El conocer del conocimiento filosófico 2/2

Por Javier Lomelí | ➜

El siguiente texto es la segunda de dos partes. Para acceder a la primera parte, acá: https://telecapitarevista.org/2016/09/27/el-conocer-del-conocimiento-filosofico-12 | ➜

III.-

Lo fuera de mí es también lo dentro.

Ahora bien, si como hemos dicho, el conocimiento nos da una perspectiva y una serie de significados convencionales e históricos en relación a todo lo que hay, y todo lo que hay está mediado por la conciencia humana en su relación con ello, resulta necesario también pensar en eso que anunciamos previamente y que constituye el conocimiento en tanto realidad afectiva interior y también sociocultural, lo cual es indesligable de la reflexión sobre el conocer del conocimiento. Porque como hemos dicho el conocimiento no se limita a lo exterior en términos de la naturaleza, sino que necesariamente implica también la vivencia interior de lo humano. Esto, debido a que el conocimiento no se restringe a la razón de las cosas, sino que éste siempre está imbuido de lo pasional, y es ahí donde también entran las disciplinas humanistas, sociales y hasta artísticas, las cuales si bien toman como parte de sus investigaciones conceptos y hallazgos de otras ramas, estás desarrollan sus propias metodologías y herramientas conceptuales acordes al hecho de que su objeto y producto se centran ya en la relación entre eso externo que se aparece como realidad perceptible y las afecciones y efectos que estos tienen sobre la conciencia ya no sólo en relación a las cosas en tanto entorno meramente físico, sino también emocional. Es decir, este tipo de conocimiento humanista y social, nos ayuda a complementar todo eso externo que ocurre con un tipo de relaciones que no se limitan a la naturaleza ni a las cosas, sino que también nos vinculan a las relaciones humanas a partir de la reflexión sobre cuestiones como nuestros afectos y también nuestras acciones ya no sólo en un sentido funcional u operativo, sino también pasional e ideológico.

De esta forma, cuestiones como los valores o ciertos conceptos como el amor, el poder o nociones como la libertad y la justicia, incluyendo asuntos como la psique, se presentan de la misma manera como sujetas de este conocer que en el fondo se consolida en nociones generales (como ocurre con las cosas en general), las cuales además de un concepto y una realidad macro-histórica, se ven en este caso condicionadas por los modos culturales e individuales de vivirlas. Porque si bien resulta innegable que también estas nociones cuentan con un nombre ligado a ciertas significados generales y a modos significativos paradigmáticos, lo cierto es que este tipo de cuestiones dependen sobre todo de una serie de implicaciones que además de la “Historia con mayúsculas”, nos llevan a pensar en un conocimiento más de carácter sentimental y hasta individual en un cierto sentido, pues el conocimiento y la vida son además de conocimiento positivo, un largo y variable proceso también de educación sentimental, el cual nos va formando en tanto sujetos racionales y pasionales.

Con esto lo que queremos decir es que además de los significados establecidos y convencionales relativos a nociones sociales, ideas y sentimientos, se ponen en juego también las vivencias concretas y los modos interpretativos desde los cuales nos construimos y definimos como sujetos concretos inmersos en sociedades concretas. Esto resulta importante debido a que si bien el conocimiento alude en la superficie a un conocimiento de tipo puramente racional, lo cierto es que éste también nos refiere a lo humano en tanto ser afectivo, cuya vida no se restringe sólo a lo descriptivo y funcional, ni a lo meramente vinculado al conocimiento positivo de las cosas, sino que sobre todo nos lleva a pensar al ser humano como sujeto que goza y sufre, y que se ve afectado en su interioridad por eso que ocurre fuera ya sea en un plano cósico, de la naturaleza y también social. O lo que es lo mismo, para aludir al conocimiento que traba el ser humano con el mundo, no podemos excluir la reflexión sobre cómo la realidad externa (ya no sólo la naturaleza sino también la sociedad) nos afecta interiormente; y cómo esta realidad interior también guía nuestro proceder e interpretación de lo que hay. De esta forma, dichos afectos, pasiones, conceptos y nociones humanas resultan no sólo nociones abstractas o conceptos huecos, sino criterios desde los cuales efectivamente vivimos nuestra vida, los cuales resultan indispensables en lo que toca a nuestro proceso integral de conocer, y por ende, de la reflexión que aquí presentamos.

