Nobel Blues. Bob Dylan: ¿ontología literaria, post-literatura?

Por Cuauhtémoc  Camilo | ➜

Ah you never turned around to see the frowns
On the jugglers and the clowns when they all did tricks for you
You never understood that it ain’t no good
You shouldn’t let other people get your kicks for you
You used to ride on a chrome horse with your diplomat
Who carried on his shoulder a Siamese cat
Ain’t it hard when you discovered that
He really wasn’t where it’s at
After he took from you everything he could steal [1]
Bob Dylan, Like a rolling stone.

Este año Estocolmo ha enviado una señal confusa al público curioso y, sobre todo, a los aspirantes al Premio Nobel de Literatura. La academia sueca lanzó al mundo una ironía vestida con los largos y gravísimos manteles de su autoridad: la noticia de que Bob Dylan es el nuevo campeón mundial de las letras. Me pareció que el acontecimiento sacudía con ligereza la ontología de occidente y, de paso, mostraba que el célebre premio más que condensar la reflexión erudita y replantear la idea misma de literatura –desde el stablishment de la crítica– sugería la triangulación de los procesos a partir de los que pensamos las artes y nos pensamos, a través de ellas, a nosotros mismos.

Con un espíritu falsamente perfumado de Rimbaud, se hicieron a un lado los libros y se posaron los ojos en la canción: música y letra, un matrimonio regularmente bastardo para las academias literarias, es hoy celebrado en los medios y, al mismo tiempo, arrastrado hasta la banalidad de la burla memética. Pero paradójicamente la alquimia que apuesta por “hacer poesía con la vida” ha dejado a los escritores fuera de la literatura.

Ahora resulta que Dylan no es (o no solo es) músico sino juglar, poeta, trovador: maestro y mago de las letras; que su obra recupera las raíces de la poesía (norteamericana) y las sirve en bandeja de plata para el banquete literario de actualidad. Como si todo este tiempo Dylan hubiera apostado en secreto por el trabajo literario y escondido en los reflectores de la fama un tesoro poético que, hoy, la generosidad del olimpo académico reconoce al fin como lo que siempre fue: literatura. Pero fuera de la singularidad de Dylan, ¿qué tan válida es esa premisa para otros cantantes del mundo?, ¿son también poetas y novelistas cierto tipo de cantantes?, ¿son aún lo que eran o ya no son?

Si “todo” es literatura (potencialmente al menos) ¿por qué la existencia de academias especializadas en ella?, ¿por qué el hermetismo y elite de la crítica como instancia de validación?, ¿por qué la inquietud por lo que la literatura ha sido y es en el marco de problemáticas específicas hoy ignoradas? Aunque parece que el ser de la literatura ha sido transformado, sin embargo no me imagino a los selectos comensales del banquete ‘Nobeliario, vestidos de pipa y guante, como un montón de older groupies con monóculo. No me imagino a Dylan aceptado sin extrañeza más un premio enrarecido.

Por lo demás Bob ya era Dylan sin necesidad de premio Nobel. El septuagenario gozaba de reconocimiento mundial y no requería de caros favores para que un público apreciara su música y sus letras, ¿cuál es entonces el afán de confirmar lo consabido? ¿Será que verdaderamente la novela, el ensayo y la poesía, en todos sus géneros y formatos, se han agotado y deberían deberían llamar a la caballería musical para que su aportación engrose las débiles filas de su relevancia y valoración pública? ¿Qué clase de poder se ejerce, con la concesión de este premio, ya no sobre los candidatos sino sobre algo como “la” literatura?

Los más optimistas han querido ver en esta premiación la apertura de las murallas de las academias y fundaciones, estrategias para conectar con generaciones no lectoras, o bien, la validez  de múltiples formatos respecto de la literatura; incluso un gesto audaz de admiración a la figura y trayectoria de Dylan, que ha servido de inspiración a otros artistas. Aunque su influencia es innegable, ¿no habría bastado con un homenaje?

De no ser así, entonces habría que tomar en serio la idea de la literatura múltiple, en todas sus formas: que la crítica sea más amplia, menos elitista y que el soporte a los artistas literarios y críticos aumente; que el ejemplo sueco, como una academia respetable, sirva para reformar las políticas culturales países (como México) en los que conseguir ya no un premio sino una publicación requiere, prácticamente, la fundación de una revista propia. Así, tal vez el llamado que la academia hizo Dylan consiga lo que el devenir histórico de la propia literatura no ha logrado: que el público no especializado ceda de su gusto en función de la apuesta literaria y su valor, que la literatura acompañe la vida con la familiaridad que las canciones.

