Retórica de la detracción; Imagen, arte y política en el siglo XXI

Sofía Elena Sienra Chaves | ➜

Todo lo que contribuye a mantener algo erguido ayuda el trabajo de la policía
Internationale Lettriste #2

La reorientación es la revolución de nuestro tiempo
Susan Buck-Morss

Un posible punto de partida para pensar la dimensión política del arte consiste en vislumbrar el posicionamiento crítico que mantiene con respecto a las estructuras y lógicas
que lo rodean. Es decir, más allá de su “tema” la práctica artística es susceptible de ser concebida como una forma que establece una relación particular con su entorno, y es en dicha vinculación donde podemos encontrar claves para observar lo político en el arte.

Un aspecto relevante en la producción artística, así como en la educación en general, es el de la crítica. Hay una búsqueda incesante por generar críticas o personas críticas, aunque a veces no sepamos cómo o para qué. Sostenemos que el objetivo es transformar al mundo, y allí surge la pregunta: ¿Es posible pensar en la existencia de una crítica subversiva? En principio debemos reconocer que la crítica no sólo es necesaria sino fundamental para la perpetuación de los sistemas. En este sentido podríamos entender que en definitiva toda crítica es siempre constructiva y rechazar la posibilidad de una crítica destructiva, que pretenda la transformación radical de ciertas estructuras a través de acciones ‘no digeribles’ por el sistema en cuestión. Tal como lo plantea el filósofo Edgar Morin [1] cualquier sistema que no es capaz de identificar y absorber las disrupciones estará condenado a la desaparición por efectos de lo que se conoce como entropía, es decir, el desgaste que se genera para mantener un sistema cerrado, que lo lleva a su extinción. En consecuencia, para evitar el agotamiento total, los sistemas deben tener cierta apertura que les permita incorporar aquello que en principio aparece como incoherente o que resulta una anomalía, extendiendo su alcance. Como expresa Pierre Bourdieu en Algunas propiedades de los campos, cada sistema reconoce disputas y luchas internas, pero éstas se dan bajo ciertos parámetros de acuerdos tácitos:

Se olvida que la lucha presupone un acuerdo entre los antagonistas sobre aquello
por lo cual merece la pena luchar y que queda reprimido en lo ordinario, en un
estado de doxa, es decir, todo lo que forma el campo mismo, el juego, las apuestas,
todos los presupuestos que se aceptan tácitamente, aun sin saberlo, por el mero
hecho de jugar. (…) En realidad, las revoluciones parciales que se efectúan
continuamente dentro de los campos no ponen en tela de juicio los fundamentos
mismos del juego, su axiomática fundamental, el zócalo de creencias últimas sobre
las cuales reposa todo el juego. [2]

Es decir, el aspecto crucial de la crítica no es tanto la jugada que realiza, sino en qué
medida logra desarticular las propias reglas del juego. La disertación de Bourdieu encuentra eco en aquello que menciona José Luis Brea a propósito de la necesidad de “…extremar la exigencia de incomplicidad iniciática, la renuncia a la participación implícita en el dogma cuya fenomenología social se trata en última instancia de elucidar críticamente…”[3], en tanto el sujeto efectúa un distanciamiento que no refiere a la objetividad, sino más bien al reconocimiento de los presupuestos, valores y postulados ideológicos que subyacen al sistema cultural, institucional o académico en cuestión.

Generar una crítica verdaderamente incisiva y movilizadora es una tarea por demás
difícil en una época marcada por la apatía de la democracia consensual y en la comodidad
propia de la tolerancia multiculturalista, ya que como metaforiza Zygmunt Bauman, nuestra sociedad es hospitalaria con la crítica a la manera de un camping con sus acampantes:

El lugar está abierto a todos los que tengan su propia casa rodante y el suficiente
dinero para pagar la estadía. Los huéspedes van y vienen, a nadie le interesa cómo
se administra el lugar en tanto se les asigne el suficiente espacio para estacionar (…) Cuando, siguiendo con su propio itinerario, finalmente se van, el lugar queda tal y
como estaba antes de su llegada, indemne a su paso y a la espera de otros por
llegar…[4]

