Del repudio al tono y no a la injusticia

Por Paola Pacheco Ruiz | ➜

Era agosto de 2006 y Jacinta Francisco tenía que ir a vender sus aguas frescas y paletas como lo hacía a diario en el tianguis de Santiago Mexquititlán, Querétaro. Pero ese día fue detenida en su domicilio, sin una orden de aprehensión y con engaños. Alberta, Jacinta y Teresa, indígenas hñähñú no imaginaron nunca la pesadilla que comenzaría a la tarde de ese día caluroso: fueron detenidas por supuestamente haber secuestrado meses antes a seis agentes de la hoy extinta Agencia Federal de Investigación (AFI) y trasladadas a la ciudad de Querétaro, donde fueron presentadas ante los medios de comunicación acusadas de secuestro. ¡Tres mujeres secuestrando a seis policías! ¡Vaya imagen propia de esta nación!

En marzo del mismo año, se armó una pelea entre comerciantes y agentes de la AFI por una operativo –el cual carecía de autorización- para decomisar mercancía pirata en el tianguis de Santiago Mexquititlán. Jacinta, Alberta y Teresa fueron a dar a la cárcel injustamente sin una orden de aprehensión y con sentencias de 21 años de prisión para cada una. Jacinta sin hablar ni entender castellano como para defenderse ante las autoridades, fue llevada a juicio sin la asistencia de un intérprete –como tendría que ser conforme a debido proceso- y se le adjudicó una declaración fabricada escrita completamente en castellano. Los agentes supuestamente secuestrados nunca ratificaron su acusación y hasta la fecha no hay castigo ni sanciones para los responsables de los abusos cometidos.

Hay injusticias que, si las desdobláramos como origami, veríamos que contienen más injusticias. El caso de estas tres mujeres es un ejemplo. No fueron “erróneamente” culpadas, fue un acto amparado por las condiciones de desigualdad ante la interpretación de la ley. Alberta, Jacinta y Teresa sufrieron lo que sucede a menudo en este país, una triple discriminación: por ser pobres, mujeres e indígenas. ¿Hasta qué punto el derecho juega un papel importante en la reproducción o desmantelamiento del racismo? Del engaño, la impunidad, la injusticia y la marginalidad, fue que estas mujeres pasaron casi cuatro años encerradas en el Centro de Readaptación Social femenil de San José el Alto, Querétaro.

Once años después de que inició la pesadilla para estas tres mujeres, el pasado 21 de febrero se dio un hecho inédito: el procurador general de la República, Raúl Cervantes, encabezó el acto oficial en el Museo Nacional de Antropología e Historia para reconocer públicamente la inocencia de Jacinta, Alberta y Teresa.

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Foto: Yolanda Longino. Tomada de: https://www.diariodequeretaro.com.mx/local/historica-disculpa-publica-a-jacinta-teresa-y-alberta/

El evento se transmitió en vivo por internet en distintas páginas de organizaciones civiles de derechos humanos, algunas instituciones del Estado y medios de comunicación internacionales. En muchas redes sociales había efervescencia por el acto. Los ojos de muchos estaban puestos en un evento que ponía al Estado mexicano en ese lugar que le ha correspondido desde hace tiempo ya: el de la impunidad y la corrupción. Y esta vez no se escudó en una “verdad histórica”. El titular de la PGR reconoció frente a las víctimas que, en vez de ser protegidas, fueron acusadas injustamente.

Al inicio de la ceremonia niños y niñas hñähñú cantaron el himno nacional mexicano en su lengua materna mientras en el centro de la sala estaban Alberta, Jacinta y Teresa, acompañadas de Mario Patrón, director del Centro Prodh y el procurador, Raúl Cervantes.

Mientras seguía la transmisión en vivo, vino a mi memoria uno de los eventos más potentes por su simbolismo y su disrupción en esos tiempos políticos: el discurso de la comandanta zapatista Esther desde el Congreso de la Unión en marzo de 2001. Sus palabras parecen de hoy también: “Mi nombre es Esther, pero eso no importa ahora. Soy zapatista, pero eso tampoco importa en este momento. Soy indígena y soy mujer, y eso es lo único que importa ahora. Esta tribuna es un símbolo. Por eso convocó tanta polémica. Por eso queríamos hablar en ella y por eso algunos no querían que aquí estuviéramos”.

