La incomprendida y despreciada misión de las bibliotecas públicas en México

Pretender que la biblioteca pública sea un palacio o universidad de la lectura implica el desconocimiento absoluto de la hospitalidad que sostienen estos recintos. Uno de sus rasgos principales radica en la bienvenida radical de cualquier persona, independientemente de sus pretensiones de uso. Por supuesto, eso no basta para que el equipo bibliotecario haga su magia: encantar al que solamente viene a dormir, orientar al extraviado, asistir a la autodidacta, colaborar con la universitaria. Las bibliotecas públicas crean por principio relaciones entre el saber, pero sobretodo entre las personas.

Por Alejandra Quiroz Hernández | ➜ 

El movimiento bibliotecario emprendido por José Vasconcelos está en vísperas de cumplir un centenario. Sin embargo, pareciera que desde Vasconcelos ningún actor político ha pensado detenidamente en las bibliotecas públicas como espacios imprescindibles para la educación y la cultura. Si llegan a hacerlo las vinculan a una misión bastante reduccionista con respecto a su potencial real: el fomento a la lectura. Digo que es reduccionista porque la formación lectora está muy atada a la infancia, así que los esfuerzos se dirigen a esa población a pesar de tener adultos sin opciones para el aprendizaje a lo largo de la vida.

Según los datos de la Encuesta Intercensal 2015 del INEGI, solamente el 44% de la población en edades de 15 a 24 años asiste a la escuela, lo que resulta en que el promedio de la educación de este país se limita a la secundaria completada —un poco más, dice el reporte. ¿Qué opciones para educarse, instruirse, formarse, recrearse, tienen los y las mexicanas?

Además, es pertinente considerar que las bibliotecas permanecen abiertas en el mismo horario en el que las personas trabajan. Esto sin contar el tiempo que invierten en los desplazamientos de su casa al trabajo. ¿A qué hora dedicas tiempo a la autoformación?

Con algunas excepciones, el Estado mexicano ha permanecido en deuda con su población respecto a la oferta permanente de oportunidades para moverse de los lugares histórica y socialmente asignados.

De Vasconcelos, lo que les conviene

A la menor provocación, como epígrafe o motivación, aparece repetidamente esta frase Vasconcelista: “La biblioteca complementa a la escuela; en muchos casos la sustituye y en todos los casos la supera”. ¿Será que se entiende o es solamente una bonita argumentación? Las frases célebres de Vasconcelos han adquirido una dimensión puramente ornamental. Hoy día no hay biblioteca pública que supere la escuela. Quizá las hubo antes pero no se hizo registro ni se difundió su labor. Se ha vuelto una ficción romántica que no hace eco en ningún plan de desarrollo. Recientemente, en el Plan Sectorial 2020-2024 de la Secretaría de Cultura las mencionan y reconocen como la infraestructura cultural más disponible en el país pero no queda claro de qué manera van a impulsarlas. Eso sí, refuerzan la noción de que las bibliotecas son espacios para la formación de lectores ¿y nada más?

La pretensión de Vasconcelos era, en primer lugar, combatir el analfabetismo. Problema que no ha sido del todo superado en más de 200 años de nación independiente. Inspirado por sus visitas a las bibliotecas Carnegie en Estados Unidos —un modelo de bibliotecas que perseguía la educación de los adultos, construidas con dinero del millonario Andrew Carnegie y otras generosas aportaciones—, Vasconcelos trajo consigo la convicción de que se necesitaban universidades para el pueblo. En este sentido coincide con el espíritu de Melvill Dewey (1889), el controversial bibliotecario creador del Sistema de Clasificación Decimal, quien asegura: “La observación me ha convencido de que la razón por la cual tantas personas no son lectores habituales es, en la mayoría de los casos, que realmente nunca han aprendido a leer” (p. 8 ).

Con la creación de la Secretaría de Educación Pública se procedió a trabajar en tres ejes: escuelas, bibliotecas y las bellas artes. Para ello fue creado el Departamento de Bibliotecas, que Vasconcelos justifica necesario “porque el país vive sin servicios de lectura y sólo el Estado puede crearlos y mantenerlos como un complemento de la escuela: la escuela del adulto y también del joven que no puede inscribirse en la secundaria y la profesional” (2011, p. 76). Este departamento fue dirigido por Jaime Torres Bodet, tras haber sido secretario particular de Vasconcelos y de la Escuela Nacional Preparatoria, quien compartió el sueño vasconcelista al que poco a poco fue aportando su perspectiva. Juntos, y con el trabajo de muchos otros, impulsaron un desarrollo bibliotecario sin precedentes para el país. Para 1924, se habían habilitado cerca de dos mil bibliotecas en el país.

