extraño el olor a café del aeropuerto (un pasillo que los avezados sabrán evitar en horas pico), me convenzo de que hay partes de mí esparcidas en ciertos salones, que dejé algo olvidado en las escaleras del ágora y que ese lugar alguna vez fue mío.

Por fortuna esta melancolía me dura poco, en concreto desaparece cuando se me ocurre volver a la Facultad. Aunque a grandes rasgos sigue siendo la misma. Ahí están los vendedores ambulantes, algunos maestros conocidos, y los milisegundos de conversaciones ajenas que puedo inteligir enteras: no, no entendiste bien a Hegel, es un estudio de Nancy que, no mames no acabé de leer, las copias están en el folder del anexo, y entonces te la cogiste o no, etc. Sin embargo no es el mismo lugar: todos los rostros me son ajenos, hay algo en su ritmo, en el latido de ese ente monstruoso y fascinante, que me rechaza, que me recuerda que a mi experiencia de la licenciatura en realidad la componen las personas y las circunstancias con las que tuve la oportunidad de coincidir.

Digo todo esto porque Telecápita marcó un momento entrañable en mi formación, es una parte de mí que ya no va a regresar. Con cosas así caigo en cuenta de que estamos sujetos al cambio, de que somos solamente lo que el tiempo ha dejado a su paso y que no hay nada trágico ni especial en eso. Yo ya no soy la misma, mis compañeros tampoco y mucho menos el proyecto. Aún así, me gusta rememorar el punto de partida, la afortunada coincidencia que no volverá a ocurrirnos: un salón de clases en el segundo piso, un maestro y un adjunto que no se conformaban con una respuesta acrítica, floja y mecánica de parte de sus alumnos, y las lecturas de escritores contemporáneos, sociólogos, politólogos, filósofos que se daban a la tarea de problematizar el mundo tal y como es hoy en día. El objetivo era pensar, formarse una opinión sobre las cosas y reconocerse, caer en cuenta de lo que implicaba llamarse a uno mismo “humanista”.

El inicio de Telecápita estuvo marcado por la duda, el qué tal si de unos estudiantes reunidos para derribar los muros del salón de clases, por el deseo de un grupo que buscaba llevar sus inquietudes hacia otras personas.

El inicio de Telecápita también estuvo marcado por el sueño de Alejandro Flores, a quien, dicho sea de paso, me tomé la irreverente libertad de apodar Telecapitán (al final no me ha decepcionado: el proyecto es un barco a cuyo timón Alejandro se ha aferrado sin importar los embates de cualquier tormenta). Ese sueño consistía —y sigue consistiendo hasta el día de hoy— en la posibilidad de ver el mundo de otra forma y de hacerlo apoyado en los cimientos de una comunidad. Sí, es cierto, vivimos al interior de una sociedad sobresaturada de información, somos navegantes del ruido blanco y cohabitamos con las muchas formas que puede adoptar la violencia sin tomarnos un tiempo para enfrentarnos con nuestro estilo de vida y entrever la luz entre tantas tinieblas. Con frecuencia obviamos la oportunidad de pensarnos como ciudadanos capaces de darle génesis a un cambio.

Para mí Telecápita fue un espacio de lectura y diálogo, uno en que pude escuchar a otros estudiantes, artistas, intelectuales y maestros, una plataforma desde la que pude levantar mi voz y proferir mis propias dudas. Y afortunadamente le ha pasado el tiempo encima, cinco años para ser exactos: Detrás de Telecápita han coexistido muchos nombres, diversas propuestas, disciplinas artísticas y búsquedas estéticas. Por eso deseo que cambie más, que cumpla más, que adopte más formas, e involucre y toque la vida de más gente.

Cinco es una palabra de dos sílabas que se dice fácil, pero si hablamos de Telecápita y de lo que ha pasado para llegar aquí, entonces tendríamos mucho que contar.

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