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Foto: La Jornada. Tomada de: http://www.jornada.com.mx//2013/04/28/fotos/014o1pol-1.jpg

Pero mientras algunas presenciábamos la disculpa pública con emoción y rabia porque este acto evidenciaba las injusticias vividas desde la voz de las víctimas, y así daba un poco la espalda a aquella necedad estatal de la “verdad histórica”, otros ocupaban el momento para reírse en las redes sociales y espantarse de las verdades altisonantes que pronunciaron las víctimas. El conservadurismo y el racismo no se hicieron esperar –véanse los comentarios de los lectores– y se volvieron a hacer presentes ante la frase de Estela Francisco: “Hoy nos chingamos al Estado”. Son más importantes entonces los modales que los derechos humanos.

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Estela y Jacinta Francisco. (AFP). Foto tomada de: http://www.milenio.com/policia/jacinta-alberta-teresa-pgr-disculpa_publica-secuestro-afi-milenio-noticias_0_907109546.html

Estefania Vela escribió un texto inteligente y oportuno sobre el concepto de fiscalización del tono –tone policing en inglés- a partir del asalto de los conservadores y “políticamente correctos” después de escuchar los testimonios de Alberta, Jacinta, Teresa y Estela. La fiscalización del tono hace referencia a las descalificaciones de lo que se dice por cómo se dice, especialmente en lo relacionado a las injusticias.

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La autora expone por qué es problemático este concepto. “Primero: objetar al tono no implica que se está objetando a los argumentos de fondo. Lo único que se hace es desviar el diálogo, no continuar con él. La crítica original queda sin respuesta. Dado que muchas veces la crítica tiene que ver con el racismo, el sexismo o algún otro sistema de discriminación, esto significa que, al concentrarse en el tono, se deja de pensar precisamente en el problema de discriminación, por lo que este persiste. Segundo: la fiscalización del tono es una muestra de absoluta falta de empatía e incluso de egoísmo. Lo que importa es la incomodidad de quien está escuchando la crítica, no las razones que puede tener la persona que está realizándola para estar enojada. La fiscalización del tono privilegia la comodidad de unas personas, sobre la insatisfacción –legítima- de otras. Mantiene, en otras palabras, el statu quo. Tercero: detrás de la fiscalización del tono a una crítica social, por lo general está la creencia de que las cosas cambiarían si solo se utilizaran los medios institucionales y pacíficos que «actualmente existen» para tal efecto. Esta es una creencia que es fácil cuestionar con una mirada a la historia: el cambio social –sobre todo el que implica una transformación de los sistemas políticos, económicos y culturales (tal y como implica la lucha en contra del racismo, clasismo y sexismo, por decir lo menos)- nunca ha ocurrido simplemente porque unas personas plantearon unas «ideas razonables» de forma «amable». Si «la razón» y los «buenos modos» bastaran, el mundo ya sería otro”.

Para los policías de los modales, los años de cárcel de estas mujeres indígenas, quedaron anulados. Ya no son lo importante porque ya están libres. ¿Qué importan las vejaciones sufridas si ahora están decenas de periodistas esperándolas para entrevistarlas? ¿Ya qué importa la violación a sus derechos si hasta compensación económica tienen? Lo que les importó de sus testimonios fueron la palabra chingar y lo enojadas que estaban.

Pese a la incomodidad que les ocasionó la verdad de estas valientes mujeres indígenas, ellas se han convertido en defensoras de derechos humanos –como les ha sucedido a muchas otras víctimas en México- y su lucha se ha concentrado en develar las violaciones a los derechos de las personas encarceladas injustamente.

Alberta, Jacinta, Estela y Teresa vinieron a recordarnos con otras palabras que son las mismas que, como dijo la Comandanta Ramona en octubre de 1996 en el Zócalo de la Ciudad de México, “Llegamos hasta aquí para gritar, junto con todos, los ya no, que nunca más un México sin nosotros”.

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