Consecuentemente, si como habíamos dicho anteriormente, el conocimiento del mundo se ve sujeto a la historicidad de nuestro conocer, este criterio también aplica a nuestras emociones y nociones sobre lo humano y lo social, pues hay que considerar el contexto no sólo histórico en términos generales, sino también particulares. Es decir, que para poder aludir a este tipo de cuestiones puramente humanas y sociales, será indispensable pensar en la época, pero también resultará fundamental considerar quién sea uno, así como el dónde y el cuándo uno es. Esto no quiere decir que por ejemplo, cuestiones como la ética sean completamente relativas, pues la reflexión filosófico-ética, por poner un ejemplo, siempre aspira a plantear cuestiones de alcance universalista. Lo cierto es que a pesar de esta aspiración universal, la cuestión ética siempre depende de su realización histórica concreta y puntual. Es decir, si bien el conocimiento de lo ético nos refiere a nociones culturalmente definidas de alcance universal en su realización teórica como el bien o el mal (por aludir a dos de los conceptos más importantes de la ética), lo que resulta indiscutible es que estas nociones, que también aprendemos en su sentido convencional y que forman parte de nuestro conocimiento en tanto seres humanos, se hallan íntimamente relacionadas al contexto específico. Esto debido a que dichas nociones de aspiración universal necesariamente se ponen en operación en un momento y lugar determinados, y es ahí donde se presentan ciertos aspectos condicionales que podrían hacer que la lectura de aquello universal o mínimamente definido pudiera variar o presentar algún matiz significativo. Se trata de esa contingencia necesaria e inevitable en la vida, la cual hace que eso racional a momentos se tambaleé y se ceda a la pasión o a lo no contemplado incluso a costa de esa razón estrictamente lógica centrada en la pura idea de las cosas. Porque a la hora de hablar de conocimiento, resulta indispensable atender a su acto de realización concreto, el cual las más de las veces resulta accidentado en su vivencia cuando se considera su contexto específico.

Lo mismo ocurre con otro tipo de cuestiones sociales y valores, los cuales si bien parecen convenciones normativas que aprendemos y que marcan las pautas que debemos seguir en tanto seres sociales para poder llevar a cabo nuestra vida social, éstas dependen del espectro histórico-ideológico desde el cual se toman, así como de la posición que el sujeto cognoscente toma en relación a ellas. Porque la justicia social será una cosa para un comunista y tal vez otra para un capitalista; y eso sin considerar las diferencias entre dos capitalistas por ejemplo, dependiendo de su contexto particular. Porque la libertad quiere decir muchísimas cosas y las formas en las que la entendemos dan como resultado distintas representaciones dependiendo de nuestra época y nuestra geografía; de nuestra educación e historia particulares (las cuales insistimos están estrechamente vinculadas con la “Historia en mayúscula”. [1]

Esto mismo lo podemos ver en otro tipo de cuestiones a las que llamaremos afectivas y emocionales como podría ser el amor, pues a pesar de que éste depende de las ideas que operan sobre él en un sentido histórico-cultural, no por ello el amor no es una vivencia plenamente interior.  Porque a pesar de que el amor siempre depende de lo que la época nos dice que éste es, el amor de uno es siempre sólo el amor de uno; es decir, el amor que hacemos sólo nuestro. Por ello es que además del sentido nominal e histórico del amor, es preciso contemplar también la experiencia ya subjetiva, pues en esta se pone en operación la noción general con sus variaciones ya particulares. Esto debido a que si bien nuestras ideas y experiencias amorosas dependen de nociones aceptadas y de una serie de formas de vivirlo condicionadas por los paradigmas de la época y una serie de tradiciones que dirigen y condicionan su vivencia, lo cierto es que es ya en la experiencia éste se convierte en algo plenamente subjetivo y contextual. Porque no es lo mismo hablar del amor en la Edad Media, por ejemplo, a hablar del amor en un contexto como el contemporáneo. A esto se suma el rol del sujeto, en tanto individuo, que vive este amor a su manera y desde sus propias lógicas experienciales.  Es decir, que por mucho que nos digan y nos enseñen que el amor es de tal o cual manera, e incluso a pesar de que en nuestro amar cumplamos con todas esas prescripciones, resulta innegable que todas esas nociones establecidas sobre el amor dependerán de cómo las vivimos nosotros y de cómo podemos generar una reflexión en relación a nuestra vivencia de éste, lo cual en el fondo implica una sistematización de dichos significados acorde a nuestra propia experiencia; y esto se verá reflejado en nuestras relaciones con las personas y el mundo en general. Es por eso que podemos decir que también las pasiones y nuestras emociones forman parte de nuestro conocimiento, lo cual sirve también como evidencia de cómo también lo interno social-afectivo en tanto conocimiento resulta diverso y alude al ser humano en distintos niveles de relación con el mundo.

