El conocer del conocimiento filosófico 1/2

Por Javier Lomelí | ➜

I
Prolegómenos

La pregunta filosófica por excelencia es la relativa al ser humano en términos extensivos; pregunta sobre el origen de nuestra vida, la existencia y sus pormenores, y obviamente también por su finalidad. Es indagación respecto a las implicaciones de lo que significa la condición humana; preguntas que abarcan todo eso que somos cuando pensamos con un poco de recurrencia sobre nuestra vida e incluso sobre nuestra muerte. Observaciones y reflexiones constantes sobre lo que es nuestro entorno relacionado con el sentido de lo ocurre. Pensamientos e ideas que nos ayudan en nuestra búsqueda a intentar explicar cuestiones como qué somos, de dónde venimos, a dónde vamos o por qué somos como somos y hacemos lo que hacemos TODOS en tanto seres humanos.

Comencemos señalando que idealmente, toda experiencia conlleva un mínimo de conocimiento fruto del entendimiento que debería operar en ella. Ya sea como causa que nos ayuda a entender lo que pasa y nos pasa; ya sea como fruto de esa experiencia misma, la vida en sí se presenta como un proceso continuo de conocimiento. Conocimiento vivencial del cual, dicho sea de paso, somos sujetos y objetos; los únicos responsables de su generación y articulación, así como de su desarrollo e implementación.

Una vez aclarado, aunque sea de manera superficial, el sentido que queremos ensayar del concepto de conocimiento y su relación con nosotros en tanto agentes de éste, debemos pensar un poco más a fondo y para empezar dar cuenta de lo esencial de éste, que son sus condiciones de posibilidad. En ese punto, resulta claro, o cuando menos evidente (por la evidencia que tenemos todos los días), que en tanto seres humanos, todos sentimos, pensamos y hacemos, y es desde ahí que nos relacionamos activa o pasivamente con el conocimiento. Tres cuestiones (pensar, sentir y hacer) que sirven como raíces desde las cuales germina la reflexión filosófica, pues es desde ellas que el ser humano (tu, yo y todos) se encuentra con su condición humana. Tres verbos que en su infinitivo reflejan esa aspiración universalista, y desde los cuales la filosofía consolida sus disciplinas ya sea en lo gnoseológico, lo ético o lo estético (sin dejar de lado el ámbito de lo sagrado y su especificidad también en tanto conocimiento y pasión). Campos de reflexión desde los cuales se edifica y se despliega todo posible sistema filosófico y cuyo objetivo principal es entender al ser humano en un sentido amplio y problematizarlo desde sus distintos carices. Tres campos de tierra fértil para el pensamiento desde los cuales hacemos inteligible al resto.

Ahora bien, cuando hablamos de conocimiento, es importante especificar los alcances de lo que decimos, pues de otra forma corremos el riesgo de simplemente aludir al cúmulo de información resultante de una práctica, dejando de lado ese carácter vivencial e intencional desde el cual éste se gesta. Pues bien, el conocimiento es desde nuestra postura conocer; es decir, fenómeno existencial a partir del cual se presentan las condiciones de posibilidad del conocimiento. Porque desde el momento en que estamos vivos, sobre todo percibimos lo que se presenta ante nosotros (no sólo ante los ojos, sino ante los sentidos en general); percibimos las cualidades de las cosas, así como sus relaciones y las formas que tienen de llevarse a cabo. De esta forma, el conocer se presenta como ese procedimiento a partir del cual obtenemos información sobre algo, primero en un plano perceptivo-descriptivo y después también de calculo o de previsión. Es decir, el conocer se asienta sobre la base de este interpretar en el más amplio sentido, el cual nos posibilita pasar del mero percibir al establecimiento de determinaciones, que una vez enunciadas en proposiciones, nos permiten decir que “algo es” empezando por el importantísimo “yo soy”.

Entonces decimos que conocer consiste en un cierto hacer presente el objeto, así como evidente la realidad misma en tanto experiencia interna y externa; o dicho en otros términos, es un proceso vivencial gracias al cual decimos que algo es un hecho o acontecimiento, así como su relación con nosotros. Es, por decirlo en una terminología centrada en los fenómenos, “ser en el mundo”, lo cual nos plantea como premisa la ocurrencia de las cosas para alguien en un momento dado, y se traduce en una relación concreta entre el sujeto existente y el mundo en el que existe y se establece.

