Xalapa, la fábrica del miedo

Por ALEJANDRO FLORES VALENCIA | ➜


Del No Lugar al Puro lugar

Xalapa es un lugar que nadie debería conocer porque esconde el verdadero rostro del mal. Un lugar donde la vida se da la vuelta porque ya no encuentra cómo. Ese lugar, más que un lugar, es una idea, una idea que es tan fuerte que es casi imposible rastrear su origen. Una idea como aquellas que estuvieron antes que todo lo otro, una idea sobre la que se sostiene un orden, el orden del mundo, el orden de cierto caos, el orden del miedo. Xalapa es una fábrica del miedo, y los restos de esta superproducción de afectos vulnerados son los gritos lánguidos, apenas una borradura, de aquellos que dicen ¡basta! Aquí, la denuncia y la inconformidad son un residuo, lo que queda (poco, casi nada) de lo que algunos llaman rebeldía o dignidad.

Xalapa no tiene remedio. De la misma manera que tampoco lo tiene el país. Xalapa se extingue como se ha extinguido su niebla. Xalapa es solo la imagen de un recuerdo provisto por unos ojos que han perdido la vista y que hoy solo miran por puro reflejo, como cuando a alguien le amputan un brazo o una pierna o un dedo y éste sigue pensando o sintiendo que su miembro sigue allí aunque solo queda un remedo invisible, inexistente. Xalapa ha desaparecido debajo de su propia desaparición. Xalapa es un nombre pero es más que una ciudad, es un estado, un estado mental y emocional paralizado, un estado cuya bruma se parece más a una vorágine que ha caído como la noche más obtusa de la historia y que como tal, como estela, como arroyo, es indecible porque solo nombrarla es peligroso. Duele.

Ese estado mental y emocional es un lugar que aparece. No es un territorio. Es también una imagen, un pasadizo empotrado en las ancas de una apariencia de realidad, sobre un rescoldo de lo posible. Es decir que es una inminencia irrealizable y, por lo mismo, irrepresentable. Ese lugar a veces se puede ver pero otras no. No tiene método. Ese lugar existe pero está detrás de las sombras, en las filigranas de la bruma, en una zona de acecho, de pura potencia. En esa inminencia, dicho lugar deja de ser un no lugar para convertirse en un puro lugar. Es un delirio. Uno solo puede salir de Xalapa volviéndose loco.

Tres payasos

¿Qué significa mirar al payaso? En el uso coloquial puede ser hasta un chiste, pero no por nada en el imaginario del horror los payasos suelen ser la cara siniestra de las cosas. En la historia que nosotros encontramos hay al menos dos payasos. El primero es una imagen cuyos retazos son: un cuarto que mide tres por tres metros, ochos personas en el interior, una cama, una pareja sobre la cama, una bota que golpea y rompe una puerta de vidrio, cristales rotos que caen al suelo, gritos, un hombre y una máscara de payaso, después un torbellino, un tropel de bestias, fantasmas vestidos con camisas de leñador y con paliacates en el rostro, botellas vacías de cerveza se rompen sobre la cabeza de un joven, un cráneo es azotado contra un lavabo, los dientes caen al suelo al mismo tiempo que cae una bicicleta y la base de un pastel, más gritos, golpes con un bate sobre el costado de un cuerpo, un machete rebana parte de un rostro…

El otro payaso es una aparición, más no una casualidad, porque las apariciones nunca son casuales: dentro de un tubo para transportar dibujos o planos arquitectónicos vienen dos fotografías, una impresión en tamaño plotter de una fotografía famosa, probablemente ganadora de alguna categoría del World Press Photo o de National Geographic, dos banderas de México, una a color y otra en blanco y negro, y otra impresión, ésta de otra fotografía tomada por el dueño de todos los objetos en una Carnaval, presumiblemente en Veracruz, en primer plano un punto incandescente, la punta de un cigarrillo que se consume, y desenfocada en el fondo una máscara de payaso cruzada por el frente con un mecahilo. Esa foto, meses antes, ocupaba un espacio dentro de una casa en Xalapa, era un adorno. Las banderas fueron colocadas dentro del transportador porque hubo que hacer mudanza, la foto grande ya estaba allí dentro. Hubo que hacer mudanza porque el dueño fue asesinado. Xalapa se le apareció en la Ciudad de México a mediados de 2015.