En el contexto cotidiano, fuera de los claustros y espacios académicos, criticar u oponerse al sistema de consumo parece renovar sus posibilidades y abrir brechas para identificar nuevos mercados. En el libro Rebelarse vende. El negocio de la contracultura, Joseph Heath y Andrew Potter argumentan por qué la contracultura es un mito y, por sobre todo, analizan su inutilidad teniendo en cuenta que “…el capitalismo consumista no solo ha sobrevivido a varias décadas de rebeldía contracultural sino que ha salido fortalecido.”[5] Los autores centran su atención en las tribus urbanas y en los movimientos alternativos y emergentes para narrar el proceso mediante el cual el sistema ha logrado apropiarse de sus imágenes y símbolos, para vaciarlos de contenido y comercializarlos, haciendo perder de
vista su origen revolucionario:

Al incorporar esta teoría de la apropiación, la contracultura se convierte en una
“ideología total” en un sistema de pensamiento completamente cerrado, inmune a la
falsificación, en el que cada supuesta excepción tan solo confirma la regla. Los
rebeldes contraculturales llevan muchas generaciones fabricando música, pintura,
literatura y ropa “subversiva” pero el sistema parece aguantar bien tantísima
subversión.[6]

Por otra parte, sostienen que en el momento en el que falla la apropiación inicial de la fuerza divergente, el sistema se ve obligado a recurrir a la represión explícita y entonces su violencia inherente queda de manifiesto. De este modo podemos evidenciar una represión en el proceso de absorción –la cual Marcuse nombró “tolerancia represiva”– que las sociedades occidentales han fomentado para mantener el statu quo y perpetuar la tiranía de las mayorías.

Quizás el problema de la tolerancia es que se asume no como un gesto activo y consciente de consideración del otro, sino como una indiferencia o una anulación, regida por la lógica del laissez faire, que promueve consensos y no disensos. En este preciso sentido Slavoj Žižek ha salido a defender la intolerancia7 encontrando necesario fomentar la discordia y el debate.

La recurrente exaltación acerca de las imposibilidades de generar una crítica a través de la acción que a la vez sea radicalmente desmanteladora, ha contribuido a consolidar cierta ‘melancolía de izquierda’ que Jacques Rancière identifica en la actitud de los intelectuales que se dedican a “…la demostración de las razones por las cuales esa crítica está privada de todo efecto.”8. Por este motivo, resulta inconducente pensar que la crítica vendrá a iluminarnos sobre la realidad detrás de las apariencias, sino que deberíamos abogar por un ejercicio crítico centrado en el disenso, que pueda reconfigurar las antiguas y consensuadas formas de repartición del mundo, en tanto que “Disenso significa una organización de lo sensible en la que no hay ni realidad oculta bajo las apariencias, ni régimen único de presentación y de interpretación de lo dado que imponga a todos su evidencia.”[9] . Es decir, la posibilidad de una crítica destructiva radica no ya en la construcción de diagnósticos sobre la imponente maquinaria del sistema sino en una mirada hacia el horizonte que pueda expandir y reconfigurar los modos de sentir, ver y decir en un tiempo presente. Por eso la emancipación social también es una emancipación estética.

Entonces, ¿cómo podemos pensar las relaciones entre los sistemas y las acciones críticas? Jacques Rancière distingue la política de la policía, y si bien expone la complejidad para diferenciarlos en términos absolutos, es posible sintetizar que la policía sería el agente institucional del orden, aquel que pauta la ley, las normas y ocupa el lugar del gobierno, mientras que la política refiere al gesto de alzar la voz y proclamarse como interlocutor válido, es la búsqueda de constituir un espacio en donde emergen otras formas de repartición de lo sensible.

