Serge, no exagere, no es para tanto

Por Alejandro Flores Valencia | ➜

La mirada de SGR

Cada vez que camino por las calles de la colonia Del Valle de la Ciudad de México una extraña ráfaga de viento me murmura al paso una palabra: tibio, como en los acertijos, como si la vida quisiera ponerme de cerca el sentido y yo insistiera en escaparme o sacarle la vuelta de forma elegante. Imagino que ese murmuro tiene voz y un timbre peculiar, agudo, puntual, como el de Sergio. La verdad es que no hay tal sonido, no hay tal murmullo. Sólo ráfagas que imagino dicen algo, quizás para no sentirme solo, quizás para auratizar una simple caminata en la ciudad. Tibio, como quien da una pista a alguien que busca algo. Tibio, como el coraje que no alcanza aún a cerrarse del todo.

Él vivía en la Colonia Del Valle, en un edificio de departamentos. Nunca conocí el interior. Pero sí las calles, las cafeterías, las cantinas cercanas. Recuerdo a Sergio deteniéndose para comprar devedés piratas de películas que llamaban su atención y que quizás a la semana siguiente reseñaría en su columna del diario Reforma. Sergio burlándose de tal o cual escritor, crítico o artista de moda, mientras caminaba con paso cansino producto de las huellas del oficio. No el de escritor, sino el de periodista, o de detective salvaje. Sergio en una cantina con una cerveza, un tequila, un agua mineral y una Coca-Cola, todo junto. Sergio intentando seguir la conversación y escuchar a pesar de que su oído cada vez estaba más deteriorado. Sergio, a caballo entre el gurú y el samurái.

Quizás yo esté equivocado pero recuerdo que Sergio pocas veces miraba a los ojos. Pero él siempre miraba el tiempo. Le pertenecía. Yo lo conocí tarde, hace 9 años, en el 2008. Él ya tenía casi 60.

Todo mundo sabe que escribió una serie de libros (una tetralogía, quizás) que en suma podríamos decir que conforman la crítica del «anEstado» (el sin Estado), como él mismo apuntó en Campo de guerra, título con que obtuvo el premio Anagrama de Ensayo en 2014, justamente el 07 de abril. Esta trilogía comenzó en los 90 con el libro Huesos en el desierto, donde indaga en la sistematización de asesinatos de mujeres en la frontera norte de México, concretamente en Ciudad Juárez, continúa con El hombre sin cabeza, donde hace una lectura directa pero también metafórica o fenomenológica sobre la imagen de la decapitación, serie que cerraría con el libro premiado, más una especie de apéndice que es el libro sobre Los 43 de Iguala. También sabemos porque se ha repetido hasta el cansancio que en su juventud fue músico de rock, que tocaba el bajo eléctrico, que al menos dos escritores lo hicieron personaje en novelas: Javier Marías y Roberto Bolaño, y que anualmente elaboraba una lista de las publicaciones que a su juicio eran dignas de ser consignadas pero que todo mundo pensaba que era una lista de los mejores libros, aunque era la más fina broma o trampa que le tendía al orgullo de los intelectuales.

Pero lo que no todo mundo sabe es que era un hombre de gustos sencillos aunque complejos, solitario a pesar de conocer a cientos de personas, generoso pero distante, indulgente aunque agudo, agudísimo, hasta pesado. O quizás todo lo contrario pero eso es lo que yo recuerdo. Ese es el Sergio que yo conocí, cabizbajo, de cuerpo trémulo y espíritu férreo.

Nos conocimos por el periodismo. Yo sabía de él porque alguna vez leí un texto sobre 2066 de Roberto Bolaño, donde el escritor chileno comenta que el periodista de la parte de «Los crímenes» de esa novela de más de 1000 páginas existe en la vida real (aunque sabemos que cierta ficción también forma parte de la “vida real”). Ese periodista era Sergio González Rodríguez. Yo trabajaba en la sección de cultura del periódico El Economista, y al revisar el correo vi un mensaje de la editorial Mondadori con un boletín de prensa sobre el lanzamiento de la novela El vuelo, de González Rodríguez, una obra sobre tráfico de drogas a nivel internacional en los años 60. Respondí el mail y solicité una entrevista.

