Poder y desastre | Sobre algunas palabras de Monsivaís acerca del terremoto del 85

Por Cinocéfalo* | ➜

¿Cuánto trabajo se requiere para ponerse de acuerdo? Y, ¿qué se negocia en ese preámbulo para la acción? Por supuesto, los consensos para ello surgen de la necesidad. Porque es ahí donde se puede superar la lejanía que separa unas ideas de otras. Justo por ello -se repite incansablemente- es difícil llegar a acuerdos comunes, pues muchas veces eso implica uno de los trabajos más difíciles de soportar: la condición para negarse a sí mismo. Por eso a veces, algo así puede causar sorpresa, debido a que parecería poco posible. Así, cuando aquellos que han estado habituados a usar el poder de la palabra, observan a los otros ejerciendo un derecho similar en condiciones excepcionales, puede parecerles que tal acto, negado en el orden convencional de sus funciones cotidianas, contiene una voluntad impredecible. Quizá por ello las crónicas que intentan la descripción de desastres, dejen normalmente un ánimo de perplejidad, no solo porque son estampas terribles que nos propone lo acontecido, sino gracias al uso del lenguaje para reorganizar tal desastre.

Acá, pues, un mínimo recordatorio a propósito de estos días aciagos, y de la republicación de un texto emblemático que Carlos Monsivaís escribiera el 23 de septiembre en la edición 464 de la revista Proceso, muy poco después del sismo de 1985. Su nombre: “La solidaridad de la población en realidad fue toma de poder”. Se trata de una crónica que relata sus andares por las calles en las que, según sus palabras, circula “el miedo, la fascinación inevitable del abismo contenida y nulificada por la preocupación de la familia, por el vigor del instinto de sobrevivencia”. Luego de una descripción minuciosa del movimiento vivido aquel día, se abre paso en el texto una reflexión que más de tres décadas después cobra una vigencia particular en el contexto mexicano actual:

El 19 de septiembre, los voluntarios (jóvenes en su inmensa mayoría) que se distribuyeron por la ciudad organizando el tráfico, creando “cordones” populares en torno de hospitales o derrumbes, y participando activamente –y con las manos sangrando– en las tareas de salvamento, mostraron la más profunda comprensión humana y reivindicaron poderes cívicos y políticos ajenos a ellos hasta entonces. Fueron al mismo tiempo policías, agentes de tránsito, socorristas, funcionarios del ayuntamiento, médicos, enfermeros, diputados, líderes vecinales, regentes. Por eso, no se examinará seriamente el sentido de la acción épica del jueves 19, mientras se le confine exclusivamente en el concepto solidaridad. La hubo y de muy hermosa manera, pero como punto de partida de una actitud que, así sea ahora y por fuerza efímera, pretende apropiarse de la parte del gobierno que a los ciudadanos legítimamente les corresponde. El 19, y en respuesta ante las víctimas, la ciudad de México conoció una toma de poderes, de las más nobles de su historia, que trascendió con mucho los límites de la mera solidaridad, la conversión de un pueblo en gobierno y del desorden oficial en orden civil. Democracia puede ser también la importancia súbita de cada persona.

Nada más cercano y preciso para estos fatídicos días en los que la tragedia se ha repetido; un poder que se ha reformulado en condiciones políticas distintas de las de hace 32 años, y sin embargo similares si se les mide según la ineptitud estatal, y a la vez de su contraparte en la reorganización del poder colectivo capaz de rebasar las mediocres respuestas de todos los niveles gubernamentales. La participación ha implicado, de nuevo, un nivel de compromiso que quizá pueda resumirse en una frase que escribiera décadas atrás Librado Rivera, magonista mexicano, en una carta fechada el 15 de noviembre de 1928:

Cuando se han encontrado atacados por todas las calamidades nunca han sido los gobiernos quienes hayan sacado de sus apuros a los pueblos, los pueblos mismos se prestan mutua ayuda; los gobiernos no sirven más que de estorbo, hasta impedir la marcha progresiva de su propio mejoramiento hacia una vida mejor y humana.

En esa medida, no se trata tan sólo de una firmeza demostrada con posterioridad al desastre, sino de la semilla de una resistencia que le ha hecho frente, si bien de manera silenciosa, a décadas de simulación y apatía social. Aquellos intereses de ocultamiento y estrategias comunicativas tergiversadas de un sistema corrompido en la mediocridad y la manipulación de todas sus estructuras, por supuesto, son más evidentes cuando la prioridad no es la mera adaptación a las condiciones del capitalismo global, sino a la solución de problemas específicos e inmediatos. Así, antes como ahora, tales condiciones se superan y se autonomiza el uso del poder, las funciones y las estrategias para un fin común. Pero claro; aquello dista mucho de ser suficiente.