Se trata de una operación cognoscitiva fundacional que instituye una relación de la que podemos decir se deriva una característica de aquello que se percibe y conoce ya sea por identidad, semejanza y/o diferencia; una definición que nos permite el reconocimiento de “lo semejante por lo semejante” y consecuentemente, también a partir de lo disímil. El pensar, por poner un ejemplo burdo, que un ave es un ave porque cumple con una serie de características; y en tanto ave, presenta conductas y hábitos observables que generan una serie de patrones y categorías identificables en su ocurrencia ante nosotros, con sus necesarias implicaciones en relación a lo que ello suscita también ya en términos de lo afectivo, como veremos más adelante. Y entonces, sabemos cuando un pájaro es un pájaro y cuando no lo es, justo a partir del reconocimiento de ciertas cualidades, cuando menos en la mayoría de las ocasiones.

Dicho de otra forma, estamos hablando en este momento del conocimiento en tanto forma de saber que algo es porque parece serlo, y algo no es porque no cumple con las características de lo que pensamos es esa cosa, ya sea por sus características perceptibles dentro de las que podemos hablar del mero aspecto, sin dejar de lado también todo lo que toca a los actos. Eso a lo que denominamos las cualidades físicas y conductuales de cada cosa, y que nos lleva a hablar incluso de su normalidad. Conocimiento que en estas asociaciones, también implica una instauración de conceptos y representaciones de las cosas, las cuales en el fondo nos permiten pensar lo pensado y comunicarlo, y por ende establecer un vínculo entre lo pensante y su objeto desde un determinado régimen de representación. O lo que es lo mismo, un horizonte de conceptos y significados que nos ayuda a particularizar un determinado modo de ver e interpretar, que no es otra cosa que pensar en cómo las palabras se relacionan con las cosas y las acciones en su definición dependiendo también de la posición cultural (y obviamente también subjetiva) desde la cual se mira y que abordaremos también más adelante. Porque un pájaro es un ave, pero también una persona despistada –lo cual también da para pensar en por qué se establece tal relación-; porque un pájaro es un animal ovíparo con pico, pero también es símbolo de asuntos como la paz o la libertad.

En ese sentido, la forma de ser primaria o fundacional del ser humano, nos presenta un fuera y un dentro que en su interrelación construyen un sentido y un cierto conocimiento de las cosas; un mundo en medio del cual se encuentra el ser humano, quien con su existencia pone al descubierto todo lo que acontece en él y con él. Eso que nos ocurre en tanto seres humanos ya por el simple hecho de existir entre cosas y personas que se desvelan ante nuestra presencia. Un modo de “ser en el mundo” que trasciende al ser humano en sí y le hace participe del resto, sacándolo de su ensimismamiento y abriéndole hacia lo externo con lo que se relaciona y que es capaz de reconocer en un sentido y significado, de forma que en la relación de eso interno y eso externo, puede intentar un sentido más amplio para su existencia. No un simple contemplar o mirar, sino un ser con las cosas que identifica y nombra, y con ello, integra todo a su vida casi a la manera de una cura en relación a esa soledad absoluta que somos y que nos vincula con todo. Un hacerse del mundo entre las cosas y con las cosas, y que implica ya también esas actividades comunes de la vida como producir, manipular y usar en un sentido funcional hasta este punto.

II

Multiplicidad e historicidad del conocimiento

Es importante decir aquí, consecuente con lo que se ha planteado, que el entendimiento es intencional y fenomenológico; es decir, que ocurre históricamente bajo ciertas lógicas y tiene ciertas finalidades concretas. Es decir, ya sea como realidad efectiva en el acto (lo que hacemos concretamente), o ya sea en relación de la representación de la experiencia (lo que decimos que hacemos), el conocimiento producto del entendimiento tiene esa implicación vinculada al hecho de pensar algo de una determinada manera y en un momento dado, lo cual responde también a motivaciones específicas (consientes o inconscientes). Esta operación de conexión o coligación de acuerdo a fines o necesidades concretas, y que no se limita a la pura identificación, la podemos denominar como “síntesis unitiva y diferenciadora”. Se trata del acto de reunir y diferenciar diferentes representaciones y comprender su multiplicidad en un conocimiento, lo cual nos ayuda a discernir de entre una multiplicidad de posibilidades de sentidos y lógicas, aquella que nos resulta adecuada en tanto forma de concebir e interpretar las cosas de acuerdo a lo que buscamos. Entonces, podemos decir que para que haya conocimiento, debe haber un objeto dado a la conciencia, el cual se coliga por medio de intuiciones y razones dadas, y a partir de las cuales decimos que se gesta un conocimiento particular sobre algo en específico. Un pensar que lo que queremos saber de un ave es algo en concreto, lo cual nos hará enfrentarnos al mismo de una manera determinada.

