Temor, temblor y acontecimiento

Por Misael Quintero |➜

Tenemos que arribar a un concepto de historia de acuerdo con el cual el estado de excepción en que ahora vivimos, represente la regla.

Walter Benjamin.

A propósito del temblor, he tenido poco tiempo de pensar, ya no de escribir o hacer otra cosa que no sea atender una serie de urgencias y contingencias, como si hubiese una necesidad imperiosa de ocupase de otras prioridades, más cercanas al sentir que del pensar analítico, teórico o incluso político. He tenido sin embargo, muy presente la lectura de un texto filosófico estos días, justo cuando me desplazo por las calles de una ciudad enrarecida por la experiencia del temblor. Una ciudad-catástrofe que se reorganiza a partir de sus zonas de desastre, de sus albergues y acopios itinerantes, en el ir y venir de una multitud de civiles que de manera voluntaria y con una intuición muy clara sobre el apoyo mutuo, se hacen cargo de lo que el Estado no es ya siquiera capaz de hacer.

Estos días en que se re-dibuja el mapa y dinámica de la ciudad, y de los vínculos que ésta genera con el resto del país —en particular con aquellas zonas enterradas no sólo por los escombros de un temblor, sino por los muros de una miseria estructural fruto de la ominosa desigualdad de este capitalismo patriarcal―, son, precisamente, días en los que he visto modificada toda mi experiencia de la ciudad junto a una gran cantidad de personas; días en que he decidido tomarme el tiempo para hacer una pausa. Una pausa para re-leer un texto breve que años atrás me hiciera llorar, y que en estos días no ha dejado de resonar en mis modos de sentir, pensar y actuar “¿Cómo no temblar?” (2004) de Jacques Derrida, una conferencia tardía —traducida en México por Esther Cohen (Acta Poética, Núm. 30-2, UNAM)― que el filósofo franco-argelino apenas tuvo oportunidad de redactar poco antes de su muerte.

El carácter material, catastrófico e irreductible del «temblor» le parece a Derrida que no es disociable de toda la serie de connotaciones metafóricas, analogías e implicaciones semiológicas y culturales que circunscriben al temblor más allá de sus puros efectos físicos o geológicos, de aquella vibración expansiva del mundo y de la tierra, de los desplazamientos tectónicos y los derrumbes que hacen al sujeto y la experiencia temblar. Para Derrida es claro que cuando la tierra tiembla, nuestro horizonte de seguridades y certezas también se estremecen, como si advirtiéramos de manera radical la fragilidad del mundo que bajo la “normalidad” de lo cotidiano nos pasara desapercibida, como si no pudiésemos volver más atrás, a esa seguridad simulada de lo que no es dado como mundo.

El temblor, la violencia del terremoto, es siempre excepcional, la emergencia pura del acontecimiento como lo completamente imprevisible, de lo que no es posible calendarizar bajo ningún simulacro de riesgo o previsión del desastre. El temblor es también, el advenimiento de lo extraordinario, la posibilidad insólita de lo diferente, de un espacio y un tiempo límite en el que la fragilidad de las estructuras, las dinamiza y posibilita otras.

Quizá, y sólo quizá dentro de este aspecto excepcional, es que resulte pertinente, sólo por hoy, tomarse un tiempo en medio de la catástrofe, para reflexionar sobre todo lo que hemos venido viendo y viviendo, para seguir reescribiendo nuestra experiencia, pero además y ante todo, este juego retórico alrededor del temblor. Nos parece claro, que también en las aporías del sismo acontece una política: «El terremoto —escribe Derrida―, el seísmo, la sacudida sísmica y sus réplicas pueden convertirse en metáforas para designar toda mutación perturbadora (social, psíquica, política, geopolítica, poética, artística) que obliguen a cambiar de terreno brutalmente, es decir, imprevisiblemente», (2004: 23).

Estaríamos así, enfrentando una nueva disposición material en el campo de lo real, en la que una mutación perturbadora del espacio físico, en este caso la situación dada a partir del temblor de hace unos días, estaría modificando también nuestro plano de experiencias y el horizonte de nuestras expectativas, así como de prácticas, desplazamientos y actividades.