Por otro lado –puesto que el premio proviene de una academia– cabe preguntar por la formación, complejidad lingüístico-literaria y “aportación al conocimiento” (aun si es respecto de la crítica misma) del literato galardonado para comprender su lugar en la literatura y, de este modo, deducir los criterios de selección que dan racionalidad al premio. Sin ellos,  los criterios y formatos de expresión que la propia academia trazó quedarían en entredicho. En ese sentido, habría que exigir consistencia, o mejor, la apertura de nuevos premios a las artes, premios que incluyan su fusión y síntesis. El reconocimiento a la obra de Dylan promete, a futuro, la consideración de trabajos como el de trabajo de Eiichiro Oda –cargado de una belleza oriental con tintes de Proust y arte visual. ¿Prometerá también un Nobel  para el cine, las series televisivas o el animé? Ojalá, aunque lo más probable es que no, precisamente porque los especialistas de las academias en general y de la sueca, en particular, tendrían que ceder sus puestos y privilegios a especialistas en estas disciplinas.

De este modo, el hecho de que el Nobel de literatura vaya para un músico (como la vez que el Nobel de la paz fue para un presidente bélico como Obama) tiende hacia otra cuestión, una muy distinta al optimismo desacralizador de la academia: la cuestión de ¿hasta dónde tomar con seriedad a la crítica y sus facultades productoras de realidad? Bien mirado, quizás no sea tan trascendente si es Bob y no Haruki quien gana el premio Nobel, intrascendente, al menos, en términos de literatura. En efecto, el nombre detrás del premio solo refuerza el culto a la personalidad, los prejuicios y la espectacularidad mediática, pero no insiste con suficiencia en el oficio literario ni en el concepto de literatura que está detrás de él. Un concepto de literatura, que a través de la academia y la crítica premia o soslaya a los escritores, es importante porque en él se cifra tanto la credibilidad y confianza de sus dictámenes como el desarrollo y las problemáticas de su disciplina.

Más allá de la cábula y burla estéril, de los comentarios descalificatorios y las caras de gallina indignada respecto de los indiscernibles criterios de la academia, hay una operación y una consigna claras y raramente problematizada sobre las políticas de validación y reconocimiento de las artes: Con la crítica no se discute.

El correlato filosófico de esta política consiste en que la autoridad y la ‘experticie’ –validadas desde sí mismas– deciden, a puerta cerrada, cuál es el ser de los seres, es decir, ¿Qué es la literatura? ¿Qué el literato o el escritor? y, en cierta forma ¿cuál es mejor?, cuál aporta al universo literario y cuál no. Y cuando da lo mismo ser un popstar, que un juglar o un poeta, se vuelve imposible saber dónde acaba el acaba la crítica y comienza el cinismo, dónde termina el talento inigualable y empieza prejuicio, la conveniencia o la ironía.

Quizás la crítica, estructuralmente atravesada por esta ambigüedad, evite ser crítica consigo misma, pero ello implica una suerte de autoritarismo contrario a su propio espíritu y función. Si alguien duda aún de los poderes de la crítica es porque no se ha enterado de la hipóstasis del músico popular en “canon” literario, ni de la plasticidad de una instancia que lo mismo hermana a Vargas Llosa con Bob Dylan mientras mira a Borges o Cortazar por encima del hombro, ¡y no como personas!, sino en tanto manifestaciones literarias.

Entonces, ¿qué premia un premio sino a la crítica misma? Ver o querer ver apertura y autocrítica en un gesto tan mediático y, a la vez, tan tímido habla más de nosotros que de la academia, como dice el escritor César Cortés Vega: “Si la academia quisiera ser verdaderamente crítica consigo misma, optaría quizá por un gesto más violento [y teóricamente problemático, añadiría] como el de aceptar que las tendencias vanguardistas inclinadas por la negación del objeto literario –desde la literatura– tenían razón”.

Por lo demás, nadie va ir a reclamarle a Bob Dylan su Nobel, porque sabemos que es un artista y, por lo regular, damos por hecho la necesidad de reconocimiento, venga de donde venga, sea necesaria o no, como si de una inercia ontológica se tratase. Y si además confirma nuestros prejuicios literarios, mucho mejor. Pero esto pone en juego la tarea de reconocer, identificar y pensar el ser de las cosas desde otros lugares y no sólo desde su definición y positividad histórica, desde su estabilidad y aceptabilidad política; pero ¿cómo hacerlo en un mundo en el que el ser (y el desarrollo) de algo como “la literatura” (a la vez, conjunto de obras, campo disciplinario, retícula de poder, maquinaria discursiva) se determina sin posibilidad de discusión, como de un plumazo basado en argumentos de autoridad?

Quizás en los hechos, es decir, en la práctica autoritaria de la academia y las fundaciones, el acontecimiento haya dejado en claro que ya no se trata de averiguar qué es la literatura, cómo deviene y qué ha sido de sus problemáticas e inestabilidades sino de la simple necesidad de determinar lo que ella es de la manera más conveniente y redituable posible. Ante ello, la crítica “menor”, sin “elite” ni “verdad” legitimatoria, ha comprendido que la pregunta sobre la literatura no consiste en preguntar qué es, sino cómo funciona un texto o un cuerpo de textos y fenómenos respecto de otros textos, fenómenos e instancias, frente a qué negocia la literatura y qué tiene para negociar; qué consigue, a qué renuncia y cómo cambia a partir de prácticas y casos específicos, diferenciados.