En ese primer encuentro que comenzó en una cafetería de la colonia Del Valle y que continuó ese mismo día a tan solo unos pasos en el parque Pilares porque el fotógrafo quería un fondo más ad hoc, pude darme cuenta de la dimensión peculiar de este periodista, valga decir no solo una dimensión sino una multidimensionalidad que prácticamente no tiene ningún otro periodista y, a pesar de que uno piense lo contrario, ni siquiera la tienen todos los escritores; y, de hecho, muy pocos. A Sergio González Rodríguez no le bastaba el título de periodista (no porque este sea poco) ni solo el de escritor (no porque este lo sea cualquiera), sino el de filósofo de cepa o más coloquialmente el de pensador. Pero no por la credencial académica (que no la consiguió hasta muy tarde aunque en Letras), sino por su actitud de espíritu y por su amplia y experimentada forma de ver, pues la suya era la mirada de un hombre singular. No la de un joven burgués que tuvo todo a la mano para convertirse en Nobel o en Canciller en alguna extrema región de la tierra. No el cronista barrial o la superviviente extranjera que «le daban voz» al pueblo desde las pantallas de Televisa. Sino la mirada de un sujeto común y corriente que tentó al destino, o como diría su amigo Roberto Bolaño, que pudo bailar la conga al borde del precipicio, que anduvo también un poco a la deriva, rebelde y anti institucional pero que a pesar de ello podía presumir el reconocimiento de múltiples universidades, centros, editoriales, pensadores de todo el mundo, y cordialmente compartir un trago en una cantina en la Guerrero o en un pub en Frankfurt lo mismo con aristócratas autoridades de cultura, que con diletantes de las múltiples escenas del arte donde se dan cita habitualmente con el fin de amoldarse y pertenecer, hacerse reconocer. Pero, más allá de eso, la mirada de un hombre capaz de advertir en los pequeños así como en los grandes gestos de su tiempo, los indicios tanto del mal como del augurio y potencia o poesía que esconde la vida, y ponerle palabras, nombrarlos, capturarlos para hacerlos memorables.

Yo no sé a qué capricho obedece la geometría de la trascendencia, de aquello que se fija y se vuelve canónico. Curiosamente, Sergio fue fundamental durante los últimos años para moldear un canon (y a veces también para desbaratar el otro canon, el que se impone desde otros sitios más a capricho, más por la clase o las relaciones), pero él probablemente no quede inscrito en la historia de la Literatura. No en la canónica, al menos. A pesar de todo. A pesar de que accedió a los más notables espacios de circulación y posicionamiento: La Jornada, Reforma, las empresas informativas más leídas. Anagrama, Mondadori, oligopolios editoriales en Iberoamérica.

Generoso. Él leyó a todos sus contemporáneos. Pero yo me preguntó ¿quién realmente lo leyó a él? No, pocos, sin duda. Pero tampoco tantos como lo afirman. Dudo, por pura intuición, que casi nadie pasó de dos ensayos, ni qué decir de sus novelas. Pero, a saber. Lo que me importa decir es que él los leyó a todos, incluso a mí. El destino nos vuelve a poner frente a la paradoja o al patetismo y por eso pienso en Bolaños, Roberto… Gómez. ¿Y ahora quién podrá defendernos?, me pregunto con cierta ironía. Ya sabemos quiénes harán el canon. Pero, ¿quién va a hacer ahora el contra canon? ¿Quién va a tener la generosidad para ponerse a leer a sus contemporáneos, y a leerlos bien, no a partir de la complicidad, las relaciones públicas, el interés, o la seducción? ¿A quién le va a importar la literatura en este país fuera de las pocas aulas que quedan para su discusión? Lo que menos importa de estas preguntas es la respuesta, sino el problema

Por eso hablemos en plata.

No murió un periodista, o un escritor más.

No murió un crítico literario.

No murió “el cronista de la violencia” u otras tantas sandeces con que algunos intelectuales intentan bajar a síntesis líquida, a partir de una metáfora chafa, para tildar y caracterizar a un sujeto tan complejo, me atrevería a decir que más que cualquiera de quienes hablamos de él.

Pienso en La mirada de Ulises, película de Theo Angelopoulos.

Eso es lo que perdimos: una mirada profunda, en si misma inabarcable, inagotable. Irónica.

Lo terrible es que esa mirada es irrecuperable; rastreable solo en el sin fin de documentos, artículos, ensayos que Serge (como el solía firmas sus mensajes) escribió.

Puesta en Abismo

¿Cuál es la profundidad de una mirada? ¿Cómo se mide, si es que es posible? Roberto Bolaño fue uno de los escritores contemporáneos predilectos de Sergio. Roberto Bolaño al hablar sobre aquello que podía darnos cierto indicio de quién era un verdadero novelista oponía la imagen del abismo y lo que el escritor logra hacer al estar al frente, al estar tan cerca que puede producir el vértigo, es decir si se lo abrazo y se le devuelve la espalda, o mejor aún, como en el cristianismo, si se le devuelve la mirada. Para Bolaño una persona con quién iría a la guerra hubiera sido Sergio. Eso lo escribió. Y si no fueron juntos a la guerra, lo que sí pasó fue que uno le mostró al otro el Infierno, y el que recibió el paseo le devolvió la mirada en forma de novela. ¿Quién llevó a quién?