Propongo efectuar un breve desplazamiento entre los conceptos de política-policía y los de táctica-estrategia planteados por Michel de Certeau, tomando como elemento articulador la metáfora del camino (ver Fig. 1). El poder estratégico-policial genera rutas, espacios predeterminados para transitar, para moverse, y al hacerlo establece márgenes de acción definidos. Construir calles y autopistas requiere un gran despliegue de arquitectos, urbanistas, ingenieros, operarios y burócratas. Pero si observamos con un mínimo detenimiento el espacio urbano, advertiremos la presencia de otras rutas, caminos hechos por la acción misma del caminar, senderos forjados por el paso de los transeúntes, veredas que se desvían del pavimento y establecen trazos imprevistos en el mapa de la ciudad. La táctica podría ser pensada entonces, como este accionar que se sale de los parámetros previstos por un orden estratégico: es la apropiación del territorio, la resignificación de lo dado, la asociación inédita, los modos de hacer. Podríamos imaginar, que cada vez que se erige una autopista de concreto aparecen otros tantos caminos hechos por los caminantes, por la marca de su propio paso.

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Fig. 1. Ilustración de la metáfora del camino.

Un aspecto clave de esta concepción es tener en cuenta que no hay sujetos pasivos. Cotidianamente desarrollamos tácticas, formas de resistencia y oposición ante el orden establecido, a través de lo que De Certeau entiende como “…operaciones multiformes y fragmentarias, relativas a ocasiones y detalles, insinuadas y ocultas en los sistemas…”[10]. Cabe destacar que la ejecución táctica, así como la toma de palabra política son estados momentáneos, no características intrínsecas ni permanentes, lo que paralelamente se puede identificar desde el psicoanálisis con las instancias de enunciación subjetiva, que son situaciones fugaces en las que el sujeto vuelve consciente determinado aspecto de sí mismo, que lo habilita a generar una interpretación, y por ende, conocimiento.

En esta metáfora del camino es posible identificar cómo el sistema reacciona ante la emergencia de veredas y sendas, para lo cual resulta importante tener en cuenta que los sistemas no son todos iguales: hay algunos que rechazan la divergencia mientras otros la utilizan a su favor. Para utilizar términos de Bauman11, se trata de la diferencia entre lo sólido y lo líquido. Mientras que las sociedades totalitarias (sólidas) utilizan la censura y la represión de manera explícita para intentar neutralizar la fuerza disruptiva, el capitalismo liberal (líquido) opera de manera más sutil, transformando la disrupción en su propio alimento. De modo que el sistema sólido entenderá como una amenaza las sendas que nacen al margen de la ruta oficial, y no vacilará en castigar a quienes osen transitarlos, haciendo desaparecer dichos trazos, a borrar sus huellas, mientras que en el sistema líquido el camino no será destruido sino reforzado. Se pasará por encima la maquinaria institucional para pavimentarlo, se le dará un nombre y se lo ubicará en el mapa. Y esto se hará cada vez que surja un nuevo sendero, sin penalizar a nadie, sino por el contrario aprovechando la posibilidad de expansión del sistema, ya que de este modo todas las veredas alternativas pasarán a formar parte del entramado vial legítimo.

Esta última estrategia desemboca, sin duda, en una estructura más estable y contundente precisamente por la flexibilidad que admite en relación a lo que en principio aparece como una oposición. Como mencionaba a propósito de la complejidad, la anomalía o el desorden es aquello que posibilita que el sistema no caiga en entropía y desaparezca, y explica de algún modo por qué se hace tan difícil que los sistemas totalitarios —que rechazan la oposición y detentan la fuerza de manera explícita— perduren en el poder.

