La moral del autor y otros conservadurismos en poesía

 Cuauhtémoc Camilo | ➜

Sabías que la poesía no es jamás sólo
tuya, como el amor, sino de todos
Claudio Magris |


Acaso hoy la diferencia más notable de la poesía, respecto del sistema de las artes en general, sea que su existencia no requiere de instituciones que la validen, es decir, de instancias que digan esto es poesía y esto no. Eso, claro, si entendemos poesía como una práctica relativamente democratizada cuyo ejercicio es voluntario, de bajo costo y con posibilidades de acceso público, ya sea como lector o escritor.

En este contexto, la comprensión, reconocimiento y crítica de la poesía resulta problemática por la mediación entre su producción y su recepción. Antes de internet y la proliferación mediática, los criterios se basaban en la autoridad académica y editorial que dictaban la difusión de las obras y el estatus de poeta, pero hoy que tales instancias se han debilitado y la cuestión se desplaza hacia los medios que garantizan la difusión y reconocimiento de las obras.

Si bien la poesía ha sido democratizada, no ha sucedido así con los medios para su difusión y consolidación pública. Me explico: quienes tienen revistas, espacios públicos, acceso a padrinos editoriales, amigos con fama en el medio que comparten sus textos o financiamientos privados, mediatizan de las obras poéticas, es decir que las hacen circular, entrar en juego y ganar atención, en fin, visibilizan cierta producción poética, convirtiéndose en generadores privados de un capital cultural público (becas incluidas) que afecta, precisamente, el gusto, relevancia y consumo de la poesía.

Se trata de un problema respecto de la situación histórica en la que se produce la poesía de hoy, en esta década y latitud. En efecto, la transición de las naciones a bloques de mercado, elimina a su paso las instituciones culturales que bajo la autoridad del Estado o de la tradición, establecían los criterios de validación poética. En México, sin embargo, esa transición ha sido lentísima por diversos factores entre los que destacan: la nula capitalización de la cultura en el país, la baja formación artística de la ciudadanía, la expectativa de espectáculo y entretenimiento de las propuestas poéticas, el criollismo y centralismo de los patrocinadores culturales, el juicio estético acotado por los medios de comunicación, la falta de unidad gremial entre los creadores y el hecho de que la supervivencia artística recae casi por completo en manos del estado y sus becas derivadas de los recursos públicos.

Sí, en México la sociedad financia a los poetas, los “reconoce” incluso sin saberlo, sin elegirlos ni asomarse a las decisiones. La ciudadanía no interpela a los amigos y familiares de los poetas que trabajan como funcionarios públicos en la Secretarías de Cultura; tampoco entrevista a los jurados de los premios que seleccionan a las “promesas” literarias y, muchas veces, no leen las obras que acaban en los remates de cinco pesos. Por su parte, a los poetas tampoco les interesan demasiado sus lectores ni el contexto en el que ellos mismos escriben. Todavía hoy existe un romanticismo narcisista que se escucha en los recitales “yo escribo para mí”, “si no les gusta que no me lean”, “yo edito mis poemas”.

En esas líneas hay una ingenuidad mucho más nociva que la ignorante soberbia de quienes las pronuncian, puesto que hoy la relevancia de la poesía se comprende a contraluz de su reflexión e incidencia pública. La pregunta no es “¿y tú qué escribes?” sino ¿qué con lo que se está escribiendo? ¿y en función de qué cuadrantes discursivos puede ser leído? Con lo que de, de paso, se llevaría una lámpara a la oscura caverna de las políticas culturales literarias.

¿No es, irónicamente, la potencial incidencia literaria (en el gusto, mercado, tradición y reflexión poética) lo que determina la publicación de una obra? Frente a esa maquinaria, de espaldas a ella o en su interior es donde existe el poeta. ¿Basta entonces asumir la poesía como un decir creativo, popular, auténtico?, ¿cabe apelar en siglo XXI a su neutralidad creativa aun cuando se dejan de lado las condiciones de donde emana esa supuesta creatividad? No será que el supuesto buenondismo incluyente que dice escribir poesía accesible para todos es más bien el espacio donde aterrizan los arlequines de la propaganda y en lugar de frescura y novedad esa poesía acaba por reforzar la ideología hegemónica, la tendencia y la moda.

Es ahí donde los poetas más “irreverentes” y “populares” caen en el conservadurismo que critican. Y no está mal que usen a conveniencia la sensibilidad pública para cobrar sus becas y ganan fans, sino que exijan que se crea en su trabajo de manera acrítica. Son precisamente estos poetas los que subestiman a sus lectores, los que hacen de su escritura productos, mercancías sin garantía: piratería y de la chafa.

El ethos cultural mexicano no se equivoca, le gusta la fayuca, el tianguis de robado, la chácharas a montones y por ello no revisa ni se queja de lo que compra. De las cometas que le arrebatan del corazón a los experimentos de poetas alienígenas, el conservadurismo de hoy parece tan ingenuo que ni siquiera es deliberado. Pero no es así. La lógica del éxito que habitamos ha producido poetas que dándose cuenta (o no) de sus supuestos y refuerzos ideológicos sólo se esmeran en llamar la atención, en producir un shock momentáneo o tendencia, aunque, a diferencia de la tendencia, se niegan a evaporarse a los quince minutos o a la semana. Y sacan sus colmillos cuando son leídos medianamente en serio y sin benevolencia.

