Editorial #2 | Residuos, arte, pepenadores

 Por CÉSAR CORTÉS VEGA | ➜

Una pregunta que nos ha movido para la realización de este segundo número es si todo residuo de la producción se reincorpora hoy al ecosistema capitalista del cual partió. Si todo es tragado por el agujero negro de sus valores, o si entre ello hay algo que no pueda ser reprocesado, o que al menos le “atragante”. La idea de reciclaje por ello nos parece problemática. ¿Qué es aquello que regresa, cuando en realidad pudo haber cumplido su ciclo de reconversión negativa para ser así excretado? La palabra ‘excremento’ viene justamente del latín ecernere, excrevi, escretum, que se traduce como “mantener aparte”; aquello que debe ser mirado afuera, clasificado más allá del espacio en el cual tuvo origen. El reciclaje implica un reordenamiento de racionalidad adaptativa que en muchos casos puede paliar un cierto desequilibrio, pero que, en términos de exceso positivo, provoca una acumulación de remedios derivados de ello, que no pueden sino diluir y degradar ciclos mediante los cuales otro tipo de equlibrios mantuvieron los procesos de contención y eliminación de energía que han permitido la vida y el ritmo de sus transformaciones. 

Así, imaginamos que al menos una parte del excedente no puede participar del sistema. Y así, algo que más allá del signo, permanece en su inutilidad, en la imposibilidad de ser asumido en el curso de una producción acumulativa. Pero no se trata tan sólo de una operación clasificatoria en la que eso ‘otro’ permanezca en un sitio específico. Porque todo nombre que pueda dársele, la niega en el acto desde una visibilidad que la hace operativa, y en esa misma medida la esteriliza, debido a que su naturaleza original es justamente su indecibilidad. Aquello que nombra, y que por ello contiene ya un principio positivo en esa nominación, puede apenas intentar capturar mediante operaciones del entendimiento aquello que no opera sino en el presente donde su sentido puede negar las reminiscencias del pasado, o las proyecciones futuras. El esfuerzo del lenguaje se reduce a elaborar una estrategia de cooptación de significados, y de ocultamiento de aquello que no puede acomodar. La contundencia sintagmática observa con detenimiento aquello que se le escapa mediante su sustantivación: un tótem al rededor del cual aquello que llamamos cultura, danza a la vez que pisotea lo que no ha podido nombrar.

Por ello, este mismo acto de publicación de acá no podrá sino señalar de la misma manera aquello que se le escapa. En todo caso, entrevemos una distinción significativa: una operación que no postula la trascendencia, sino que adquiere, en su intensidad disidente, la figura de aquello que parece ajeno. El pepenador (y el acto de pepenar) es aquel que recupera los restos de información que el capitalismo desecha y que eventualmente resignifica y reconvierte desde el fracaso del valor de uso de aquellos residuos, en nuevo valor de cambio. Sin embargo, la palabra ‘pepenador’ posee cierta neutralidad: mexicanismo proveniente de la voz nahuatl ‘pepena’, que quiere decir ‘recoger’ o ‘escoger’, o más precisamente ‘recoger del suelo’. Esto no implica necesariamente el reciclaje. Más allá de una adaptación linguística ulterior que lo ligaría a éste, el pepenador usa lo que sobra sencillamente para subsistir. Si para ello debe venderlo, de manera que produzca de nuevo plusvalía, también puede usar para sí todo aquello que signifique utilidad inmediata, aunque de nuevo deshechable: restos de cartón para construir una casa improvisada, girones de tela para confeccionar ropaje, o incluso comida que nadie más puede digerir. El témino brasileño ‘gambiarra’ es otro buen ejemplo para hablar de ello: una improvisación práctica que crea nuevos objetos efímeros, irreproducibles debido a su sencillez, a su fealdad. El pepenador se mantiene así en el límite de cualquier concepto de salud, entre la indigencia y una cierta dependencia del lugar en el que vive. Por eso es una figura que es necesario reconsiderar: en medio de los basureros, se escabulle y es capaz de pasar inadvertido frente a aquello que Gianni Vattimo llama “la funcionalización universal de la producción industrial masificada” y por consiguiente de la “fragmentación de los significados” que resulta como consecuencia de la normalización de la vida.

Lanzamos por eso esta provocación: la reconversión cultural de los residuos, y el productor artístico como agente de dicha operación.

A propósito, Horkheimer decía que “el automantenimiento del individuo presupone su adaptación a las exigencias de mantenimiento de ese sistema”. Si las especificidades de la clasificación de los campos de producción del arte son el territorio en el que aquella subjetividad residual del capitalismo opera, no lo es así para aquello que no ha sido nombrado, y que sin embargo puede ser intuido. Siguiendo de nuevo a Horkheimer cuando dice que el hombre se transforma en una máquina que “responde a cada instante con la reacción exacta a las confusas y difíciles situaciones que definen su vida”, el artista es también una especie de máquina que se esclaviza en la medida de las rígidas situaciones que la reglamentación social de la producción exigen para pertenecer, pero a la vez que puede independizar ciertos fragmentos de su vida mediante el gasto improductivo -aquel del que también habla Bataille-; residuos que escapan de la órbita del saber. Aquello que no se sabe, que no puede saberse porque carece de nombre, es lo que acaso resulte una amenaza a la aparente concordancia de los sistemas productivistas y de la racionalización de sus discursos.

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