Desplazamientos mínimos de la filosofía

Por Eréndira García Aguirre | ➜

Imaginar, proponer el desplazamiento de la filosofía como la forma de pensar de qué manera se entreteje siempre en contextos complejos, donde no hace falta sostener su preeminencia discursiva, sino jugar con ésta, indagar sobre los juegos que puede en otros espacios. Además de presentir que hay otras historias donde interviene la filosofía tejiéndose por otras condiciones, otros momentos, otras urgencias, otros cuerpos. No hay filosofía en un campo llano y puro, pues es arada por los desplazamientos abiertos entre el lodo y los pies.

¿Cómo podría caminar indiferente a las piedras a ras de suelo que se incrustan en mis pies? ¿Cómo no sentir, oler, palpar, y escuchar el espacio en el que transito? Y aquí me pregunto cómo teje la filosofía mi manera de andar, mis desplazamientos, ese modo de habitar un espacio.

Habría que poner como primera pieza móvil que el pensamiento filosófico se pregunta por sí mismo en cada cuestionamiento o inquietud que se le presenta. Es decir, las situaciones concretas, los problemas, el asombro ante lo que acontece desfloran una grieta en el espacio que parece configurar el saber de la filosofía. En ese sentido la filosofía siempre se hace en un contexto particular, es una disposición ética, y habría qué atender a nuestra manera de hacerlo. La filosofía no puede decirnos nada más que a condición de ser desplazada, de no sostenerse en una gravitación propia, sino en relación con la provocación de otras historias y saberes, puesto que siempre se encuentra en relación con lo que ella no es.

¿Cómo definiríamos entonces, de manera contundente, un quehacer, un movimiento que se configura a cada paso? ¿Cómo proclamarse defensor de un conocimiento teorético de los problemas verdaderamente importantes (sin olvidar que es una historia que oscurece otros problemas y son unos cuantos los que han elegido precisamente esos y no otros) si toda confrontación de la existencia es capaz de evocar una manera de estar y transitar atravesada por la filosofía? ¿Cómo es que la filosofía siendo una manera para pensarnos se convierte en una manera de atrincherar un espacio, de imposibilitar el juego, las preguntas, la construcción del conocimiento colectivo, y después, de endurecer e inmovilizar a los que se han atiborrado de ésta?

Que la filosofía sea histórica –como todos los saberes- y tenga un insistente acento en una tradición no implica que sus preguntas no sean lanzadas desde el presente y en este mismo puedan alcanzar una resonancia, ahí, en los minúsculos momentos de lo cotidiano.

Hay un modo de hacer filosofía en el que ésta es concebida como la única capaz de fundamentar y validar otros discursos y disciplinas, sólo con las herramientas infalibles de la tradición y el entendimiento. Desde esta postura, la filosofía no tiene por qué responder a ningún otro saber, se sustrae de cualquier puesta en juego que venga desde otro lugar. Se separa y separa del mundo en esa actitud de que nada está a la altura de interpelarla, cuestionarla. Esto significa enclavarla en presupuestos y disolver una de sus potencias, movilizar las cosas a partir de no dar nada por sentado.  Si quisiéramos poner en juego a la filosofía, la puesta más radical vendría de su límite, en relación con lo que está más allá de ella, sobre todo donde se nos ha contado que la filosofía ha de encerrarse en sí misma.

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Fotografía de Emilio García Rincón

Desplazamientos

Puesto que siempre estamos en medio de un concreto complejo, ambiguo, indescifrable, los desplazamientos de los que aquí se trata poco tienen que ver con líneas rectas, división de parajes dicotómicos o movimientos susceptibles de valor moral. Son desplazamientos mínimos por imperceptibles y porque apelan a esos pequeños movimientos diferenciales de habitar, de estar, de permanecer o de abrir espacio para jugar cualquier día con la filosofía.