Ahora bien, consecuente con ese sentido de coligar y de multiplicidad, es importante decir que aunque el conocer y el conocimiento pueden generalizarse en tanto conceptos y reflexión sobre lo que implica el acto y sus resultados en un sentido casi universalista, no por ello podemos decir que exista una sola forma de conocimiento, ni que todo tipo conocimiento sea válido, pues como señalamos antes, el conocer implica una relación de algo con un sujeto, el cual encarna un modo específico de relacionarse con las cosas sustentado en necesidades, fines, y por ende perspectivas, las cuales deben contar con una serie de criterios mínimamente rigurosos (aunque sean empíricos) que sirvan de base al proceso de conocer y den validez a lo que sea que se establezca como conocimiento sin incurrir en falacias. Es decir, aunque podemos hablar del conocimiento y del conocer en términos generales y universalistas, o sea válidos para todos, lo cierto es que el conocimiento es diverso y plural, y no puede limitarse a una sola postura.

De esta forma, este conocer se presenta como un dar cuenta de las condiciones de posibilidad y de la especificidad de las cosas e ideas en tanto acontecimientos concretos con implicaciones y consecuencias puntuales, así como en términos de relaciones específicas y perspectivas. Por ello también que cuando nos referimos al conocimiento, nos vemos obligados a plantear enfoques y disciplinas, pues dentro de estas condiciones que hacen posible cualquier cosa que estemos tratando, cada forma de ser tiene sus modos de darse y devenir, y dependiendo de lo que estemos mirando, requeriremos de uno u otro método y de herramientas conceptuales específicas para poder así formalizar eso que se presenta y a lo que nos enfrentamos. Se trata de operaciones a veces diferentes entre sí y que en campos diversos tienden a hacer emerger ciertos aspectos específicos de las cosas, considerando ciertas premisas. O dicho simple y llanamente, aunque esto implique a veces perder ciertos matices, el conocimiento no es uno, sino que se articula a partir de distintas ópticas, las cuales se formalizan como campos del conocimiento que nos permiten ver una u otra cosa, por ejemplo del mentado pájaro. Porque el conocimiento que nos da la historia de las aves, no es el mismo que el que nos da la biología, aunque en el fondo ambos enfoques estén íntimamente relacionados. ¡Qué decir de sus conceptos y metodologías! Porque dependiendo desde dónde veamos al pájaro en cuestión o de lo que estemos observando del mismo, éste requerirá de una serie de procedimientos efectivos dirigidos a su comprobación y examen, y estos mecanismos y herramientas varían dependiendo la disciplina desde la cual estudiemos las cosas.

Es justo también consecuente con esta diversificación del conocimiento que nos vemos obligados a no detenernos en las cosas en un sentido descriptivo-analítico y nominal, ni predictivo o de cálculo en términos únicamente de lo que se espera en términos de conducta o resultados en un sentido unívoco y taxativo, o limitado a una perspectiva disciplinar rígida; en un nombrar lo que hay y llamarle a un ave por su nombre y saber cómo se comporta en términos generales desde una determinada disciplina. Así, cabe aclarar para no quedarnos en la mera superficie de lo que es el conocimiento, que el conocer del conocimiento en este sentido no constituye el sólo pensar y reconocer un objeto y nombrarlo, pues conocer algo no es la misma cosa que simplemente pensarla e introducirla en el lenguaje. Obviamente es necesario pensar para conocer, así como también resulta indispensable el nombrar y reconocer para poder hablar de conocimiento, pero no podemos detenernos ahí. Esto debido a que si bien el conocimiento parte de un concepto (la categoría) gracias al cual puede pensarse lo que sea que se piensa, éste requiere también de la intuición, la cual se presenta como operación que hace presente al concepto o al objeto en su realidad histórica e ideológica. Esta postura nos hace rescatar esa posición cultural que introdujimos hace unos cuantos párrafos y que nos introduce a ese basto campo que implica la historia en términos de implicaciones para el conocimiento. Así, si bien pensar algo es darle existencia y hacerlo parte de nuestro pensamiento y lenguaje ya sea nombrándolo bajo un determinado concepto, o acercándolo a determinados conceptos que nos dan un primer acercamiento a la cosa, lo cierto es que ese nombre o concepto desde el cual nos referimos a algo, responde a un determinado momento de evolución de la civilización, y por ende de la historia del conocimiento.