Es entonces cuando el poeta de fayuca recurre al viejo reproche del reconocimiento, y el poeta de academia al argumento de autoridad. Ambos, reproches morales porque apelan a que nos creamos lo que dicen sin una criba de fondo. Se trata de la anquilosada moral de las letras: la del autor. El autor cifra en su significado el culto a la personalidad y la autoridad no el despliegue escritural que lo borra o desdibuja. ¿Hay algo más conservador que esa moralina ingenua, recalcitrante?

Pero la moral de autor no es el único conservadurismo vigente y evidente en la poesía. En el extenso abanico de la producción poética que va de lo solemne a lo pedante, de lo experimental a lo kitsch y hasta lo ñero, todo coexiste sin discernimiento en una misma categoría editorial, porque a pesar de las propuestas se ha mantenido, como por inercia, el viejo supuesto del género literario (aislado de la dinámica técnica y geodiscursiva en que la poesía es producida), y a ese prejuicio elemental lo acompañan otros dos supuestos: el del poeta genio (ya sea como voz de su tiempo a la Bandini o Bukowski o bien como encarnación ideológica del momento) y el del conocimiento teorético con pretensiones fiscalizables por instancias normativas (que hacen las veces de mecenas y policía), centinelas privatizadores, no de la poesía sino de su medialización.

Más que afirmar entonces que la poesía ha sido liberada de su institucionalización, la hipótesis sostenida es que la función social y la estética de la poesía ha cambiado, con ella, su lenguaje, su composición, sus contenidos y también su exigencia. En ese sentido, los espacios para su circulación y los criterios para su reflexión pueden resultar anacrónicos o nulos, y dan lugar a compadrazgos sectarios, imposiciones y autoritarismos mediante los cuales se determina el prestigio, los recursos, la  publicación y el reconocimiento de los poetas sin que haya cuestionamientos al respecto, mucho menos un análisis público o debate entre poetas sin el cainismo o la batalla campal de la que algunos grupos la parodian, con todo y máscara, en sus eventos.

Si la poesía, su práctica y circulación permanece mediada por un circuito de reverencias, apellidos, favores y poderes instituidos que constituyen un sistema artístico especializado y subdividido en grupos, ello se debe a que la supuesta apertura de la poesía, mediante concursos y premios, responde a estrategias conservadoras para mantener a flote tanto a los grupos poéticos (nuevos y viejos), como a las instancias privilegiadas de crítica y edición, donde las publicaciones y los recursos –hasta cierto punto garantizados– se reparten por autoridad y en secrecía mientras justifican sus despilfarros bajo la falacia de novedad y frescura.

Un ejemplo de esto –a manera de cierre– es el caso de la beca otorgada al proyecto de los (po)emojis hace un par de años. Sí, esos emojis tan frescos e innovadores como el novedosísimo Messenger de 1995 (MicroSoftNetwork MSN) son un recurso de hace más de veinte años que, premiado ahora, a la distancia de tal anacronismo, no resulta injusto ni controvertido sino ridículo. Es una radiografía de las políticas culturales que simulan no ser conservadoras, síntoma innegable de fingimiento, de condescendencia paternal para salir del paso con un racimo de lechuga podrida y mojada que haga las veces de frescura. El espíritu del neoconservadurismo es precisamente ese, la simulación (ya hoy anticuada), el disfraz: vestir nuestros prejuicios de piedra con capas de emojis y tecnología para que se vean actuales. Como si una piedra cubierta de iphones actualizara a la piedra misma, y piedra aquí se puede sustituir por poesía, o persona, o emociones… es el lenguaje de la propaganda y el panfleto.

Por lo demás, los (po)emoji participan de ese lenguaje y establecen con él una lógica simbiótica: imitan o calcan el gesto, duplican o desplazan una tendencia para que, al anular el contexto, el mensaje resulte “obvio”, “enfático” y, por repetición, de evidente vacío narrativo: la sustitución de palabras por imágenes o su cópula en el lenguaje afectivo/efectista/icónico de la mercancía no restituye formas ideográficas, ni la síntesis visual del tapiz medieval, ni la tentativa figurativa (conceptual) de un mensaje imagen-imaginativo del que el lector es el agente principal, sino que se ordena a sus posibilidades. Y en su mecánica demuestra vulgarmente cómo nos sometemos a ella (ya para tratar de leerlos, como usuarios habituales o como breve molde comunicativo y de pensamiento). Lacayo del reforzamiento ideológico, el poeta ha sido pagado por su servicio. Luego se indigna de las burlas y agrede, o bien, lapida a otros poetas: moral de autor.

Y con todo, la vergüenza no es sólo para él, sino –sobre todo– para quienes desde la oscura gruta de la política cultural lo eligieron en la penumbra para encubrirse a sí mismos. Acaso por ello, de la apertura buenondista de la poesía, detrás de su frescura e innovación haya siempre que advertir si no hay una piedra recubierta de iphones.

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