Presencia y angustia del ocultamiento [Sobre bloque hegemónico y algoritmos] I

[La apuesta por la supremacía]

Por César Cortés Vega | ➜

Encantadores los sujetos que nos auto-representamos en las celebraciones —de variopinta calidad— que el capitalismo cultural nos ofrece. Somos productores, sí, aunque también somos la ofrenda precaria de los días, su baile y su canto, su rito ceremonial y sacrificio. Algunos muestran orgullosos las pieles luminosas de la especulación: si finalmente el conocimiento de cómo se mueve la mole citadina es nuestro más caro aprendizaje para subsistir, ¿cómo negarse al influjo de una personalidad latente que busca caricias emanadas de la presencia no administrada? Lo que, por ejemplo, la crítica banal acerca de los hípsters y demás fauna social clasificada ha alcanzado a señalar, sin embargo: estándares de comportamiento en las generaciones dejadas en el basurero del capital; el wanabe tomando finalmente forma, haciendo evidente su necesidad de adecuación para resistir el arrinconamiento social. Con ello se abona a la burla antes soterrada y sin objetivo, que banalizará siempre las posturas disidentes y sus explicaciones intelectuales, simplificándolas a un enfrentamiento clasista o generacional sin mucho rumbo. Así, en la defensa de la singularidad emanada de una supuesta honestidad “natural”, hallamos también un conservadurismo modelado en los términos de la convencionalidad y su autenticidad. Los moralistas del sistema contemporáneo anunciaron a uno de sus primeros genios malignos: el cadenero como administrador del deseo que no a todos permite pasar al ‘antro’ de la representación, como en aquel cuento de Kafka en el que un hombre se pasa la vida entera intentando convencer al guardián de las puertas de la ley.

Sin embargo, como tal, el cadenero nunca es invitado a participar de la fiesta guapachosa de la hegemonía. Ésta será reservada a los otros, sigilosos que se basan en el ocultamiento para animar la auto-representación. Las fórmulas se complejizan entonces, pues no basta con acondicionar y adoptar adecuadamente los tics, sino que además es necesario tener un control del cuerpo y sus ideas dentro de la estructura. Esto es: lo que Gramsci llamaba ‘el bloque hegemónico’ en concomitancia con las bases materiales o el control de la estructura, su puesta en acción en tanto disemina una moral que no se cuestiona, y que brinda seguridad al determinar los límites del mundo y su acción social. Para decirlo en otras palabras, la presencia de unos modos de hacer que determinen la dirección política para el sostén del Estado.

La vitalidad del pensamiento gramsciano sigue siendo vigente en esos términos: la observación con detalle de la ideología que regula la base material de la sociedad, y que no solo está compuesta por las instituciones, sino que implica un sistema de significados complejos y sus diversos flujos. La hegemonía cultural mediante la cual hasta los más breves actos están inscritos, detiene y determina las posibilidades de todo cambio. La idea de lo ‘nacional’, por ejemplo, es una de las más representativas, pues con ella, controlando los medios de transmisión, se enaltecen o restringen los sentimientos de identidad como una mistificación que protege al pueblo de un enemigo ideal, enfrentándolo a un antagonista en la abstracción de la exterioridad. Un proyecto nacional hacia la mitologización de su destino.

La apuesta de la supremacía —que nos puede parecer un término lejano— es, por supuesto, el dominio de la fuerza. Pero también, y de manera fundamental, está basada en las sutilezas de la dirección moral e intelectual que implica grados de determinabilidad y sofisticación, bajo la premisa actual de la multipolaridad de los intereses de los grupos humanos contemporáneos. Sin embargo, el dominio como objetivo de la seducción depende hoy del cálculo, como ocurre en la economía. Pensemos, por ejemplo, en el llamado Flash Crack del 6 de mayo de 2010 en el que el índice Dow Jones se vino abajo cerca de 1000 puntos. Interpretación en milisegundos de los movimientos en las transacciones: High-Frequency Trading, enfrentada por un algoritmo independiente operado a distancia por Navinder Singh Sarao. Aquello provocó una contradicción de algoritmos, cuando se enviaron múltiples órdenes de compra simultaneas, en grandes cantidades a diferentes precios, creando una oferta irreal de acciones en el mercado, lo cual provocó que la bolsa se desplomara unos cuantos minutos. Y si esto no se convirtió en una catástrofe económica, fue gracias a la capacidad del sistema de datos para re-equilibrarse. Si bien la conclusión superficial fue que se debía tener una supervisión humana constante sobre cómo los algoritmos avanzaban, esto solo advertía sobre las mejoras por venir en la regulación de los flujos de información, y en la restricción al empleo libre de algoritmos. Las leyes punitivas recientes, disfrazadas de protección a los derechos de autor, no tendrían otro objetivo al limitar, incluso, la posibilidad de reparar o intervenir los dispositivos.

Y el valor sagrado para ello es la velocidad con la que la los bits unificados puedan interpretarse, y un feed back hiper moralizado para conducir las conclusiones hacia la mutación de la cultura que no hace parte de las ideas ‘necesarias’ para la circulación de capital inmaterial. El concepto de ‘bloque hegemónico’ puede extenderse así a estos nuevos mecanismos, cuyo objeto es la reorganización de un sentido que permanezca visible y lo más inalterable posible. La centralidad del procesador de un ordenador que convierte todo algoritmo en conductos para alimentar la big data, o incluso la información necesaria para una Inteligencia Artificial regulada. Su moneda de cambio: las veleidades de la presencia creativa, desbordante, de sarcasmos convertidos en memes, o nuestras suspicacias fragmentadas. Su rango de acción: las posturas humanistas o reformistas, al borde de la catástrofe, imaginando que ello detendrá el avance del desastre… Y un cadenero buena onda, vigilante, aunque condescendiente.

Para cerrar esta primera entrega, habrá que recordar una frase de Foucault:

El humanismo consiste en querer cambiar el sistema ideológico sin tocar la institución; el reformismo en cambiar la institución sin tocar el sistema ideológico. La acción revolucionaria se define por el contrario como una conmoción simultánea de la conciencia y de la institución; lo que supone que se ataca a las relaciones de poder allí donde son el instrumento, la armazón, la armadura.

Foucault, Michel. Microfísica del Poder. Madrid, La Piqueta. P. 42

[Continúa en próxima entrega]

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