Y en este punto también es donde se introduce el arte, el cual opera como forma de conocimiento fundada en lo sensible y su concreción, aún cuando depende de su heterodoxia. Es decir, el arte constituye una forma de conocimiento fundada en lo sensible, pero que a diferencia de otro tipo de conocimiento, se origina en su unicidad en tanto forma expresiva relativa a algo, lo cual también consolida la idea del conocimiento también como capacidad creadora y establecimiento de un orden desde el cual podemos articular los fenómenos y experiencias, dándole así un cauce y una cierta unidad y lógica. Arte entendido como forma de conocer y conocimiento tangible desde su especificidad, la cual radica en su carácter único (en tanto obra y considerando también la actual reproductibilidad) y en su comunicabilidad. Arte como expresión de los afectos y las ideas de un ser humano que desde su lenguaje (no el lenguaje habitual en su sentido convencional) y su orden concreto, es capaz de crear significados y sentidos que podrían tener una validez universal. Arte como herramienta cognoscitiva cuyo carácter histórico nos daría claves hermenéuticas para entender desde su no normatividad un determinado entorno ideológico y sus relaciones con cuestiones que van desde lo político-económico, hasta lo religioso-filosófico, y cuya particularidad reside en que se manifiestan a partir de una ruptura y la potencialidad del lenguaje que establece un orden concreto que es el que implica la obra de arte en sí. Arte que nos vincula desde lo puramente sensible y que nos lleva a la reflexión sobre una u otra cosa vinculada a nuestra vida. Arte como forma de conocimiento que nos permite pensar más allá de la gramática establecida y desde un lenguaje que aunque excepcional, resulta comunicable.

Es en este sentido que podemos hablar del conocimiento también como una proposición (también estética) y como una perspectiva emocional de la realidad. Como manifestación de las potencias de ese lenguaje desde el cual habitamos y establecemos convenciones y formas de comunicabilidad, y a partir de las cuales intentamos entender al mundo comenzando por nosotros mismos. Reconocimiento capaz de lidiar con el abismo de lo subjetivo y lo objetivo, y que nos propone una cierta unidad ontológica en lo que toca a los significados y a las condiciones de posibilidad de las cosas. Relación de la conciencia con su interioridad y exterioridad, y por ende una introspección y proyección del yo, así como asimilación y reflexión de lo otro (cósico, natural o humano) en uno. Historia y filosofía, una forma de pensar lo que nos pasa en el sentido de afectación interna; percepción inmanente y conciencia de la posición que encarnamos y que nos ayuda a entender todo lo que ocurre desde nuestros zapatos, aunque dentro de un contexto y bajo ciertas tradiciones (el yo en este momento de la historia en un lugar concreto que implica ciertos condicionantes).

Porque incluso nuestros afectos y sensaciones tienen que ver con la historia y sus divergencias. Porque el mundo de los afectos y las sensaciones también está mediado por formas y hábitos, que dependiendo de su momento concreto de ocurrencia, implican una serie de sentidos. Conocimiento entonces no sólo como una entidad externa, sino también como una realidad interna y afectiva. Porque los cuerpos no son sólo generadores de sensaciones, sino que también los conjuntos de sensaciones inciden en nuestra relación con los cuerpos y nos dan una u otra determinación; y como dijimos anteriormente, incluso las sensaciones en su inmediatez y los afectos forman parte de esta lógica y se traducen también en la constitución de una memoria que no sólo es ideológica, sino también sensible.  Todo esto sobre todo nos ayuda a pensar de manera extensiva y nos permite abandonar aquellos supuestos relativos a que las ideas y representaciones son los objetos primarios del conocimiento, así como a reivindicar el potencial cognoscitivo del conocimiento de las pasiones. Porque el conocimiento es una mezcla de lo externo y de lo interno, así como de lo racional y lo pasional, las cuales son indesligables de la experiencia humana y sus realizaciones.