Dentro de la lógica de autopistas y veredas, que ilustran ciertas dinámicas de los sistemas, quisiera centrarme en las veredas, es decir en el accionar táctico que realizamos, intentando identificar una especie de tipología. Construir una retórica de la detracción (ver Fig. 2) permite imaginar herramientas para ubicar y clasificar los ejercicios críticos-artísticos que se generan en la actualidad, así como contemplar posibilidades de producción. Se trata de esbozar una breve clasificación de los caminos tácticos que se suelen transitar para cuestionar o intentar desestabilizar un sistema, ya sea a través del enfrentamiento frontal, o de la actuación sigilosa desde adentro, o desde una ubicación marginal. Propongo algunas categorías generales dentro del accionar crítico: las tácticas de oposición, las de integración y las marginales.

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Figura 2. Esquema de la retórica de la detracción

Las tácticas de oposición (o) son aquellas que buscan ubicarse afuera del sistema. Son las que ‘tiran piedras desde la acera de enfrente’, o que pretenden poner ‘palos en la rueda’, para denunciar, transgredir, reivindicar o evadir la lógica dominante. De alguna manera, es una fuerza negativa que se ejerce sobre el sistema. Así, las prácticas de oposición van a contra corriente y muchas veces pretenden hacer girar el mundo hacia el otro lado. Sin embargo, es posible identificar otras tácticas, las que llamo de integración (i), que son aquellas que actúan desde adentro del sistema, que giran al mismo ritmo y en la misma dirección, pero que en ese movimiento detectan fallas, fisuras, y tratan de evidenciarlas para demostrar la precariedad de la maquinaria. Aquí es donde sitúo el uso del humor, del cinismo y la ironía. Por último, propongo una categoría marginal (m), aquella práctica que opera en la frontera del sistema. Es la acción que genera alternativas, proponiendo sus propias reglas y criterios de juego, generando un micro-sistema dentro del sistema.

Pongamos como primer ejemplo un asunto glocal12 de la crítica a la sociedad de consumo, a partir de una situación típica, en donde una megatienda busca instalarse en una ciudad cualquiera. La primera actitud, de oposición, supondría el intento de impedir la edificación de la empresa, y si es necesario salir a la calle a manifestarse o encadenarse a los árboles.En el caso de ser interrogado por algún periodista se expondrán las múltiples razones que existen en contra de los monopolios multinacionales y el capitalismo financiero: la manipulación, la explotación, la obstaculización de la subsistencia de los pequeños y medianos comerciantes, etc.

Por otra parte, la reacción ante el mismo tema desde una posición integrada podría referir a la idea de consumo ético, es decir, concebirse a sí mismo como consumidor y revalorar —no renegar—el alcance de este papel, concibiendo que las elecciones de compra pueden llegar a ser elecciones políticas. Desde esta óptica el desacuerdo ante ciertas medidas laborales o ecológicas de las empresas deberían constituir un elemento de decisión en la tienda y eventualmente pueden constituir una clave para el control ciudadano del mundo empresarial, por ejemplo, a través del boicot. Ésta es una práctica que se ha popularizado en las últimas décadas y consiste negarse a comprar productos de determinada empresa hasta que ésta ‘corrija’ su desempeño. Para que sea efectivo, el boicot debe ser masivo, de tal modo que logre reducirse el ingreso de la empresa, con el objetivo que la marca en cuestión acceda a la petición, no por entender que no se debe utilizar niños en las fábricas, o verter químicos en los ríos, sino desde la pura conveniencia productiva, referente a la evaluación en términos de costos y beneficios. En otras palabras, las campañas de boicot se suelen realizar no para cerrar una empresa, sino para que ella regularice su práctica [13].

Finalmente, una posición marginal sería la apuesta a generar y promover una lógica diferente a la hegemónica. En lugar de utilizar tiempo y energía en el enfrentamiento directo contra la lógica dominante, la tercera actitud se dedicará a la edificación de un modelo alternativo, en consonancia con los valores que se defienden. En este caso podrían ser los emprendimientos de permacultura 14 y modos autosustentables de consumo, destinados a producir huertos urbanos y contagiar esta práctica entre círculos cercanos, para que se eventualmente se popularice. Esta tercera modalidad es paulatina y ciertamente invisible para el sistema, ya que no se trata de parar el tráfico en una manifestación que atraiga la atención mediática, ni de generar campañas masivas de desprestigio, sino un accionar mínimo, cotidiano, tanto individual como colectivo.

