No eres tú, es tu grammar nazismo

Por Karina Zavaleta | ➜

El conservadurismo defensor de las “formas correctas” de la lengua puede desencadenar agresiones hacia quienes la viven de manera distinta.

Acepto que durante mi adolescencia, fui de esas personas con aires de superioridad nada más por saber qué palabras se escriben con “h”. Cuando superé mi etapa de rebelde intelectualoide incomprendida, noté lo pedante que me veía presumiendo mis “conocimientos lingüísticos” y, peor, corrigiendo a la gente cuando nadie me lo pedía. Me di cuenta de la flexibilidad de la lengua y la creatividad que hay detrás de su reconfiguración en la vida cotidiana cualidades que los sectores más conservadores consideran aberrantes.

Dominar tanto un lenguaje técnico o demasiado elaborado, como expresiones coloquiales, dobles sentidos, e incluso romper las “reglas” es una forma divertida de vivir y apropiarse de la lengua. Sin embargo, los enfoques más conservadores pretenden que exista una (y solo una) forma de expresarse: la que consideran “correcta”. Esta visión puede generar barreras en la comunicación que van desde algunos momentos incómodos cuando alguien corrige a su interlocutor por fijarse más en la forma que en el mensaje, hasta verdaderos actos de violencia al discriminar a ciertos sectores por sus modos de expresión.

En el día a día adaptamos nuestra forma de comunicarnos según lo pida la situación. Tendemos a escribir distinto en un grupo de WhatsApp con nuestros amigos que al redactar un mail formal; y hablamos diferente con nuestros vecinos que durante una entrevista de trabajo. Es importante tener en cuenta que el contexto y la intención influyen en la forma de expresarnos, y el conocimiento de estas convenciones se adquiere en lo cotidiano.

Claro, las reglas son importantes, el conocimiento de la sintaxis, la ortografía y la gramática permiten comunicarnos sin ambigüedad en los contextos que así lo requieren. Algunos de estos entornos piden mayor especialización y atención al detalle, como el político académico, el editorial, el periodístico y los medios de comunicación en general. Por ejemplo, nadie le perdona Aurelio Nuño haber dicho “¿Ustedes van a ler?” por tratarse de una figura de autoridad en educación; tampoco consentiríamos faltas ortográficas en periódicos de renombre porque, supuestamente, hay profesionales encargados de cuidar esos detalles. Sin embargo, el nivel de dominio de las reglas suele asociarse, estereotípicamente, a contextos socioeconómicos y a una noción reduccionista de cultura, por lo que el supuesto conocimiento de esta normatividad suele degenerar en posturas de superioridad intelectual, ocasionando que se llame “iletrado”, “inculto” o “naco” a quien no cumple las expectativas de los prescriptivistas, aun cuando el contexto no lo exija.

Si bien no podemos negar las deficiencias educativas que hay en el país, habría que tener en cuenta que por algo existen especialistas (periodistas, lingüistas, editores, académicos), y que no todos tenemos las mismas necesidades gramaticales, sintácticas y ortográficas. No hay justificación para poner etiquetas que menosprecien a los demás, pues no se trata de promover un “deber ser”, sino de comprender las necesidades y contextos comunicativos.

Existe una especie de obsesión por las “formas correctas” y el purismo lingüístico ligada a una supuesta superioridad intelectual. Popularmente se conoce como grammar nazi a aquella persona empeñada en corregir toda forma de expresión, siguiendo un “deber ser” sin importar el contexto. Curiosamente, son estos enfoques más conservadores los que, al tratar de defender la “pureza” de la lengua, traen consecuencias negativas no solo en los procesos de comunicación, sino que pueden detonar actos de violencia.

El rechazo a la adopción de palabras extranjeras es un ejemplo de este purismo. En redes sociales circulan memes que promueven el uso de expresiones castellanas en lugar de anglosajonas. Dichas iniciativas parecieran motivadas por una especie de orgullo y defensa de la lengua, como si estuviera en riesgo de ser conquistada y eliminada. Pero si adoptáramos esta postura, también tendríamos que deshacernos de los arabismos, galicismos, nahuatlismos e infinidad de préstamos que conforman el español.

En realidad, la diversificación del léxico, entendido como el conjunto de palabras que conforman una lengua, no modifica trascendentalmente la estructura de la misma. A pesar del temor a que se “corrompan” o se “deformen”, habría que entender que las lenguas puras no existen; todas han tenido modificaciones como respuesta a fenómenos sociales y culturales a lo largo de su historia. Esto es un proceso natural que refleja su capacidad de adaptación y maleabilidad.

También existe el rechazo a nuevas formas de expresión que surgen naturalmente a lo largo del tiempo, o que son propias de alguna generación o grupo social (neologismos, modismos, e incluso m0d1Fic4Zi0Ne5 gráficas). La justificación para atacarlas suele ser que “no se encuentran en el diccionario”, o que “así no se hacía antes”. Pero la institucionalización no funciona así, una Academia de la lengua incorpora un término a un diccionario cuando su uso se generaliza, eso no significa que promueva un “deber ser”. El hablante hace a la lengua, y no al revés, aunque haya renuencia a la innovación bajo los fundamentos pseudo estéticos de “suena feo” y “se ve mal”.

Es en la experiencia oral, en el habla cotidiana, donde la lengua muestra su flexibilidad y podemos ponernos creativos para usarla como queramos. De ahí que resulte incómodo que alguien interrumpa para corregir a su interlocutor en una charla informal, aun cuando quede claro lo que está diciendo, pues corta la fluidez de la comunicación y no atiende a otros elementos no verbales que son igual de importantes.

Incluso en algunos contextos donde se emplea la palabra escrita, como en las redes sociales, a veces sobra intentar imponer la norma, pues la escritura se acerca mucho a la oralidad. Es distinto cuando se emplea con fines profesionales, comerciales, etc. Insisto, el contexto lo determina. De ahí que existan muchas modificaciones cuando se usan mensajes de texto o sitios como Twitter, pues las restricciones en el número de caracteres y la inmediatez del medio, influyen en la dinámica.

Las consecuencias de un prescriptivismo exagerado trascienden la lengua y arremeten directamente contra las personas. La censura, por ejemplo, no recae únicamente en las palabras, sino en quien las emite. La imposición de etiquetas y juicios basados en la forma, ignorando el contexto, repercute no solo en la lengua, sino en diversas dinámicas de interacción social. He insistido mucho en el contexto ya que el enfoque conservador se niega a considerarlo, y está dispuesto a violentar abiertamente a quien cuestione sus  paradigmas.

De hecho es tan problemático obviar el contexto que quienes buscan defender la palabra por sí misma pueden fomentar, o dejar de visualizar, actos de violencia que ocurren en lo cotidiano. Contemplar la complejidad de la situación permitirá entender cómo una palabra puede significar una agresión para algunos, mientras que para otros será un mero cumplido. No, no se trata de las palabras como entes aislados, las intenciones y las situaciones enmarcan la carga simbólica de todo lo que expresamos.

Obsesionarse por la forma más que por el contenido significa perderse de buena parte de la experiencia de la empatía humana. Este supuesto amor por las “reglas” esconde muchas veces actitudes discriminatorias. La lengua no obedece a lo que es correcto o incorrecto, sino a las necesidades que surgen en la cotidianidad. Intentar “protegerla” es negar la existencia y beneficio de los intercambios culturales y de la creatividad de los hablantes para responder a necesidades comunicativas. Y en el proceso, tristemente, se fomentan discursos de intolerancia hacia la diversidad, se discrimina bajo una máscara de intelectualismo.

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