Se trata de una crítica “menor” que apuesta por descentralizar la literatura; que en lugar de sintetizar y concentrar el poder de esa disciplina absorbiendo sus diversas manifestaciones y asimilando sus recursos apuesta por la desarticulación de su inercia para explicitar los criterios de sus políticas culturales. El truco está en no caer en la pregunta ¿qué es la literatura? y esperar una respuesta poco problemática, tan general e ingenua como la pregunta misma soltada sin un contexto o sin un posicionamiento teórico-crítico y criticable.  En otras palabras, esta crítica “menor” evita predisponerse a las respuestas verticales y autoritarias cuyo hermetismo tiende a lo indiscutible y, a veces, aristocrático que es, precisamente, el espíritu de las respuestas que acostumbra la gran crítica, como la de Estocolmo.

Si la posibilidad de determinar el ser de las cosas no es completamente viable debido a su mutabilidad y si la temporalidad de algo es tan vertiginosa que su “aquí y ahora” también se escapa, ¿por qué rendirnos a la tentación de hacer ontología conservaora?, de preguntar ¿Qué es…?: ¿Qué es la literatura? ¿Qué es un escritor? ¿Qué es una obra maestra? Quizás sea esa tentación la que acaba por producir y mantener el consumo de determinaciones acríticas. 

Insistir entonces en que el Nobel concedido al trabajo de Bob Dylan no constituye la solemne actualización anual de la ontología literaria que a través de una historia y tradición de premios articula un concepto y un canon en continua expansión, “canon” irónicamente apócrifo por su parcial aceptación en las academias; ¿o qué pensará, por ejemplo, una crítica como la de Harold Bloom, más conservadora e inflexible sobre la inclusión de Dylan en el canon literario de occidente?

Insistir también en que el gesto no confirma una era en la cual se diluye la literatura por el vértigo de su propio anclaje temporal convirtiéndola en algo inasible e inestable, en otras palabras, el Nobel destinado a Dylan no es el complejo signo que niega a la literatura a partir de sí misma –como propone la post-literatura [2] – ni el ademán que, en adelante, validará la presencia de cualquier expresión y formato en la categoría “literatura” a fin de conseguir su desbordamiento sobre la cultura, el mercado, los medios, la aceptación popular y la competencia con el espectáculo.

Pero si la señal que ha enviado la academia sueca con el Nobel de este año no es muestra  ni de una ontología literaria ni de post-literatura ¿cómo podemos tomarla?, ¿cómo funciona?  A mi ver la señal es un mensaje relativamente diplomático que habla de su autoridad y regodeo: que la crítica también puede ser banal y sin cuestionamiento, que literatura es lo que ella diga.

____

Notas

[1]  Nunca volteaste a ver el seño/ de los malabaristas y payasos que hacían trucos para ti. / Nunca entendiste que no es bueno / dejar que otros reciban las patadas por ti. / Solías montar un caballo cromado junto a un diplomático / que sobre sus hombros llevaba un gato siamés. / ¿No fue duro cuando descubriste / que ya no estaba donde debía estar / después de que se llevara todo lo que pudo robar? 

Como una piedra rodante: (Like a rolling Stone, Bob Dylan). La traducción y subrayado es mío.

[2] Tomamos el espíritu de la post-literatura a la manera de Alejandro Quim Medina, como “una especie de contradicción performativa en la que se niega y se afirma simultáneamente una misma categoría (…)”, teniendo en cuenta que “(…) la categoría de literatura corresponde a una institución socio-estética configurada históricamente y que recurrir a la rigidez de la lógica formal tal vez no sea lo más adecuado para explorar algunos de sus matices. Quizás convenga aquí recordar una afirmación de Rep, el fabuloso personaje de Érase una vez el amor pero tuve que matarlo, de Efraim Medina Reyes, en una entrevista imaginaria: “Para evitar que entierren la novela, hay que sacarla de ese pomposo ataúd llamado literatura” (2003, 74). Al proponer la separación entre novela y literatura, el personaje intenta liberar la escritura de su marco institucional; pero lo hace, paradójicamente, declarando que dicho objetivo será alcanzado a través de un acto escritural (la novela), en una especie de movimiento dialéctico en el que la literatura se niega y se supera a sí misma. Es precisamente en este movimiento donde estaría la clave para comenzar a articular una noción de literatura postliteraria”. Tomado de “(Post) literatura, mercado y espectáculo en la escritura de Efraim Medina Reyes”, en: Literatura: teoría, historia, crítica · n.º 10, 2008 · issn 0122-011x · páginas 265-286.

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