Otro fenómeno en el cual podemos reconocer diferentes retóricas de detracción (oposición, integración y marginalidad) es el que refiere a los derechos de autor y las leyes que regulan la propiedad de bienes intangibles, ya que en las últimos dos décadas hemos visto que empresas y Estados han favorecido la implementación de medidas que buscan restringir el acceso y la circulación de contenido cultural en internet, generando uno de los principales debates del comienzo de siglo. En la actitud de oposición es posible ubicar a los movimientos que rechazan las reglamentaciones como ACTA, PIPA y SOPA (y tantas otras) que atentan contra el acceso y la privacidad en la red. Una forma de rechazar y oponerse consiste en manifestar la disconformidad en las calles, procurando alzar la voz y llamar la atención.

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Figura 3. Manifestante durante la protesta en París, 2012.

Como actitud integrada podríamos ubicar a quienes copian y revenden películas, música, juegos y softwares, haciendo caso omiso de los derechos de autor. Si bien ello se considera un acto ilícito, el carácter integrado de su actitud radica en la emulación de la lógica capitalista. Probablemente la potencia de la piratería sea precisamente el hecho de llevar al extremo la premisa de maximizar ganancias y minimizar costos:

Todos conocemos el grave problema que hay con la piratería en la industria musical y lo difícil que resulta preservar el derecho de propiedad intelectual. Entonces se produce la paradoja de que muchas compañías gastan más en evitar la piratería que en el producto mismo, esto es, gastan dinero en limitar la circulación de los bienes que producen dentro del mercado.[15]

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Figura 4. Cartel de puesto de venta callejera, México, 2012.

En tercer lugar, podríamos identificar el surgimiento de licencias alternativas, copyleft, en las que se permite el uso y la reproducción de los contenidos. Muchos productores de diversos campos creativos se han volcado a utilizar estas licencias, como las Creative Commons de gran popularidad entre artistas, diseñadores y músicos, que habilitan nuevas reglas del juego y reconfiguran los modos de entender la producción cultural. Si los propios
productores o prosumidores dejan de amparar sus obras bajo la reglamentación del copyright, éste perderá su vigencia de hecho y se volverá eventualmente obsoleto.

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Figura 5. Logo del movimiento Copyleft (all rights reveresed)

Por último quisiera proponer una serie de ejemplos provenientes del campo del arte. Ai Weiwei en sus Estudios de perspectiva le saca el dedo mayor a ciertos monumentos y emblemas culturales, en un gesto de evidente confrontación. El artista chino ha utilizado generalmente este tipo de táctica, en su enfrentamiento ante un régimen totalitario, que intenta silenciar, censurar, coartar e impedir la disrupción. Así, Weiwei ha sido perseguido,
encarcelado y atacado por su crítica directa y frontal al gobierno.

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Figura 6. Ai Weiwei, de la serie Study in perspective, 1995-2003.

Por otra parte, el capitalismo ‘tolerante y multicultural’ asume la flexibilidad y la sutileza como estrategias de absorción de la oposición y tal vez por este motivo algunos de los artistas más provocadores son los que adoptan la perversión del sistema, como parte de su accionar. Tal vez el caso más evidente sea el del artista español Santiago Sierra, que es casi el artista cínico por excelencia. En el 2003 presentó la obra Muro encerrando un espacio que consistía precisamente en un muro de piso a techo levantado a 65 cm de la puerta principal, lo cual habilitaba el acceso a un estrecho corredor de 25 metros de largo, que no iba hacia ningún lado. Para ingresar propiamente al pabellón –que por otra parte, estaba vacío– era necesario dirigirse a la puerta de atrás y presentar un comprobante de ciudadanía española, lo cual desató la indignación de unos cuantos. Al solicitar el pasaporte de la comunidad europea como requisito para ingresar al pabellón español en la Bienal de Venecia, el artista adopta la lógica que critica y pone en evidencia su forma de operación, dejando al descubierto la discriminación y el trato que reciben inmigrantes.