Xalapa no es Xalapa. Xalapa no es solo una ciudad, ni cubre solo a un estado o a un gobernador y sus brazos armados, ya sea constitucionales o ilegales, sus sicarios con tolete o con antifaz. Cubre un modo de hacer en el que caben todos los entes endriagos que han hecho del tráfico de la muerte un modo de producción de alto valor económico en este país. Es decir que saben que no solo se trata de conseguir votos y traficar con drogas y personas, sino de matar, de repartir no la vida, sino la muerte. El tercer payaso ocupa una silla, tiene rostro, nombre y apellido, pero es tan cínico que ya ha perdido el maquillaje, tiene apodos, machines como la sociedad que los produjo: el Cordobés, a.k.a la Gordita rellena, a.k.a la Marrana, a.k.a la Picadita. Por ahora, porque no es solo él, sino una estirpe, o una plaga.

Dos obras de teatro

Desde el mes de septiembre de 2015 he venido regularmente a esta ciudad veracruzana junto con Jorge Vargas, en el proceso de creación de una pieza escénica de la compañía Teatro Línea de Sombra y de la Organización teatral de la Universidad Veracruzana (ORTEUV). A la pieza la hemos nombrado El puro lugar. Jorge recibió la invitación de Luis Mario Moncada, director artístico de la Compañía titular de teatro de la UV, la ORTEUV, desde abril del 2015, para hacer esta pieza.

La propuesta era trabajar con un hecho del pasado: la golpiza que un grupo de actores de la compañía veracruzana Infantería teatral sufrió en julio de 1981 en el teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM, en plena representación de la pieza Cúcara y Mácara, de Óscar Liera, una sátira sobre las costumbres y procedimientos de la iglesia católica para la fabricación de vírgenes y mártires, y, de manera colateral, un esbozo de exposición de las políticas heteropatriarcales de la Iglesia, sus prácticas misóginas y su fanatismo pederasta, además de ser también una caricatura, una estampa cómica poco interesante llena de gags y lugares comunes, aunque es cierto que el lugar común es el menos común de los lugares, de la misma manera que el sentido común es el menos común de los sentidos.

Al cabo de un año de visitar referentes teóricos que nos hacían imaginar la historia y los relatos como paisajes de acontecimientos o como efectos retardados por la noción del reuso y la remezcla, o ciertas estéticas definidas por el nomadismo cultural digitalizado, pensando asimismo en los usos y contra usos de la apropiación para las producciones culturales, sobre todo su cariz más radical, es decir su giro hacia la desapropiación y la apelación a la voz colectiva; en ese marco de indagaciones y categorías nos sumergimos junto con los actores de la compañía en un proceso que nos enfrentó contra los miedos más cercanos y comunes: esos miedos que implican tanto salirnos de lo conocido, como ese otro miedo casi sustancial que se siente como ciudadano de este país, de este estado y de esta ciudad.

El puro lugar no solo transforma los sitios, te transforma a ti. Como a los vagabundos la realidad los transforma. Poco a poco algunos vagabundos han ido emergiendo -o al menos a mí me han robado la atención- como una imagen que acompaña a cierto barrio antiguo de Xalapa, el barrio de San Bruno, donde fueron masacrados en 1924 12 obreros y 2 campesinos de la antigua fábrica de Textiles de San Bruno. Y esos vagabundos, la mayoría de ellos, locos, me han hecho pensar en una imagen que se le ocurrió a Óscar Liera, el autor de la pieza dramática Cúcara y Mácara, y que es una simple acotación después del final, y que incluso los actores golpeados hace 35 años quitaron de escena. Liera escribe que se rumora que mucha gente vio al Obispo que aparece en la obra, un obispo ladino, poco brillante pero bueno para el trago, totalmente desnudo y alcoholizado por las calles, desapareciendo como si fuera un fantasma, como estos vagabundos. Uno solo puede salir de Xalapa volviéndose loco.

Xalapa indecible

Durante estos meses he descubierto otra Xalapa, la que se te mete por los poros, la que es un fantasma inasible, como la niebla más lánguida, la más densa, la más pura. Aquí solo el silencio de las noches es capaz de ahogar las aspiraciones, solo la reverberación del sueño puede impregnarse como ponzoña detrás de tu oído para recordarte una y otra vez que eres falible, altamente falible, vergonzosamente falible, porque hasta el miedo queda corto, no alcanza ni para ser refugio, como tampoco alcanza ni para describir un marco desde el cual puedas enunciar o acaso mirar la realidad. Lo que se vive desde hace una década en este país, años antes nos hubiera parecido inimaginable. Tristemente, poco a poco, nos hemos ido acostumbrando a ello.