Recupero a continuación algunos fragmentos de una larga conferencia que Sergio González Rodríguez pronunció en el primer Encuentro Telecápita (o mejor sería decir, en el que aún no se llamaba Telecápita pero que es el antecedente directo), la cual tituló «El caso Bolaño: literatura y posmodernidad». La pronunció en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en octubre de 2010.

En 1996, cuando comencé a investigar los asesinatos sistemáticos contra mujeres en la frontera de México y Estados Unidos, publicaba crítica literaria, narrativa, crónica y escribía libros como El centauro en el paisaje, que habla de los puentes entre la literatura y la vida personal bajo la cultura contemporánea. Y fraguaba crónicas de vida cotidiana y de sucesos culturales: estudié letras y me he ganado la vida en el profesorado, la industria editorial y el periodismo. Las noticias acerca de asesinatos sistemáticos contra mujeres en los límites de México y Estados Unidos parecían un signo extremo del caos fronterizo, que urgía develar. Bastaba aproximarse a Ciudad Juárez para intuir que el asunto implicaba un drama de profundos alcances. En esos años Roberto Bolaño supo de aquel suceso, nunca quiso precisarme cuándo ni porqué, y comenzó a informarse por la prensa, a sumar datos, artículos y testimonios al respecto que obtenía en Internet. Se había vuelto un especialista en el tema…

Hacia 2000, pensé que sería necesario recuperar la serie de escritos periodísticos que había yo publicado sobre los asesinatos sistemáticos contra mujeres en la frontera norte de México, y usar éstos como fundamento para un libro. Las sesenta cuartillas iniciales se convertirían en más de cuatrocientas al terminar una obra que titularía Huesos en el desierto.

Fue entonces que el autor de Los detectives salvajes supo de este proyecto por comentarios de Jorge Herralde y Juan Villoro. Se puso en contacto conmigo e iniciamos un intercambio de mensajes por correo electrónico acerca de nuestra mutua preocupación. Le conmovía el caso de las muchachas asesinadas en Ciudad Juárez. Roberto Bolaño estaba tan absorto en la figura del detective, fuera éste “salvaje” o no, que me urgía a una precisión casi exquisita cuando preguntaba detalles de los sucesos. Por ejemplo, qué tipo de armas, marcas, calibres solían usar los narcotraficantes. O bien, quería conocer algún relato judicial que constase en expedientes acerca de las heridas infligidas a las víctimas. A veces, le transcribía párrafos completos en jerga forense que a él le interesaban mucho.

Confiaba en las posibilidades del trabajo conjetural al mismo tiempo que en la tarea del observador o archivista de las pruebas criminales. Me contaba que le había fascinado una obra titulada El que lucha con monstruos, conjunto de testimonios de Robert K. Ressler, ex agente del Federal Bureau of Investigations y creador del término “asesino en serie”, en el que refería los expedientes más impresionantes de su carrera. Roberto Bolaño se mostró decepcionado cuando le comenté que aquel superpolicía había consumado una pésima indagatoria en la frontera mexicana, siempre favorable a las autoridades corruptas de México a cambio, se dijo, de 75 mil dólares. E insistía en una pregunta: «¿entonces, no hay asesino en serie en Ciudad Juárez?» Le respondí que había algo peor: que el propio Robert K. Ressler había declarado a últimas fechas que habían al menos dos asesinos en serie con sus respectivas bandas, y que para definir estos hechos acuñaba una nueva categoría criminal: “asesinos en juerga”. Agregué que estos sujetos estaban bajo protección de gente de poder político y económico y realizaban sus crímenes en medio de festejos siniestros. Un verdadero paradigma criminal que terminó, quizás, por reforzar ideas de fondo en 2666 en torno del horror extremo en las sociedades contemporáneas…

Aquel intercambio de correos electrónicos fermentaba un sesgo literario ajeno a mí, pues él se entregaba a su propia pesquisa de los sucesos en Ciudad Juárez y transitaba de la realidad a la literatura mediante su formidable imaginación.