IV.-

Por último

Decimos entonces que conocer es un dar y recibir mundo; afectar y ser afectado por las cosas; y por ende, el conocimiento consiste en dar cuenta de manera mínimamente sistemática del influjo que ejerce el sujeto ante sí, ante los objetos y ante su mundo en general. Es decir, el ser humano asume su particularidad gracias a su inteligencia, la cual que procede (dialécticamente) articulando la facultad sensible y el entendimiento potencial, unión que al realizarse da un sentido y posteriormente un significado a eso externo e interno que implica la existencia; a ese mundo que nos rodea aunado a eso que somos desde dentro. Se trata de la forma en que damos cuenta de eso que percibimos y que suscita la reflexión, lo cual constituye la manera mediante la cual se da identidad a lo cósico y a lo subjetivo (referido al sujeto); a lo otro y a uno mismo. Acercamiento que nos ayuda a entender incluso a la naturaleza y a la vida “ante” y “en” la que acontecemos, con su subsiguiente establecimiento de conceptos, leyes matemáticas y físicas, así como teorías sobre lo social y lo humano desde una perspectiva cultural. Operación de conexión entre ideas en relación a la repetición de una cierta serie de acontecimientos y el hábito que produce y determina dicha repetición en términos de relación cultural. Proceso desde el cual indagamos en cuestiones como la causalidad y temporalidad; o dicho de forma menos enrevesada, el conocimiento que se presenta como un establecimiento de relaciones entre el ser humano y el mundo en un momento dado de la historia, y desde el cual somos capaces de abordar todo lo que pasa (que nos pasa) de acuerdo a una cierta lógica también causal, la cual se concreta en un resultado que si bien responde a sus marcos y modelos teóricos, así como descriptivos y analíticos, se concretan históricamente a partir de la noción de caso que actualiza lo universalizable.

Porque el conocimiento parte del fenómeno en tanto acontecimiento perceptivo, el cual es mediado por la inteligencia y su voluntad, la cual insistimos no es desinteresada ni ahistórica; es decir parte de un elemento unificador a priori que en este caso es el yo pienso (apercepción pura) ante un dato empírico múltiple que nos da también un sentido interior. Así, en tanto seres históricos y sociales, siempre nos posicionamos y asentamos en unos determinados modos de las ideas, y una razón conceptual que define sus tradiciones y desarrollos sobre lo uno y lo otro, conformando con ello nuestra visión de las cosas, la cual se formaliza en nuestra experiencia puntual. Abstracción y concreción sobre lo individual y su universalidad (el yo único que soy en tanto yo como ser humano igual a tantísimos yos); límite de identidad desde el cual planteamos al “yo” y al “no yo” en relación al ser.

De esta forma podemos decir que el conocimiento es operación de búsqueda y aludir a todas las manifestaciones o los grados del conocimiento: el observar, el percibir, el determinar, el interpretar, el discutir o el afirmar que presuponen una relación del ser humano con el mundo y son posibles solamente sobre la base de esta relación. Se trata de una búsqueda que nos ayuda a entender todo lo que nos rodea, pero también todo aquello que somos en un sentido que también apela al contexto y a nuestras pasiones. Conocimiento que nos evidencia cómo opera el movimiento externo e interno y se presenta como el establecimiento de un orden desde el cual podemos articular los fenómenos y experiencias, dándole así un cauce y una cierta unidad y lógica. Conocimiento como capacidad creadora y como concreción desde la cual hacemos particular esa universalidad que somos. Porque nos conocemos como conocemos lo otro: como fenómenos y con ello como sujetos y objetos de un conocimiento gracias al cual podemos conocernos a nosotros mismos, que es en última instancia la razón por la que buscamos conocer el resto.

_____

Notas

[1] Es importante aquí insistir en que con este tipo de pensamiento no pretendemos relativizar ni el conocimiento de las cosas ni de la naturaleza, ni de las acciones y valores e ideas relativas a lo humano, sino todo lo contrario. Esto debido a que la validez de una u otra postura en relación a los afectos y pasiones humanas, así como a sus valores dependerá de su grado de elaboración en tanto reflexión y su solidez, así como de coherencia y conceptualización –lo cual en el fondo crea un sistema de pensamiento sobre lo humano en un sentido de sujeto capaz o no de sostenerse con argumentos desde una determinada postura.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s