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Figura 7. Santiago Sierra, Muro cerrando un espacio, Venecia 2003.

Como actitud marginal podríamos situar a Banksy, un artista anónimo que ha logrado esconder su identidad en lo que podríamos considerar como la época de mayor control de la historia de la humanidad. Banksy actúa de modo invisible, en el margen de la legalidad y al margen del sistema del Arte. Su táctica crítica combina el vandalismo con la ironía y el humor (oposición e integración) sin ceder a la tentación del reconocimiento mundial, manteniéndose en el terreno de lo incógnito. Sus intervenciones son realizadas generalmente fuera de las instituciones artísticas, en una posición que evade la mediatización, puesto que no necesita de curadores, críticos ni público especializado y burla los espacios previstos para la circulación legítima del arte. Podríamos pensar que Banksy se mueve en las veredas que él mismo crea, hackeando muros y objetos disímiles. Banksy establece sus propias reglas del juego, aparece en distintos momentos y lugares, utilizando la táctica terrorista de la inestabilidad y la desaparición con el fin de no ser detectado por el orden estratégico-policial. No obstante, hay que señalar que sus esténciles se coleccionan y comercializan en sumas millonarias en el mercado del Arte, a la vez que han desatado una enorme repercusión mediática.

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Figura 8. Banksy, Intervención en la franja de Gaza, 2005.

En los casos de Ai Weiwei y Sierra el accionar crítico táctico-político supone una especie de señalamiento, es decir, procura echar luz sobre lo oculto, evidenciar una un modo de operar. Busca desmantelar o dejar al descubierto una situación abusiva o desconocida, una ideología implícita en el sistema. Sin embargo, las formas retóricas para realizar dicho señalamiento varían. Me gustaría sugerir que las tácticas de oposición pueden ser vistas principalmente en términos de revolución, mientras que las de integración actúan ejerciendo cierta resistencia al sistema y las prácticas marginales tal vez operen mayormente como acciones de reorientación. De todos modos, entiendo que las tres son actitudes que se relacionan y pueden operar a favor de la reorientación.

Ahora bien, ¿en qué consiste la reorientación? Y, ¿por qué no redoblar la apuesta a la revolución o a la resistencia? A diferencia de la revolución, que pretende derrotar y sustituir un sistema por otro, la reorientación parte de una idea de adaptación, aunque para nada complaciente. Quizá la idea de revolución parece pasada de moda porque pertenece a la etapa “sólida” de la modernidad, aquella que pretendía derribar las instituciones existentes, no para liberarse de su estructura “…sino para hacer espacio a nuevos y mejores sólidos…”[16]. La revolución se asocia pues, con una dinámica de confrontación, que pretende suplantar el orden imperante.

Por otra parte, la noción de resistencia sea tal vez la más extendida en nuestros días, encabezando las banderas de un gran número de acciones ciudadanas, artísticas, políticas e
intelectuales. Luego de que los sectores progresistas apostaran a la revolución como promesa de cambio y de atestiguar las miserias y fracasos que la acompañaban, la resistencia emerge como una posibilidad esperanzadora ante la inviabilidad de destruir el orden dominante. Resistir aparece entonces como el camino más fructífero para enfrentarse a un sistema hegemónico resquebrajado, y quizás por este motivo es que podemos reconocer que nuestra sociedad ha adoptado la ironía, el humor y el cinismo como sus modalidades predilectas

La resistencia constituye, sin duda una modalidad fundamental que ha contribuido al empoderamiento ciudadano, sin embargo, esta idea entra en conflicto con la perspectiva foucaultiana, que asume que la resistencia podría ser vista como opresión consentida, en tanto Boaventura De Sousa Santos expresa que: “Foucault muestra que no hay salida emancipadora alguna dentro de este ‘régimen de verdad’ ya que la propia resistencia se transforma en un poder disciplinario y, por tanto, en una opresión consentida en tanto
interiorizada.”[17]

