¿Y el juego? Rastros y restos

Por ERÉNDIRA GARCÍA AGUIRRE | ➜

Parecería que hoy abundan los juegos. La era digital ha hecho posible la multiplicación y la expansión de un sinfín de éstos, entornos en los que nos sumergimos instantáneamente con la certeza de que podremos volver en cualquier momento, a salvo, de ellos. Por ahí surgen y nadan variaciones de juegos: algunos jugados desde otros tiempos, otros, recreaciones descoloridas del mismo esquema, algunos más, vías de traslado a la realidad virtual, la cual quisiéramos que sustituyera la realidad en la que los ideales se ensucian con el terror de las cosas, con la vulnerabilidad. Es en estos juegos del  presente donde el juego no sucede: juegos modulados, prejugados, predecibles, juegos para ser el mejor, juegos para poder vivir, juegos pedagógicos, juegos maquiavélicos; en casos que se consideran afortunados, jugar es un trabajo.

En todos éstos se otorga al juego un sentido, una función, una finalidad. Y el juego no se sujeta a estos condicionantes, a sus leyes respectivas, a lo que implican. Por eso la disolución del juego empieza donde hay un imperativo que cumplir, donde ya se sabe el punto de llegada, donde las condiciones serán supeditadas al desarrollo de un cierto sistema.

Vivimos en un mundo que se sostiene a partir de una organización lúdica. Desde una dinámica combinatoria de traslape, montaje, saltos  y elecciones de signos, valores y bienes, garantizamos el funcionamiento óptimo y autorregulatorio de un sistema que apunta a la ganancia, la novedad en el mercado, la acumulación, el aseguramiento. Nosotros, terminales de simulación de juego, narcotizados en la inercia de nuestra participación, de nuestras conexiones en ese sistema lúdico, logramos distanciarnos de lo que acontece, no sin la gratificación del entretenimiento.

¿Y por qué preguntamos por el juego? Donde todo es juego, ya nada puede serlo. Hay una diferencia entre el juego, lo que seduce, el desafío que nos arrastra  y esa continuidad de simulación sin riesgo en la que transitamos.

Si es cierto que, históricamente, el juego ha acompañado a lo humano, le ha dado un rostro singular a los sujetos y a la cultura de la que participan, nuestra relación con éste y en éste han ido cambiando. Alguna vez, un hombre se aproximó a las cosas y a sí mismo desde la puesta en escena del afecto y el vértigo, desde la pasión de observar y responder a la regla, desde el desafío que le lanzaba cada cosa con la que se encontraba y que a su vez él desafiaba: su experiencia trataba de la paradójica apuesta por todo lo que él y la realidad eran, y a su vez, por la posibilidad de su pérdida, la apuesta de que algo sucediera.

El juego implica una multidimensionalidad y una multiplicidad de elementos que lo posibilitan y le dan lugar. La regla es la condición para que el juego suceda, implica una observancia ritual tal que al momento de ser cuestionada éste termina.  Abre una relación dual y agonística tanto entre ésta y quien juega como entre los distintos jugadores, un espacio de desafío mutuo que se construye y se disuelve en el jugar mismo. Es decir, jugar es ponerse en juego frente al otro. Allí no rigen las escalas morales, el mérito, la ganancia o la conservación de las cosas; ni siquiera hace falta apelar a la igualdad, la relación con la regla apela a la misma posibilidad de ser desafiado y desafiar.  Nadie impone en el juego lo que hay que hacer porque no hay una idea preconcebida de esto, sólo una disposición y una pasión por la regla. Lo que puede pasar nadie lo puede saber.

El juego nada tiene que ver con el sentido. Aquí no tienen lugar los balances. Si el juego es ponerse en juego a uno mismo frente al otro y no tiene más finalidad que esto, si jugamos más allá de los resultados, y no importa que se pueda ganar o perder, habría un exceso del juego respecto al sistema de valores en el que estamos inscritos, respecto del principio de “no dar por nada” o “todo tiene un precio”.

Sin importar que el juego se desvanezca, que haya dejado o no algún rastro, restos, alguna prueba de haber tenido lugar, quizás una dádiva, algo útil o inservible para la realidad que continúa, hay algo palpitante que nos arrastra a jugar.

El juego se vincula con la existencia. En el juego se pone en escena la existencia, pende entre la vida y la muerte, y uno mismo se la juega en ese vacío que se abre entre su afirmación y su extinción.

Sin embargo, ¿significaría que estamos en juego todo el tiempo? ¿Uno puede pasarse la vida sin jugarse la existencia? Sólo se juega cuando uno se dispone a ello y es arrastrado en el juego. ¿Hay un riesgo, un peligro mayor que poner en juego la existencia? Algo se trastoca cuando nos disponemos a jugárnosla, en ese momento todo cambia, nosotros mismos, nuestra relación con el otro, nuestro modo de participar de las cosas. Es la posibilidad de apostar todo, siempre y cada vez, en un ciclo reversible.

El juego no puede cumplir la función de la realidad virtual, ya sea apaciguar la ansiedad de la existencia, ya sea realizar, en unos cuantos pasos, los sueños más intensos y prefabricados, sin haber arriesgado un solo pelo. No hay juego sin riesgo, sin transmutación, sin un movimiento de las piezas y la posibilidad de la apuesta siguiente.

El juego, sin ser revolucionario, sin ser el comodín para nuestras sociedades, suspende la inercia, interrumpe el sistema  recuperador y redentor, nunca deja las cosas como estaban.

El juego es para nosotros el destino, el desafío.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s