Sabemos que aquí las garantías se acaban al salir de la cama, los sueños se interrumpen cuando cae la noche, y la vida es puro estar, espera sin esperanza, amordazamiento sin bozal. Por eso Xalapa no es retórica, es pura concretud. Como este proyecto. La palabra PURO nos gustó desde que la empezamos a trabajar en nuestras sesiones no por la pulcritud o la pureza, sino por la densidad o la solidez. Si representáramos esa palabra con un color no sería el blanco, sino el oro o el hierro. Lo puro tiene peso y densidad. Lo puro está altamente concentrado. Lo puro es impenetrable. Lo puro es profundo, inabarcable.

Hay otro puro lugar en esta búsqueda que es justamente la antigua fábrica de San Bruno, hoy convertida en una ruina y que durante muchos años estuvo abandonada. Es ocupada por un grupo de vecinos, no sin que haya cierta polémica alrededor de su toma, pues se organiza torneos de futbol, funciones de algo parecido a la lucha libre, talleres y también lo han llegado ocupar representantes del gobierno para la inscripción al programa Progresa. La fábrica tenía una extensión territorial bastante amplia y cerró a inicios de los años 90. Hoy este lugar lo componen algunas cuantas paredes blancas pintadas con graffitis, un suelo invadido por la maleza, mucho polvo. Durante más de una década varias de las máquinas que quedaron tras el cierre se quedaron allí, lo mismo que los techos de fierro. Cuentan que hace no muchos años, quizás tres, un grupo que en apariencia eran constructores comenzó a tirar los techos y sacar toneladas de fierro de la propia estructura del lugar así como de algunas máquinas pesadas. Dejaron el puro cascarón. En este caso la horadación que dejó su ultraje es la densidad de su vacío.

Producción vital

Aquí, impera el miedo y éste confirma la eficacia de las prácticas represivas del sistema político mexicano y sus elites de gobierno. No es lo mismo el miedo que el pánico, me dijo hace poco un nuevo amigo. Los académicos locales definen a este estado de cosas como una producción institucional del miedo, prácticas que resultan del secuestro histórico de las instituciones (o de su delegación ciudadana, es decir la renuncia civil a ellas) para ser inventiva exclusiva del estado mexicano, prácticas que por tanto implican la simulación institucional, y la simulación política anclada en un sistema que funciona casi como mecanismo de relojería y que con base en el silencio y la impunidad valida todos los saqueos y despojos en pos de un retórico bien común.

Por eso nos pareció importante apelar al contradeseo colectivo no entendido desde la ordenanza del capital y su interdicción posmodena, es decir no el deseo que critica un cínico y desencantado como Slavoj Zizek, sino un contra deseo desde las lógicas de la subalternidad. Porque lo único que le puede hacer frente a una fuerza destructora como el miedo es la potencia constructiva del deseo. Es un mecanismo de defensa y un modo de organización, pero también  es una ética, una política y una erótica, que no necesariamente debe entenderse como pulsiva o sexual, sino como fantasía, como aquello que antes llamábamos utopía. Ante un estado de fabricación sistemática del miedo, solo el deseo colectivo o común puede horadar o encontrar espacios de interferencia para ser habitables.

Entonces, como respuesta de acción a esos espacios marcados por la violencia, los puros lugares del horror, entendidos como sitios de producción de muerte, pensamos que su transformación a espacios de producción de vida y de producción artística puede ser una respuesta para hacer más habitable este lugar. Digamos que con El puro lugar queremos apuntar que dentro de un sistema de intercambios políticos y económicos basados en la repartición de la muerte, la producción y el intercambio vitales es una forma apenas intuitiva y primaria de remediar lo que podemos remediar como pueblo al que se le ha asignado un papel de víctima y de sujeto atravesado por el miedo. Nuestra utopía consiste en construir un presente ciudadano que realmente nos pertenezca, que sea nuestro.

Así que el próximo 27 de abril ponemos en marcha junto con cien invitados una maquinaria orgánica de sueños y aspiraciones, de afectos y corporalidades, es decir de historias individuales y colectivas, y lo que resulte será el mapa de un rostro común, un rostro hecho de cicatrices, marcas y gestos, quizás un rostro amorfo, monstruoso, pero nuestro.

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