La encrucijada a propósito de la resistencia ha impulsado a pensar otras formas de concebir la relación entre los sujetos y las estructuras, y allí es donde emerge el concepto de reorientación. Particularmente concibo este nuevo término a partir de ciertas ideas de Hakim Bey, como la insurrección y la desaparición. El autor (cuyo nombre es ficticio, por cierto) escribió en 1991 un ensayo sobre las Zonas Temporalmente Autónomas, o TAZ según su sigla en inglés. En él sostiene que históricamente se ha considerado a la revuelta o la insurrección como una revolución fallida, y por ende ha adquirido una connotación peyorativa por su condición efímera y su fracaso implícito. Sin embargo, Bey defiende la insurrección, ya que entiende que representa una posibilidad mucho más interesante que las revoluciones ‘cumplidas’ y afirma:

Tan pronto como una TAZ es nombrada —representada y mediatizada— debe desaparecer, dejando tras de sí un vacío, resurgiendo de nuevo en otro lugar, e invisible en tanto indefinible para los términos del espectáculo. De esa manera la TAZ es una táctica perfecta para una era en que el Estado es omnipotente y omnipresente, pero también lleno de fisuras y grietas.[18] Así, la insurrección opera en el margen del sistema, en el umbral no codificado y no reconocido, que abre intersticios invisibles en donde realizar ejercicios alternativos que contribuyan a reorientar las dinámicas estabilizadas. Independientemente de las categorizaciones aquí planteadas considero que la reorientación en tanto ejercicio político-disensual puede englobar a la actitud de confrontación como a la práctica de resistencia, ya que como plantea José Luis Brea a propósito del activismo en la red, lo importante es su combinatoria:

Acaso en efecto ninguna solución pueda funcionar mejor que la constelación estratégica de las distintas prácticas y formas de activismo, ese encuentro ocasional y provisorio por el que pociones muy dispares reenvían, sinérgicamente, refuerzo mutuo, en un archipiélago diseminado de formas diversificadas de experimentación, acción e intervención, cada una de ellas micropolíticamente orientadas pero interconectadas en su autonomía operativa.[19]

En definitiva, en este trabajo observo en lo marginal un potencial fundamental a propósito de la producción cultural en las artes, la política y el conocimiento, aunque no se trata de dictaminar qué táctica es mejor, sino observarlas como parte de una retórica de la detracción que funciona articuladamente. Asimismo, la esquematización presentada intenta constituir una clave de reflexión y de producción, en tanto propone categorías en las cuales es posible enmarcar prácticas culturales diversas.

Para concluir quisiera destacar que si bien la resistencia ha sido y continúa siendo un ámbito fundamental de manifestación política del sujeto, tal vez resulte pertinente dar una vuelta de tuerca y pensar que ya no sólo hablamos de resistencia sino más bien de reorientación. No basta con resistir, con ser cínicos, hacer memes y reírnos de nosotros mismos. No basta con diagnosticar y reconocer las profundas desigualdades, angustias y miserias ineludibles de la vida en sociedad, menos aún procurar revertir o sustituir el sistema, sino que ante este panorama tan desarticulado, fluido y contradictorio, la apuesta debe ser a reorientarlo, a fomentar nuevas dinámicas sin pretender destruir las anteriores, ya que ellas se extinguirán cuando devengan obsoletas.

La reorientación implica reconocerse como parte de algo, asumir la pertenencia, a la
vez que buscar los umbrales, los intersticios, los territorios no codificados, lo cual nos
permitirá desplazar nuestra mirada hacia el horizonte, y nos acercará al campo de lo
ambiguo, de lo incierto, de lo posible.