El sismo del día 19 de septiembre, 2017, se nos presenta como el acontecimiento que vino a marcar nuestra diferencia con respecto a la repetición de lo ya sucedido en 1985 en la Ciudad de México, el advenimiento de un nuevo suceso catastrófico ahí donde parece que como sociedad civil nos enfrentamos a lo mismo: corrupción, desvío de recursos, hostilidad y represión de las autoridades. Una diferencia que en medio de la pura repetición, abre un lugar para el acontecimiento revolucionario, una revolución molecular que re-orienta la intensidad de sus miedos e inseguridades hacia una nueva potencia del obrar colectivo.

El temblor que describe Derrida implica también una experiencia del miedo, un miedo que hace temblar al cuerpo, que nos estremece a profundidad. La violencia del temblor atraviesa nuestros cuerpos en su franca vulnerabilidad, y esto es claro no sólo para los cuerpos que todavía yacen, aún con esperanza de vida bajo los escombros, sino también para quienes de una u otra manera, hemos visto trastocada toda nuestra rutina en pocos días. A raíz del temblor, no somos ya los mismos: «No podemos no temblar en el momento de pensar, de escribir y, sobre todo, de tomar la palabra, en particular cuando a falta de fuerza y de tiempo, lo hacemos de manera más o menos improvisada; y sobre todo cuando se trata de interrogarse […], explícitamente, literalmente, y de manera sistemática, sobre el sentido, los sentidos, los diferentes sentidos, a veces heterogéneos, así como la esencia del temblor, sobre lo que quiere decir temblar», (2004:23).

Nos preguntamos así, no ya por lo que fue el temblor, el sismo que aún continua des-organizándonos, sino por lo que viene siendo un temblar en nuestro cuerpo, un estremecer que nos impide una vuelta al plano homogéneo de lo cotidiano. El vibrar de la tierra que derrumba nuestros edificios, casas, estructuras y puentes, es un vibrar de la materia que nos expone radicalmente a nuestra vulnerabilidad, haciendo evidente la fragilidad de nuestra vida y de la sociabilidad humana en general, así como de la patente inviabilidad de sus elementos institucionales y gubernamentales, en particular.

El temblar de los suelos ha puesto en evidencia no sólo la fragilidad de nuestras construcciones, sino el operar corrupto y no representativo de toda una serie de estructuras políticas, económicas y sociales, que ante la situación de desastre, se han visto prácticamente rebasadas por una multiplicidad de organizaciones emergentes de la sociedad civil. El rescate de personas bajo las ruinas y la labor de reconstrucción de las viviendas y de la sociabilidad, no sólo en la ciudad sino en diversos municipios del país, ha dado lugar a una serie de acciones y prácticas comunitarias que se orientan por una ética implícita de solidaridad y apoyo mutuo entre las personas. La anarquía se sucede como puro acontecimiento, justo en aquella excepcionalidad que quiebra el orden y temporalidad de las instituciones, para dar lugar a una emergencia de comunitarismo y autogestión que, sin embargo, no deja de enfrentarse a la hostilidad y represión de las autoridades, como bien quedó claro en los rescates de la fábrica textil de la Colonia Obrera y el edificio residencial en Álvaro Obregón 286, ambos abiertamente frustrados y acosados por el Estado, sin mencionar todo el desvío corrupto de recursos y acopios ciudadanos documentados en manos de funcionarios e intereses particulares.

El caso de esta fábrica con amplio personal femenino es paradigmático en muchos sentidos, pues revela el carácter vertical del poder y de la circulación-acumulación abstracta del valor, mismos que atraviesan los múltiples estratos de la sociedad y la infraestructura humana. La división sexual del trabajo que caracteriza a la sociedad industrial, se muestra patente entre las ruinas de esta tragedia, pues justo se advierten las condiciones que llevaron a gran cantidad de personas, en su mayoría mujeres, a morir bajo los escombros de una arquitectura física y económica que explota la mano de obra femenina sin consideración alguna por sus vidas. En ese sentido, no es equívoco el reclamo feminista que denuncia el carácter patriarcal —y no sólo capitalista― de la fábrica y la corrupción institucional que la hace posible, incluso si las empleadoras fueran (en este caso) mujeres, o si la catástrofe involucrara también y de forma indistinta a los varones.