En noviembre de 2002, al publicar en Barcelona Huesos en el desierto, fui invitado a presentar el libro, y aproveché la ocasión para visitar a Roberto Bolaño en el poblado cercano de Blanes, donde residía. Después de los saludos cálidos, comentó: «estás como personaje de mi nueva novela, sí, te he puesto con tu nombre. Le he robado la idea a Javier Marías, que ya te incluyó en Negra espalda del tiempo». Me dejó mudo. Roberto sonreía, la mirada feliz, los párpados entreabiertos mientras encendía un cigarrillo y el humo lo envolvía. Aparecer como personaje de un libro es un privilegio ambiguo. Recordé mi mensaje irónico a Javier Marías luego de leer aquella novela: «Javier, tendré que acostumbrarme a ya no tener una vida propia, por completo real, a ser en el futuro una suerte de fantasma, una nota al pie de página de su obra». Muy Marías, me respondió: «no exagere, no es para tanto». Roberto y yo nos reímos mucho aquella tarde en su piso en Blanes. Nos vimos de nuevo uno o dos días después en Barcelona para cenar. Al término de la cena, lo vi alejarse al lado de una muchacha en un ruinoso Volkswagen sedán de dos puertas, y parecía que, en lugar de estar en la Plaza Catalunya, me dejaba en una colindancia de la Ciudad de México muy cercana a sus sueños y sus pesadillas. Su risa y su generosa inteligencia todavía me acompañan.

Leí 2666 con el ánimo en vilo, en particular, la extensa parte sobre los asesinatos de mujeres y mi nombre entremezclado. Cuando hay de por medio un gran escritor de ficción un relato sobre lo acontecido puede resultar más impactante que las propias vivencias. Asimismo, la tragedia adquiere su rango auténtico cuando aparece contada en forma brutal, deslumbrante, avasalladora por otra persona excepcional como él.

Todo lo anterior se cristaliza en un fragmento, una fotografía imaginada, una imagen fantasmal, un palimpsesto: la noche como espacio del sueño, de su propio reverso o pesadilla, un sedán ruinoso, Catalunya y la Ciudad de México. Ya hacia el final de la Conferencia, añade:

Cuando nos encontramos en Blanes, aproveché la visita para llevarle una pequeña bolsa con café que adquirí en el Café La Habana de la Ciudad de México, uno de los espacios tutelares que frecuentó y consignaría en Los detectives salvajes. El motivo de aquel obsequio era menos el café en sí que la etiqueta de la bolsa: reproducía una fotografía del interior del Café La Habana que lo ensimismó por unos momentos. Como en un acto de prestidigitación infantil, le hice caer en el trampantojo de su propia existencia. Una puesta en abismo instantánea a partir de aquella imagen. Entramos ambos y no hemos salido de allí desde entonces.

Una apuesta en abismo.

Un vórtice en el que la imaginación literaria concilia el tiempo (la realidad) con el deseo (todo aquello que no sucedió pero que siempre estuvo a punto de suceder).

Homenaje

Alguna vez me sentí cerca de los escritores. Todavía, de algunos. Una extraña emoción me provocan las muertes recientes de Ignacio Padilla, Ricardo Piglia y ahora Sergio González Rodríguez. Todas dolorosas en lo íntimo porque fueron personas con quienes durante diferentes momentos tuve cierta cercanía o al menos mutua simpatía, pero esta última muerte me quitó el sueño como una advertencia: No hay tiempo para hacer nada. Y no obstante el tiempo es lo único que tienes. Pero el tiempo no es el tiempo. El tiempo es el presente. No recuerdo con exactitud cuándo fue la última vez que platiqué con él en persona. No es muy reciente. Pero tampoco importa. Lo que importa es la huella de esa experiencia, la evocación de un admiración y perplejidad constantes, al escucharlo, al no entender sus ironías sobre tal o cual entidad o persona política o cultural, al no tener la suficiente destreza intelectual para seguirlo en sus críticas, porque entonces se vuelve inmenso el destello o el horizonte que él podía mirar y que ahora hay que intentar reconstruir por uno mismo. Ojalá Sergio pudiera escaparse a los Homenajes oficiales pero no lo va a hacer. Ya llegará el día en el que los intelectuales se reunirán a recordarlo y aplaudirle antes de pasar al coctel y chocar la copa con los funcionarios en turno. El verdadero homenaje sería terminarse todo el vino, ahogarse en él, y reventarles las botellas en la cabeza a los hipócritas, a los corruptos, a los mediocres, que están por igual en la Academia, en la Cultura y en la Política. Salir al balcón, mirar la ciudad, y dedicarle una sonrisa como si él pudiera entenderla y leer en ella todo lo que no seríamos capaces de lograr decirle.

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