Desplazamiento mínimo 1. Por la mañana forjarse una caminata en la búsqueda de alguna pequeña planta. Llevarla a casa, cuidar de ella. Palparla para preguntarle sobre el espacio de la casa en el que tendrá las condiciones para crecer. Después de atenderla por un tiempo, dejar de cuidarla, de observarla, de regarla. Y entonces, aunque ésta persevere e insista en seguir viva, habrá manera de percibir la diferencia con respecto al tiempo en que se tenían cuidados por ella. Este desplazamiento abre nuestra relación con lo vivo, la pregunta por nuestro modo de relacionarnos, pues permite presentir los efectos muy concretos de lo que hacemos.

Desplazamiento mínimo 2. Con el Bartleby de Melville sabemos que en ocasiones no hace falta moverse para ser errante. Puesto que no hay nada más exasperante para aquellos que se asumen como serios conocedores y expertos de la filosofía que quien se atreve a resistirse a sus métodos y conclusiones de manera casi pasiva, desviando las preguntas con una falta de respuesta, con oraciones gramaticalmente incompletas y construidas en otros términos, mostrándose titubeante. El desplazamiento empieza cuando el conocedor se encuentra con algo que no puede ser coptado; esto lo desplaza de su centro, lo saca de quicio. El espacio espacio es descolocado y aparecen fragmentos superpuestos de manera desordenada, en relación con ese elemento que no puede encajar en el orificio previsto.

Desplazamiento mínimo 3. Mantén la pregunta. Cuando la filosofía se plantea como interrogación que no termina, no hay posiciones seguras ni correctas. Una pregunta trae como respuesta otra pregunta. El desplazamiento insistente que no permite que nadie se asiente.

Desplazamiento mínimo 4. Llegar desde otro campo al del juego de la filosofía o viceversa. Quizá, la principal razón de la reticencia de la filosofía -y de otras disciplinas- para comprenderse en relación con otros espacios es la supuesta necesidad de defender su especificidad, el miedo a la disolución de un espacio más o menos sólido para estar. Si bien, no se trata de proponer una masa informe dentro de la que las cosas pierden un rostro, se trata de reconocer que la filosofía se configura por una red, por su relación y la interpelación con una multiplicidad.  Si estuviéramos más dispuestos a llevarla a la periferia, a no imponerla como centro y permitir su transitoriedad, tal vez descubriríamos que no está en juego únicamente su disolución, sino vínculos posibles, maneras de que funcione ahí donde ni siquiera es adivinada.

Desplazamiento mínimo 5. Transitar entre la neblina. Tememos la ambigüedad porque resulta difícil estar cuando no se sabe dónde se está parado ni lo que se puede esperar. Sin embargo, si estuviéramos dispuestos a caminar en la espesura de esa complejidad que es el mundo en el que vivimos, existiría la posibilidad de desarrollar otras formas de abordar, de relacionarnos más allá de la diferenciación inmediata y tajante con la que aislamos las cosas y creemos comprenderlas. Este desplazamiento desmarca de la visión como el único sentido de objetivación y acceso al conocimiento recomponiendo toda la red que configura nuestro reconocimiento del mundo. Y aquí bastaría con ponerse a jugar a la “gallina ciega”: abrir los otros sentidos, tocar, encontrar otras maneras de orientación y percepción, otras herramientas de construcción.

Desplazamiento mínimo 6. Hacer filosofía de manera colectiva. En lugar de disponerse individualmente a sacar todas las preguntas y las respuestas desde uno mismo, donde se cree que el centro y origen del movimiento es el jugador, preguntarnos entre todos, por todos. Jugar con los ángulos que se multiplican cuando reconocemos que ya no se trata de interpretar lo que aparece contenido en la bola de cristal, sino que lo ésta refleja es exterior, viene de la interacción con lo que está afuera. Este desplazamiento consiste en suspender la ilusión de que son los individuos los que hacen las cosas, sobre todo dentro de un saber que ha ponderado el ensimismamiento. Y aquí habría que continuar el desplazamiento, montarse en un movimiento preexistente antes que esperar que los demás se monten en el movimiento que uno quiere.

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