Al momento de esta redacción —madrugada del martes 26 de septiembre― se cuantificaba un número mayor de mujeres bajo los escombros, me abstengo aquí de trascribir las cifras por respeto al nombre de aquellas víctimas que nunca podrán ser reductibles a una cuantificación numérica de muertos o sobrevivientes. Pero lo cierto es que se advierte una desigualdad estructural de afectación en términos de género y clase social, en donde las mujeres trabajadoras quedaron expuestas aquí como lo que realmente son para la cotidianidad del capital: engranes de una máquina que no procura la vida sino su pura explotación mercantil. En el mismo sentido, es claro que fueron las zonas más desprotegidas y pobres, las más directamente afectadas por la pérdida de viviendas. La corrupción del Estado y sus instituciones se advierte notoriamente antes y después del temblor, por omisión o deliberada flagrancia, la deslegitimación y carencia de representatividad de las estructuras de gobierno es ya un hecho patente.

El temor que ahora me aqueja, que a muchos aqueja, se parece un tanto al temor que refiere Kierkegaard a propósito de la imprevisible voluntad de Dios, un temor que hace temblar ante el advenir ominoso de lo inconmensurable, y sobre el hecho excepcional que esto supone, excepcional en el campo de los valores y del actuar ético fundamentalmente. Un temblor que nos hace temblar de miedo, y que nos enfrenta también al problema de la justicia, la posibilidad de justicia para las víctimas, es decir, para el espectro de nuestros muertos, de este y de todos los sismos, incluyendo las catástrofes que aún no suceden, y que por su propio carácter contingente, resultan imprevisibles, manteniéndose como posibilidad virtual de lo real.

Los tonos mesiánico, románticos y apocalípticos que acompaña nuestra retórica acerca del mundo, nos sitúan en un discurso limítrofe que corre el riesgo en todo momento de ser coptado por la ideología, incluyendo particularmente las narrativas heróicas y super-yoicas que espectacularizan la tragedia y alimentan la hegemonía. Nuestro actuar forma parte siempre de algún relato, somos sujetos narrativos, en el sentido de que nuestro yo es también la repetición y actualización de una memoria dispuesta como narración. Pero el temblor, dice Derrida, «corroe desde una falla subterránea a la autoridad, corroe la continuidad, la identidad del “yo” y sobre todo del “yo” como sujeto, como sustancia o soporte, sostén, sustrato, fundación subterránea de una experiencia en la que el temblor no sería más que un accidente, un atributo, un momento pasajero», (2004:24-25) Se trataría pues, de darnos cuenta que la catástrofe vino a enfrentarnos con una narrativa distinta de nuestra realidad, que nos sitúa ahora frente a un escenario aún más atropellado, un escenario de ruina cuya tragedia nos expone a un cierto estado de excepción en donde la relación de nuestros cuerpos frente a los aparatos del poder y el Estado ha sido puesta en suspenso.

Nos enfrentamos a un nuevo escenario de escombros, un teatro barroco de ruinas y fragmentos donde lo que queda, además del rescate vigente de personas con vida y la recuperación e identificación de los cuerpos, es la reconstrucción de la sociabilidad ahí donde el hecho excepcional vino a modificar nuestra manera de habitar; esto es sin embargo, imposible, imposible debido al propio carácter acontecimental del temblor, que trastocó a profundos niveles toda la dinámica social, y que impiden una re-inscripción de la normalidad anterior a este. Las autoridades insisten en una vuelta al estadio anterior de las cosas, en las que el temblor aún no hacia visible la inoperancia e insostenibilidad del Estado, y en el que la sociedad civil no tomaba las calles ni participaba activamente de lo político a través de la organización solidaria. Y sin embargo el temblor ha abierto también una oportunidad para hacer posible lo imposible, el ejercicio de una sociabilidad regida por un principio extraordinario de apoyo mutuo, y que habría que cultivar con mayor intensidad, sobre todo ahora que la reacción normalizadora pretende imponer de nueva cuenta el tiempo homogéneo y vacío de la hegemonía. Se trata pues de demoler, demoler con nuestra praxis toda esta infraestructura de explotación y muerte que nos hunde entre corrupción y violencia, para hacer florecer por el contrario, arquitecturas otras de lo comunitario y la solidaridad a través de nuestro actuar autónomo.

@refresco_ | 26 / septiembre / 2017

 

Anuncios

Un comentario en “Temor, temblor y acontecimiento

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s