Striptease del deseo o la pornografía en el mercado del arte

Aquel artista incapaz de inocular el deseo de las mayorías consumistas o de las minorías selectas que lo auspicien es en realidad un reforzador del deseo cosificado y económicamente alineado. El anti-artista, que ejerce una crítica al deseo, es quien trabaja con los deseos fracasados, aquellos que revelan las ficciones y fantasmagorías que nos sostienen.

Por Cuauhtémoc Camilo | ➜

El hada, gracias a la cual se tiene derecho a un deseo, existe para todos. Sólo que son pocos los que logran recordar el deseo que han expresado. Walter Benjamin

Tal vez los deseos sean una red de imágenes equivocadas a la mitad de un puñado de experiencias que nos hicieron felices.

Y luego, bien apretados, esos puños nos parten la cara. En especial cuando no sabemos ver a través de ellos.

No es algo que se aprenda fácil.

Ver a través de los deseos propios y de los ajenos es aprender a ver la codificación de las ilusiones y para eso se necesita, además de experiencia y sensibilidad, fuerza, mucha fuerza para sostenerse en el vacío. No es un simple asunto de voluntad. La ruptura, el desencanto o la pérdida son necesarias; sólo entonces los deseos perdidos se convierten en otra cosa; por ejemplo, en pinturas, ideas, gestos o canciones que podemos manejar y poner a contraluz para ver a través de ellas…

El deseo se mira como a medusa: por reflejo y nunca directo a los ojos. Ver al deseo de frente te enloquece o te deja ciego, se apodera de ti; pero las imágenes, palabras o  gestos permiten observarlo indirectamente y acercarnos a él, como los exploradores al animal salvaje. No obstante es una trampa, pues el deseo es el explorador y nosotros la presa.

El mecanismo es sencillo: confundimos equivocadamente, como el ratón el queso envenenado, la inigualable alegría de un instante con una persona, una circunstancia o una acción y después tratamos de hacerla persistir, de recuperarla, incluso de convertirnos en ella, pero cada vez nos parece más lejana.

Y en cierta forma está más lejos. En parte porque es mayor nuestra ansiedad que la actualidad de lo deseado, en parte porque por ese deseo ha detonado lo que somos, hacemos y pensamos. Y aquello que somos se ha fundido con otros intereses que asociamos con un deseo y que creemos primigenio, pero no lo es. A propósito, quizás esa sea la premisa poética de la película Inception, (que no sin ironía fue traducida como el origen), de Christopher Nolan.

Si formular el deseo originario es imposible, no sólo sería imposible cumplirlo sino que cualquier cosa podría asociarse con él. En este sentido, es posible que el deseo  preexista, en la experiencia vital de cada uno de nosotros, a la adquisición del lenguaje. Demostrarlo tampoco es posible. Genética aparte, los talentos “naturales” de una persona pueden estar predispuestos por la atención y el deseo que depositamos en algo antes de ser capaces de reconocerlo, de registrarlo o formularlo lingüísticamente.

“Pocos logran recordar el deseo que han expresado” nos dice el filósofo Walter Benjamin, pero menos aun serían aquellos que pueden expresar su deseo más profundo, cuando menos esos deseos o angustias primarias que los llevará a elegir una profesión, una personalidad o a enamorarse.

Los años y la mediación social traducirán esos deseos en fetiches: dinero, poder, belleza, fama, dispositivos conceptualmente complejos pero lingüísticamente simplísimos.

Cosificados mediante conceptos bien definidos, los deseos se opacan como dos puños cerrados que nos parten la cara cuando queremos verlos a los ojos, pero aquí y ahora ¿quién necesita sus ojos si está conectado a la realidad virtual de sus deseos más hondos, a esa fuente de energía que lo mismo impulsa a esforzarse por algo que a matar por ello? y ¿quién los necesita cuando anímicamente funcionamos como plantas alimentadas por el sol de nuestros propios deseos y anhelos?