Cuando se habla de las más de 7,400 bibliotecas públicas que hoy existen en México, algunos académicos afirman que es muy generoso llamarlas así, bibliotecas. Aunque parezca chocante, no lo es del todo. En México muy pocos espacios han sido construidos ex profeso. Vasconcelos (2011) explica que “se construyeron edificios especiales para bibliotecas en algunos casos y en otros se adaptaron viejas casas”(p. 93). Por eso no hay inconveniente en considerar que dichos espacios incluso podrían pasar a ser otra cosa, como casetas de policía. Sin embargo, habría que considerar si la investigación está avalando y perpetuando el modelo que no funciona.

Breve historia de la Dirección General de Bibliotecas

Si uno busca en Internet las siglas DGB, los primeros resultados corresponden en primer lugar a la Dirección General de Bachillerato de la SEP, en segundo a la Dirección General de Bibliotecas de la UNAM y por último se asoman algunos resultados correspondientes a la Dirección General de Bibliotecas de la Secretaría de Cultura. Sobre esta última se hablará en este apartado.

Hay quienes consideran que la creación de la DGB en 1983 responde al proyecto que en su momento comenzó José Vasconcelos. Llama la atención que para ese entonces solamente se contara con 351 establecimientos. ¿Qué había sido del esfuerzo revolucionario? La dirección tiene tras de sí la historia del Departamento de Bibliotecas que hubiera pertenecido a la SEP, dentro del cual “se fundaron importantes bibliotecas públicas dotadas de magníficas colecciones de libros, formadas con la adquisición de las bibliotecas de algunos hombres de ciencia” (Chávez, 1969, p. 32). María Teresa Chávez asegura que en su momento también se realizó la compra cuidadosa de libros según intereses y características de las comunidades por atender.

Uno de los grandes hitos de este periodo fue la inauguración en 1946 de la Biblioteca de México en el histórico edificio de Balderas. Ya desde sus inicios se caracterizó por albergar colecciones de intelectuales mexicanos como Carlos Basave y del Castillo Negrete y Antonio Caso, tarea que sería completada con las iniciativas emprendidas por Consuelo Sáizar, presidenta del extinto Conaculta de 2009 a 2012.

Al crearse la DGB, Jesús Reyes Heroles, secretario de Educación Pública bajo el mandato de Miguel de la Madrid, invitó a Ana María Magaloni a dirigir la nueva área donde mantuvo el cargo hasta el año 2001. En su artículo “The Mexican Library Revolution: Taking Books to the People”, Magaloni comenta que la creación de bibliotecas constituyó una revolución silenciosa en la que se vincularon tres poderes de gobierno: local, estatal y federal. Se puede decir que el esfuerzo por crear bibliotecas prácticamente se realizó con el modelo de “la vaquita” o el “todos ponen” de la pirinola: los gobiernos municipales cubrían los sueldos del personal y brindaron el equipamiento, de ahí que se crea muy generoso llamar bibliotecas a las bodegas adaptadas; a nivel estatal se encargan de la gestión y operación de las bibliotecas. Finalmente, la administración federal proveía el acervo con los procesos incluidos.

Como siempre, el diablo está en los detalles: ¿qué personas ocuparon el cargo de bibliotecarios? ¿En qué espacios se alojaron las bibliotecas? ¿De qué manera se seleccionó el acervo para cada sede? Hasta el día de hoy se sabe que el cargo de bibliotecario suele ser favor político del alcalde o presidente municipal, lo cual impide cualquier intento por consolidar un proyecto bibliotecario sólido y duradero.

En su artículo, Magaloni asegura que la comunidad aportaba y sostenía la biblioteca, reflejando la cohesión de la misma. Hoy día tal vínculo es más bien flácido y en algunos casos, excepcional. Esto porque quizá se ha prescindido de entender a cada biblioteca como un espacio singular. La misma autora sostiene que cada biblioteca “debe ser vista como una entidad única con sus propias demandas, condiciones y expectativas”.

Bajo la dirección de Jorge Von Ziegler se publicaron los últimos manuales de servicio, hace casi veinte años. Ya no se consiguen físicamente pero permanecen disponibles en la página de la DGB. Sus temas ni siquiera parecen haber cambiado de siglo. Lo peor: se concentran excesivamente en los recursos bibliográficos mientras que las personas salen sobrando. Bueno, al menos hay una guía para el personal de nuevo ingreso y qué bueno: al no contar con un proyecto bibliotecario sólido, la rotación de personal tiende a ser alta en los municipios. Las bibliotecas principales casi no presentan cambios en el personal lo cual no es precisamente ideal: se explica la permanencia de la inacción.