______

Notas

[1] Edgar, Morin, Introducción al pensamiento complejo, Gedisa, Barcelona, 2003.
[2] Pierre, Bourdieu, Sociología y cultura, Grijalbo, México, 1990, pp.137-138.
[3] José Luis Brea, op. cit. p. 7.
[4] Zygmunt Bauman, op. cit. pp. 29-30.
[5] Joseph Heath; Andrew Potter, Rebelarse vende. El negocio de la contracultura, Taurus, Colombia, 2005, p. 18.
[6] Ibid. p. 46.
[7] Slavoj Žižek, En defensa de la intolerancia, Diario público, México, 2010.
[8] Jacques Rancière, El espectador emancipado, Manantial, Buenos Aires, 2010, p. 44.
[9] Ibid. p. 51.hte
[10] Michel De Certeau, op. cit. p. XLV.
[11] Zygmunt Bauman, op. cit.
[12] Término utilizado por Ulrich Beck que consiste en la contracción de lo global con lo local.
[13] Cabe mencionar un caso paradigmático de boicot empresarial-gubernamental: en el 2004 un movimiento anti-belicista iniciado en el Reino Unido y contrario a la reelección de George W. Bush promovió que se dejaran de consumir productos de Kraft Foods y otras multinacionales como Microsoft, Esso y Coca-Cola que destinaron sumas millonarias a la campaña del candidato republicano, obstinado promotor de la guerra en Irak. Como extranjeros no podían participar de las elecciones norteamericanas pero sí podían dejar de dar su dinero a empresas que auspiciaban la guerra. Esta campaña significó un precedente importante aunque bien sabemos que el resultado no fue del todo alentador.
[14] El término ‘permacultura’ fue acuñado por primera vez por los australianos Bill Mollison y David Holmgren en 1978. El neologismo es una contracción, que originalmente se refería a la ‘agricultura permanente’, pero se amplió para significar también ‘cultura permanente’.
[15] Žižek: Estados Unidos debería intervenir más y mejor en el mundo. 10 de marzo de 2004, Recuperado el 5 de marzo de 2013 de: http://www.lanacion.com.ar/580163-zizek-estados-unidos-deberia-intervenir-mas-ymejor- en-el-mundo
[16] Ibid., p. 9.
[17] Boaventura De Sousa Santos, Crítica de la razón indolente: contra el desperdicio de la¡ experiencia. Esclée, España, 2003, p. 27.
[18] Hakim Bey, “La zona temporalmente autónoma”, Recuperado el 5 de noviembre de 2012 de: http://www.ccapitalia.net/tip/process/hyo/bey_taz.pdf
[19] José Luis Brea. La era post media. Acción comunicativa, prácticas (post)artísticas y dispositivos neomediales. Editorial CASA, Salamanca, 2009, p. 65.

Fuentes de consulta

Bauman, Zygmunt (2010) Modernidad líquida, FCE, Buenos Aires.
Bey, Hakim (2009) “La zona temporalmente autónoma”, Recuperado el 5 de noviembre de
2012 de: http://www.ccapitalia.net/tip/process/hyo/bey_taz.pdf
Bourdieu, Pierre (1990) Sociología y cultura, Grijalbo, México.
Brea, José Luis (comp.) Estudios Visuales. La epistemología de la visualidad en la era de
la globalización. 2005, Akal, Madrid.
Brea, José Luis (2009) La era post media. Acción comunicativa, prácticas (post)artísticas y
dispositivos neomediales. Editorial CASA, Salamanca.
Camnitzer, Luis (2008) Didáctica de la liberación. Arte conceptualista latinoamericano.
HUM, Montevideo.
De Certeau, Michel (2000), La invención de lo cotidiano. I Las artes de hacer, Universidad
Iberoamericana, México.
Heath, Joseph; Potter, Andrew (2005) Rebelarse vende. El negocio de la contracultura,
Taurus, Colombia.
Morin, Edgar, (2003) Introducción al pensamiento complejo, Gedisa, Barcelona.
Rancière, Jacques (2011) El espectador emancipado, Manantial, Buenos Aires.
Žižek, Slavoj (2010) En defensa de la intolerancia, Diario público, México.

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