En diálogo con ‘Temporada de Huracanes’, de Fernanda Melchor

Por Jorge Pérez Escamilla | ➜

 

620DC276-6481-43F5-8E0C-8B542EB09371¿Cómo aproximarse a nuestra violencia? ¿Es eso posible? ¿Lo es, inclusive, en tanto deseo? La novela de Fernanda Melchor, Temporada de Huracanes (Random House – Mondadori, 2017), es un ejemplo paradigmático de lo apuntado anteriormente. El texto se articula cual una serie de relatos conectados entre sí que rondan un hecho trágico — en esa medida, fundacional — sin poder asirlo del todo: el asesinato de una bruja. La prosa de Melchor, a ese respecto, es vertiginosa, exhaustiva. En sus largos capítulos resulta igual de importante involucrarse con el devenir del lenguaje a manera de meta relato que con las historias que moldea. Su prosa se desplaza de manera camaleónica ante la imposibilidad de fijar una sola memoria, un solo relato capaz de dar sentido a un presente delirante; avanza de manera frenética y angustiosa, sin poder detenerse, pareciera. Pero es que, al final de cuentas, ¿cuál es el gran relato de nuestra violencia?

A manera de invocación, la violencia (de género, sexual, de estado, criminal) protagoniza su relato e irrumpe en el transcurrir de los eventos para aseverar que lo que reina en aquel país escrito —acaso el nuestro— es el terror, no tanto el caos. Cabe decir, la violencia, la sobre abundancia de muertes y vejaciones ha fundado ya otras ciudades y con ellas otros ciudadanos, más no conocemos con claridad sus nuevas leyes y, por ende, los nuevos límites de lo real.

En ese sentido, una constante en el trazo de los personajes que aparecen en la novela sería el continuo y progresivo extrañamiento que estos viven. Dicho extrañamiento terminaría no en la normalización de una serie de malestares, sino con su imposición en la vida diaria, lo cual implicaría un triunfo de la obscenidad. La violencia establece entonces una agencia que merca con lo secreto, con lo obsceno y que negocia con la exposición (a manera de extorsión) de esto mismo: desde revelar la orientación y filias sexuales de los protagonistas, sus crímenes, hasta exponer por medio de asaltos físicos los órganos —escondidos, secretos— del cuerpo.

El de la Bruja, ese cuerpo en descomposición, tan presente como inasible, parece ser lo que desata el hilo narrativo, sin embargo, Melchor sugiere (infiero) que dicha muerte es una parte más de una vorágine cuyo origen es muy difícil ya de situar. Se asoman las preguntas: ¿cuándo se pudrieron las cosas? ¿Qué lo detonó? ¿En qué momento se originó nuestro culto a los cuerpos destazados y en descomposición? Son aquellos la piedra sobre la cual edificamos nuestras nuevas ciudades, nuestros nuevos pactos sociales.

Leemos la transfiguración del cuerpo de la Bruja a fantasma; de cuerpo vivo a lenguaje, a mandato. El lenguaje, de narrativo, deviene en metonimia polisémica que ronda una serie de hechos íntimos, criminales y erráticos. Temporada de huracanes se ofrece cual constelación de instantes, colección de circunstancias que se vienen sucediendo —tan idénticas como distintas las unas de las otras: violaciones, incestos, asesinatos, hurtos, etcétera— y que terminan, a su vez, por reventar las nociones de territorialidad y pertenencia; de civilidad y legalidad. La Matosa o Valles, poblaciones que enmarcan el transcurrir de los personajes, lo mismo refieren a Veracruz que a Tamaulipas, a Sinaloa que al Estado de México. Vivimos, entonces, en el tiempo y territorio no tanto de los bárbaros sino de los monstruos. La novela de Melchor se adentra en esta temporada de ironías forzadas y descarnadas: de seres infrahumanos que no responden ni siquiera a las preferencias sexuales normadas en la diferencia; seres cuyas vidas y muertes resultan igual de confusas de asir, de significar y que, por ello, se vuelven insignificantes para el Estado que regula los pactos sociales. Aquí se desarrolla de manera muy potente el proceso de inoculación del monstruo y de lo monstruoso en el cuerpo social como parte de la violencia extrema que vivimos de manera abierta en el país desde hace por lo menos una década. La legalidad, la ética, e incluso el deseo, el placer, son palabras que en estos relatos adquieren nuevas, otras, acepciones. Nuestro lenguaje aparece renovado por una operación de desgaste, de borradura. La conjetura es tan tremenda como patente: al final seremos nombres sin cuerpo a reconocer; o viceversa.

La prosa de Melchor, más que intentar asirse a lo real, reconoce la capacidad devastadora que puede tener la violencia al momento de instituirse lenguaje: los cuerpos ejecutados, vejados, desaparecidos, mutilados, desollados, calcinados, articulan mensajes más contundentes que cualquier frase escrita u oralmente dicha. Con dichos cuerpos se busca re metaforizar de una manera brutal la civilidad y el pacto con la ley. La violencia (neoliberal, del capitalismo tardío), a ese respecto, deviene en la inoculación de la agenda de una institución descabezada, fantasmagórica, implacable, cuyo cuerpo desconocemos pero pervive como recuerdo y narración en todas partes; en ninguna en particular; en nosotros mismos. Vivimos y leemos con la amenaza de ser transfigurados en uno más de los signos que sostienen la convención de la crueldad que nos rige en el campo social del México actual.

 

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