Es cierto que en todo lo que va del siglo XXI, las bibliotecas públicas mexicanas fueron abandonadas en múltiples sentidos. Con la construcción de la Biblioteca Vasconcelos, convocada en 2003 mediante el Concurso Internacional de Arquitectura, que ganó el equipo de mexicanos integrado por Alberto Kalach, Juan Palomar, Tonatiuh Martínez y Gustavo Lipkau e inaugurada el 16 de mayo de 2006. Todo el proyecto fue criticado y repudiado por considerarlo un delirio foxista que no contribuía a la atención de los pendientes bibliotecarios del país. En la opinión pública se le denominó elefante blanco y el estigma no ha sido superado del todo. Eso sí, en julio de 2019 se comunicó la fusión de la Biblioteca Vasconcelos y la Biblioteca de México como el cerebro operativo de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas del país. Hasta el día de hoy sigue pendiente la publicación del organigrama prometido, además de ver tal fusión en acción.

Entre los años 2007 y el 2018, la DGB fue noticia por algunos casos de fraude y gasto cuestionable del presupuesto asignado. Fernando Álvarez del Castillo era el titular de la dependencia cuando se iniciaron los trabajos de remodelación para la Biblioteca de México en su transfomación hacia la Ciudad de los Libros. Además, participó en un fraude respecto al desarrollo de los Cerebros Digitales que estarían alojados en tres recintos culturales. Por otra parte, a la segunda gestión de Von Ziegler en esta dirección se le cuestionó el gasto de más de 18 millones de pesos en revistas, especialmente Nexos y Letras Libres.

En cada cambio de estafeta, el nuevo encargado criticó la gestión del anterior y solamente esbozaron ocurrencias respecto a su plan de trabajo. Lo cierto es que cada uno brilló por su falta de imaginación, visión y estrategia. No ha habido un equipo sólido, capaz y convencido de reconocer en las bibliotecas públicas la oportunidad de seguir aprendiendo, reparar y reconocer los saberes de las personas.

¿Hacia dónde van las bibliotecas públicas mexicanas?

Pretender que la biblioteca pública sea un palacio o universidad de la lectura implica el desconocimiento absoluto de la hospitalidad que sostienen estos recintos. Uno de sus rasgos principales radica en la bienvenida radical de cualquier persona, independientemente de sus pretensiones de uso. Por supuesto, eso no basta para que el equipo bibliotecario haga su magia: encantar al que solamente viene a dormir, orientar al extraviado, asistir a la autodidacta, colaborar con la universitaria. Las bibliotecas públicas crean por principio relaciones entre el saber, pero sobretodo entre las personas.

Ciertamente, un país atravesado por la desigualdad, la pobreza y la corrupción va a soslayar la biblioteca como un elemento urgente y necesario. Sin embargo, es tiempo ya de obligarse a mirar las bibliotecas como espacios educativos completos. Es decir: no solamente complementan la formación escolar ni promueven la lectura, son espacios propicios para promover el aprendizaje continuo a lo largo de la vida y el autoaprendizaje. Si la escuela falla en su cobertura, la biblioteca pública es el lugar de las segundas oportunidades para quienes quieren volver a empezar o hacerse protagonistas de su educación por vez primera.

Necesitamos bibliotecas fortalecidas, que reconozcan la invaluable aportación de su personal a cargo. Muchas veces, los encargados de bibliotecas no solamente se encargan de orientar al usuario, también barren y limpian la biblioteca. En la opinión pública los reducen a ser custodios de la información, como si fueran agentes pasivos que sólo toman asiento en un escritorio. Al contrario, los y las bibliotecarias son personas activas, comprometidas que toman lo que tienen a la mano para transformar la vida de sus comunidades mediante garantizar los derechos de acceso a la educación, cultura e información.

Urge un proyecto bibliotecario que contribuya a consolidar estos espacios mediante la asignación justa de un presupuesto, la remuneración digna de sus trabajadores y el desarrollo de colecciones ajustadas al contexto. Con esas tres condiciones podría emparejarse el terreno del desarrollo bibliotecario y quizá entonces, anhelar otras cosas.

Por último, la historia deja claro que es imposible sostener el proyecto bibliotecario en los hombros o ideales de una sola persona. Las bibliotecas públicas se caracterizan por sumar el trabajo de muchas voluntades que contribuyen a su sostenimiento e impacto. Hacer biblioteca es una tarea compartida.

BIBLIOGRAFÍA

Chávez, M. T. (1969). La biblioteca pública en México. Su historia, su funcionamiento y organización y perspectivas para el futuro. Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Tomo I, No. 2. 31-38 México: UNAM.

Dewey, M. (1889). Libraries as related to the educational work of the state. Albany: University of the State of New York.

Magaloni, A. M. (1993) The Mexican library revolution: taking books to the people Logos. Anales Del Seminario de Metafísica. 4(2) 81-83. Universidad Complutense de Madrid, España.

Vasconcelos, J. (2011). La creación de la Secretaría de Educación Pública. México: INEHRM.

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