19S: el espectro de la soberanía ciudadana | (1ª entrega)

Por Cuauhtémoc Camilo | ➜

La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno.

Artículo 39, Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

I. Confusión y ambigüedad en las ruinas de la historia

Sólo después del terremoto, después del shock producido por el desbordamiento de la realidad en pedazos, los sentimientos y pensamientos encontrados sobre nuestra cotidianidad mexicana comienzan a esclarecerse. Quizá estos sentimientos encontrados –que tantos de nosotros experimentamos en los últimos días– tengan su origen en una contradicción: que la paradójica solidaridad desmedida y la empatía por el sufrimiento ajeno no corresponden con la cotidianidad de injusticia y violencia que vivimos los otros días.

No deja de ser irónico que sólo una violencia de magnitudes apocalípticas nos sacudiera de las violencias cotidianas y normalizadas, que en la práctica cobran muchas más vidas y causan más daños, aunque no son visibilizadas. Hay algo que no checa en el impulso solidario del instante y la cotidianidad violenta, desaforada. De ahí el malestar, los sentimientos encontrados, la confusión.

La sociedad mexicana ha sufrido un duro revés de la historia, una historia que se lleva y se cuenta en la carne, que se siente y nos hace estremecer día a día, un golpe que nos ha dejado viendo estrellas, confundiendo las fechas y los nombres. Y es que, al menos para los mayores, es como si el eterno retorno repitiera el 19 de septiembre de 1985, 32 años después lo mismo, como un bucle o déjà vu que mezcla el presente y el pasado sin tregua. A eso hay que sumar que apenas una semana después del sismo y aún buscando entre las ruinas sobrevivientes y cuerpos, se cumplen tres años de Ayotzinapa y los cuerpos de los ciudadanos mexicanos aún no aparecen.

En medio de la muerte y el dolor ocasionado por el sismo, en medio de las corrupciones administrativas que éste destapó, la historia se agolpa como una ruina, como si el temblor desmoronara las apariencias y nos recordara que el ayer está enquistado en el hoy porque la historia es presente y no pasado. Ayer tembló y también Ayotzinapa llaga como si fuera ayer. Las fechas coinciden y muchos septiembres se amontonan en este. Ayer, 26 se cumplieron tres años de la infamia que perdió a los normalistas, una infamia parecida y distinta a la que sentimos cuando vemos la miseria eternizada en las comunidades arrasadas por el 19S en Morelos, Puebla, Oaxaca o CdMx, distinta y parecida a aquella de las corruptelas urbanas, al desvío y apropiación de la ayuda popular o a la egolatría de los funcionarios públicos que posan unos minutos “solidariamente” para las fotos y videos destinados a los medios de comunicación.

Parecida, o distinta, la infamia en México tiene la impronta de la apariencia. Infame es dar por hecho que se juega con las reglas que todos conocen pero que, en realidad, sólo se juega y valen otras reglas que muy pocos conocen. Ya sea física o burocrática, normalizada o excepcional, esa infamia sólo puede ser sostenida mediante la violencia, una la violencia que siempre se trata de hacer pasar por otra cosa, es decir, por control, agenda normalidad o bienestar. En ese sentido, “volver a la normalidad” quiere decir volver a las apariencias y admitir sin explicaciones, protestas o interrupciones un programa, un schedule no decidido por la ciudadanía ni concertado por los principios establecidos propios de la forma de gobierno que nos rige: el de la soberanía popular y la democrática.

El envío de militares armados, así como la concentración y redistribución de la ayuda ciudadana por parte del gobierno son las respuestas dadas a la voluntad popular y la organización ciudadana, gesto violentas de normalización para mantener una agenda nacional que no toma en cuenta a los miembros de la nación. Más que la ambigüedad de servir a un régimen que no nos sirve ni considera nuestros deseos colectivos, el malestar profundamente inquietante que el sismo ha traído consigo tiene dos lados: para la población la paradoja de que el mismo pueblo que es capaz de dar y generar tanto, de organizarse e informarse con veracidad en momentos de contingencia, también ha permitido el abuso, la máxima impunidad y la mentira descarada en lo cotidiano; mientras que, para el gobierno, la aporía en la que “no hay nadie a quien culpar de la desgracia”, no hay razones para impedir o reprimir la libre organización y decisión ciudadana que, evidentemente se ha salido de la agenda electoral rumbo al 2018, empezando por la exigencia de donar presupuesto destinado a los partidos políticos y la presión local e internacional por explicar tanto las irregularidades y corrupciones urbanísticas de la CdMx como las condiciones de miseria en la periferia capitalina.

En momentos de confusión y ambigüedad, la sociedad exige cuentas para ponerse de acuerdo, para entender qué ocurre y atender el malestar que la aqueja y, entonces sí, dejar el caos y volver a la agenda que decida. Es falso entonces que la solidaridad sea anónima, pues su nombre e identidad no está en una persona o en un partido o corporación, sino en una causa común, necesaria y apremiante que puede tener distintas maneras de nombrarse. Esa causa exige respuestas y unión de voluntades, no partidismos oportunistas. La pugna por esa causa es una cuestión política, es decir, un asunto de la ciudad, una cosa de orden público, y como tal requiere de una reflexión, organización y conocimiento colectivos en lugar de imposiciones, concesiones y licitaciones entre particulares.

En la siguiente entrega, sacudidos un poco más de estos sentimientos encontrados y confusiones temporales, indagaremos sobre la idea de soberanía ciudadana en función de a) agendas y b) la responsabilización de los efectos causados por la organización ciudadana.

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