Aquí y ahora, el mundo de lo económico administra y proyecta un repertorio de deseos en función de su propia extensión y reforzamiento. Y aquel que sea capaz de condensar los deseos de las multitudes puede hacerse millonario o subvertir el orden al que éstas se alinean. Buda, Cristo, Sócrates o Gandhi son ejemplos históricos de ese poder subversivo, y el poder, el ejercicio del poder, es más valioso que el oro.

Pero aquí y ahora los Gandhi, los Cristos existentes (hay uno en cada comunidad en situación de abuso o guerra) son neutralizados y en su lugar se endiosa a actores y cantantes que por unos cuantos millones promueven el deseo económicamente correcto.

Una figura pública amada o temida, por ejemplo, puede estar en la calle con los bolsillos vacíos y conseguir comida, casa, amantes, resguardo y atención sin el menor esfuerzo y ese poder ni siquiera está enfocado a algo que no sea él mismo. En cierto modo ese individuo personifica un deseo colectivo y cosificado que se correspondido con atención y favores.

Desafortunado aquel que no sea un star y pretenda condensar el deseo colectivo. El artista contemporáneo -que es uno de ellos- no la tiene fácil: debe ganarse la permisión social de su expresión y cultivar un carisma, que aparte de su talento, le proporcione becas, premios o incentivos. Más que el mero hecho de agradar al público, su presencia en el mundo de la economía consiste en justificar, profesionalmente, que no todos puedan expresarse de forma remunerada y dedicarse a ello de tiempo completo; que haya expresiones mejor validadas que otras o que unos tengan derechos creativos y otros no.

Y la cuestión no es que a todo el mundo le interese validar y vivir de su expresión sino que la expresión, para capitalizarse, debe devaluarse.

Acá se podría hablar de dos asuntos que se derivan de esta conclusión: 1) la precariedad del artista, su autonomía y condiciones creativas, 2) el privilegio de la expresión, de los reyes poetas a los supermodelos y figuras públicas. Sin embargo, preferiría desarrollarlas en otro momento.

Si la población y las políticas de estado son crueles con los artistas -y lo han sido desde hace milenios- quizá sea por la ambigüedad de su figura: admirada por condensar el deseo colectivo, a la vez que repudiada por su privilegio y acaparamiento expresivo.

Aquel artista incapaz de inocular el deseo de las mayorías consumistas o de las minorías selectas que lo auspicien es sumamente vulnerable; él, que trabaja con el deseo pero no quiere ensuciarse las manos tocándolo y comprendiéndolo, arrancándole el blizter que lo protege, termina, si no despojado de expresión, sí creando sólo para sí mismo, lo que equivale a capricho o necedad, a la cancelación del arte en términos de vínculo y apertura a la alteridad.

En ese sentido, el artista no constituiría la fábrica del deseo (pues aun si trabaja para ella sólo está contratado), no sería un vaso comunicante ni una expresión del deseo colectivo, sino un reforzador del deseo cosificado y económicamente alineado. Es el anti-artista (anti- por ejercer una crítica al deseo, ya sea en su forma técnica, procesual, conceptual o de resultados) quien trabaja con los deseos fracasados. Frustrados o incumplidos, los deseos revelan las ficciones y fantasmagorías que nos sostienen, el trademark al que pertenecen, su línea política y su discursividad conceptual.

Pero tarde o temprano el deseo se desnuda y en su striptease lo que poco a poco aparece no es la desilusión (la ilusión perdura a pesar de nosotros), sino la confrontación con la crueldad del mundo económico y con los deseos rotos de los demás artistas y ciudadanos. Los deseos no envejecen y su carne firme precipita nuestra melancolía: la añoranza de no haber deseado otra cosa, o de haber creído, ingenuamente, que veíamos a través del deseo, cuando lo que veíamos era su desnudez cruda y traumática, no la poética del deseo que nos permite articularlo y observarlo indirectamente sino pornografía anímica, ansiedad y dependencia frente a un mundo que entonces resulta  imposible imaginar de otra manera.

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