Si bien Carlos Monsivaís fue un estratega de la crítica, no por ello pudo trascender su propia condición aliada a una clase intelectual que se ha sostenido a la par de un Estado que condiciona el espacio de trabajo en el que es posible el ejercicio escritural. Lo que no implica, necesariamente, la incapacidad para auto-observarse. En “No sin nosotros: Los días del terremoto. 1985-2005”, libro en el que se recogen distintos textos publicados por el autor a lo largo de los años sobre el tema, y en el que aparece la crónica citada acá, hay una lucidez desde la cual es posible presentir las contradicciones de base:

Se reitera el apotegma del presidencialismo: en el país de un solo partido y un solo dirigente no caben los voluntarios, y el PRI y los funcionarios se aprestan a la compra de líderes y el maniobreo con los damnificados. Pero nada impide por una semanas la vitalidad y el compromiso de los obstinados en hacer de la ayuda a los demás el fundamento de la toma de poderes (Aún no se usa el empoderamiento). En última instancia, el concepto de sociedad civil rehabilita masivamente las sensaciones comunitarias y allana el camino para el “gobierno” de la crítica.

En el surgimiento de ideas como la de ‘solidaridad’ o la de ‘sociedad civil’ hay una búsqueda que en todo caso permitirá el ejercicio de aquella crítica, como intento de rompimiento. Tales nociones, incluso, pudieron haber construido posteriormente la llamada ‘alternancia’, que finalmente se convirtió de nuevo en desazón y reiteración de las maldiciones mexicanas. Sin embargo, esto no canceló el momento de construcción de particularidades identitarias distintas. Es posible reafirmar el regreso a la convencionalidad adaptativa, claro; una inercia que retorna al mundo productivo y a sus minucias técnicas que abonan de nuevo la corrupción y el desvanecimiento de alternativas reales. Y así, de manera intuitiva, aquellos chispazos de empatía y posibilidad comunitaria, pueden esfumarse en el recuerdo, para dar paso de nuevo a la crónica de los días idos y al desasosiego. Por ello, la remembranza funciona para realizar a la larga cruces significativos que pudieran advertir el fracaso y el abandono de aquella fuerza. Claro; el objetivo inmediato de una potencia civil dedicada a labores de rescate es un trabajo gastado en la medida de un objetivo claro: salvar los cuerpos de los desgraciados. Sin embargo, aquello tan sólo podría volverse en contra su propio mal, abonado según condiciones que son potenciadas por erróneas políticas y organizaciones, si es capaz de reflexionar a posteriori acerca de su propia condición. Así no habrá, pues, que escatimar en la recurrencia que administra aquella memoria:

Entre hambre de noticias confiables y sonido de ambulancias, la solidaridad persiste, y en buena medida la toma de poderes cívicos, se rescata con vida a algunos desaparecidos, sigue llegando la ayuda de nacionales y de gobiernos e instituciones extranjeras, se ofrecen escuelas y frontones como albergues, el deseo compulsivo de ayudar va de los radioaficionados a los cuerpos de seguridad y rescate, pero la buena y magnífica voluntad se detiene ante la escasez de recursos. Existe, es la conclusión preliminar, un espíritu cívico y nacional más vigoroso de lo que se suponía. Hay también el agravamiento de la desmoralización fundada en la crisis, hay pesadumbre, y un dolor que es conciencia de sociedad y de país, contagiado y solidificado por los relatos de la destrucción. Gracias a la reverencia por la vida probada ahora en diversos y amplios sectores se profundiza un nuevo pacto social cuya suerte dependerá en enorme medida de la lucha democrática por la racionalidad urbana.

Por ello, las otras voces son imprescindibles. Las de aquellos que pudieran mantener la memoria de un pacto soberano rearticulado por instantes, y que determine las condiciones de urgencia de estas épocas aciagas. Y es que la metáfora, a pesar de todo, está viva; un cuerpo maltrecho puede también ser rescatado. No necesariamente como lo que era; ideal humanista reducido a la sordidez espectral o Estado-Nación sin coherencia ninguna. Antes que eso, un honesto reencuentro con su propia maldición. Podría ser, incluso, como lo plantea Terry Eagleton, un algo que carezca del optimismo banalizado según un progresismo convertido en moneda de cambio de un poder estatal de medialidad oligofrénica. Y aún así, capaz de mantener una esperanza que si bien es preparada en el desasosiego, pueda ser planteada como ejercicio de posibilidad para un futuro distinto basado en factores sutiles, aunque verificables, en el presente.

[*Cinocéfalo es un proyecto de crítica relámpago realizado por César Cortés Vega]
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