Porque también dentro del conocimiento tenemos que aludir a cuestiones que ya no pertenecen exclusivamente a las cosas o a la naturaleza en sí, sino que nos atañen a nosotros como sujetos inmersos en un contexto. Esto que parecería obvio, resulta indispensable, pues es gracias a dicho relacionarse particular del sujeto que somos con el mundo que podemos entonces hablar de una forma concreta de percibir, asentarnos y definir un lugar, que es desde el cual el ser humano se relaciona con todo lo que hay. Es un modo de un peculiar e histórico detenerse en el mundo entre las cosas y las otras personas, lo cual nos ayuda a definir nuestra postura en relación a lo que hay, así como a entender la de los otros en un momento dado.

Y es así que nos encontramos con la realidad histórica del conocimiento, pues éste no es rígido, sino más bien flexible y evolutivo. Es decir, el conocimiento también deviene porque incluso los mismos conocimientos y disciplinas se ven sujetos a los cambios inherentes al paso del tiempo, lo cual se traduce en este caso en el nacimiento y desarrollo de las disciplinas, así como a los giros que dan en relación a un determinado objeto o sujeto y que muchas veces pueden cambiarlo todo en términos de cómo entendemos las cosas. Giordano Bruno, Darwin, Kant, Einstein o el mismo Husserl son ejemplos de cómo a menudo una observación puede hacer que todo cambie, o cuando menos que el rumbo de ciertas investigaciones se vea alterado y con ello la percepción del universo. Porque la física y la ciencia en general, por aludir a campos cuyos resultados pensamos rígidos y definitivos, han avanzado de forma tal que incluso muchos de sus principios se han visto cancelados por sus desarrollos y ópticas. Y más allá de eso, porque ningún conocimiento se basta y no existe principio capaz de explicar la totalidad de forma definitiva y absoluta; sino que por el contrario, todo conocimiento se ve sujeto a nuevos hallazgos, que en el mejor de los casos, amplían nuestra visión sobre las cosas.

Dicho esto, queda claro que el conocimiento que generamos sobre el mundo y nuestra relación con él en términos positivos es diverso y cambiante, y está sujeto al grado de desarrollo de la sociedad y del ser humano. Estos cambios, como hemos apuntado, se suscitan ya sea por avances técnicos o nuevos hallazgos como podríamos ver por ejemplo con cuestiones como el conocimiento del cosmos, ya que no es lo mismo pensar en el universo en el siglo XVI a pensarlo ahora; o del mismo cuerpo humano y la materia, pues con sólo pensar en el nivel subatómico de la materia, muchos de los postulados previos a este conocimiento encuentran nuevos sentidos y explicaciones.

Y cabe aclarar que no nos referimos sólo al desarrollo, sino también a las perspectivas históricas dominantes que hacen que una u otra idea o conocimiento sean postulados desde sus premisas y criterios, y por ende arrojen ciertos resultados. Esto que resultaría obvio, resulta determinante en lo que toca al desarrollo de tal o cual disciplina, pues cada periodo histórico toma uno u otro eje conceptual y desde ahí interpretan el resto. Basta con pensar la relación que establece la Edad Media en función de Dios en términos de lo que significa éste en el esquema del conocimiento de la época; o pensar en el capitalismo y la democracia para poder vislumbrar muchos de los sentidos del conocimiento y las disciplinas existentes el día de hoy. En cualquier caso, el punto que se pretende establecer reside en la importancia de lo histórico a la hora de pensar el fenómeno, pues resulta indispensable atender a la realidad histórica para entender también el proceso que el mismo conocimiento ha seguido y desde el cual podemos plantear las diversas tradiciones, las cuales en el fondo son la antesala de lo que somos hoy.

___

Primera de dos partes

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