Presencia y angustia del ocultamiento [Sobre bloque hegemónico y algoritmos] II

[ Viene de la primera entrega en: https://telecapitarevista.org/2020/07/11/presencia-y-angustia-del-ocultamiento-i/ ]

[Presencia]

Por César Cortés Vega | ➜

Según la frase de Foucault citada en la entrega anterior [El humanismo consiste en querer cambiar el sistema ideológico sin tocar la institución; el reformismo en cambiar la institución sin tocar el sistema ideológico. La acción revolucionaria se define por el contrario como una conmoción simultánea de la conciencia y de la institución; lo que supone que se ataca a las relaciones de poder allí donde son el instrumento, la armazón, la armadura], el problema no puede ser sólo el dónde de la dominación (la institución), sino su qué (la conciencia). O, forzando los términos, el de la estructura y la superestructura. El conflicto que motiva estas líneas es la dilución del dónde en los días nuestros, lo que provocaría a la vez un desvanecimiento del qué, de su posible desarrollo efectivo como bloque histórico o bloque hegemónico. La creciente irreversibilidad de la ausencia en la fábrica difusa que resulta ser el algoritmo.

Una vía posible para avanzar es hablar de la presencia intentando una definición, y en ella usar justo aquello que el mismo concepto pretende diferenciar: todo aquello que no se esconde, que se muestra y puede ser observado. Para Platón, por ejemplo, hablar de presencia de ideas sobre las cosas que participan de ellas implica que tal participación acontece gracias a que tales ideas están presentes a las cosas. Esto es distinto a decir que estan presentes en las cosas, porque ello implicaría existencia en o, incluso, co-existencia [1]. La presencia puede concebirse a partir de una selección de sentidos diversos, lo que irremediablemente tenderá a convertirse en discurso paralelo al objeto. Y lo que se dice en ese presente, que es construido según un ordenamiento del pasado en cuanto a lo que es posible acreditar, coloca en un espacio conceptual suficiente aquello que reconocemos. De manera más precisa, la presencia se vale de la ausencia, así como lo dicho es un ordenamiento clasificatorio de lo no dicho para establecer características cuantitativas y cualitativas. Por supuesto, lo que intento aquí, con esta vulgar reducción es cuadrar la idea de lo que se reconoce de manera natural como una objetivación. ¿Qué es finalmente lo que sostiene el sentido de nuestras vidas, sino una cierta seguridad de que valen la pena, no ya desde el mero reconocimiento del ser, ni de una percepción anterior al juicio de su esencia, sino según una modulación de los conceptos y sentidos parciales [2]?

Adelanto esto porque mi objetivo es decir que lo que constituye el bloque hegemónico está en las nociones de mundo, y justo esto es lo que configura la presencia de un campo de conocimiento. Aquel que niega las condiciones para que éste se determine, está ya de sí excluido, a menos que las circunstancias sociales hagan necesaria su permanencia. En este mismo sentido, Bourdieu (un inobjetable lector de Gramsci) aclara que el grado de autonomía de un campo se regula según el efecto de retraducción; o lo que él llama refracción, entendida como posibilidad de influencia sobre las representaciones políticas o religiosas. Asimismo, la autonomía depende también del rigor de las sanciones negativas infligidas a quienes se desvíen de la normalización, ya sea de carácter político o de descrédito ético o estético. El capital simbólico acumulado en estos espacios permite una presentación, una especie de licencia estatutaria frente a los poderes temporales. Así, lo que Bourdieu llama la objetivación del sujeto objetivante, no es sino el control de esta posibilidad autónoma, de su peligrosidad según la buena administración de las constantes propias del campo. Su hiper-determinación institucional.[3]

Volviendo a Gramsci, es de todos sabido que el autor italiano escribió la mayoría de su pensamiento en los cuadernos realizados en prisión, de manera que en los años en los que transcurrió su redacción (de febrero de 1929 hasta agosto de 1935), fue modificando sus ideas, y adaptándolas en función a los pocos recursos materiales e informativos que poseía. De este modo, como lo señala Antonio Olivé, en el detallado seguimiento que hace de sus Cuadernos, donde busca el desarrollo de los conceptos de estructura y superestructura[5], Gramsci “siempre pone límites nuevos a la acción directa de la estructura sobre la superestructura, ya sea escalonando sus efectos en el tiempo, ya sea negándoles su mecanicidad…” Por ello, llama la atención que el pensador italiano en las reflexiones que realiza en sus últimos cuadernos, la distinción entre uno y el otro concepto es desestimada, para ser sustituida por los términos “fuerzas subjetivas” y “objetivas”, cuya polaridad es más vaga, debido a que en reflexiones paralelas a su pensamiento, entra en conflicto con un mecanicismo definitorio que es visto por el autor como una tendencia positivista en el pensamiento marxista. No es en vano que Gramsci sea considerado el teórico más importante de la superestructura, a partir de la revisión que realiza de la manera en la que un determinado pensamiento ocurrido en una época histórica define las condiciones generales de las bases materiales, pero a la vez cómo aquellas bases materiales están reguladas por ideas de las que no pueden desprenderse y colocarse en otro lugar que no sea la misma materialidad. Como decir, pues, que no hay economía sin política, y viceversa. Un sentido tangencialmente anti-platónico.

Giovanna Giglioli [6] argumenta acerca de esta revisión que:

[…] Es en la obra de Gramsci, por primera vez, que el tema marxista de la articulación de estructura y superestructura supera el enfoque meramente metódico […] para integrarse al análisis del capitalismo de Occidente y, desde ahí, a la renovación de propuestas estratégicas.

De este modo, para Gramsci existen “dos grandes planos superestructurales”: la sociedad política y la sociedad civil. La coerción es ejercida por la primera, con el sustento del aparato de Estado como operación negativa en el ejercicio de la fuerza y el derecho, frente a la positividad de la formación civil, también desplegada por el Estado.

Sin embargo, aún dándole crédito a la evolución de su propio pensamiento, no puede olvidarse que estos dos planos en las superestructura señalados por Gramsci, están soportados sobre las condiciones de la base económico-material, determinable en su análisis y evocación pragmática. La presencia implicaría así, una serie de categorías discernibles mediante el análisis de su conformación compleja. Tanto la sociedad política que puede concebirse como un organismo de equilibrio de las fuerzas en pugna, como la sociedad civil que ejerce la dirección o la hegemonía sobre el conjunto de organismos separados del Estado, es lo que constituye la materialidad de las superestructuras. Esto es lo que distingue al autor del marxismo tradicional: su alejamiento de una concepción de las ideologías meramente supeditadas a condiciones materiales, y separadas de estas:

Es preciso, entonces, distinguir entre ideologías históricamente orgánicas, es decir, que son necesarias a determinada estructura, e ideologías arbitrarias, racionalistas, “queridas”. En cuanto históricamente necesarias, éstas tienen una validez que es validez “psicológica”; organizan” las masas humanas, forman el terreno en medio del cual se mueven los hombres, adquieren conciencia de su posición, luchan, etc. En cuanto “arbitrarias” no crean más que “movimientos” individuales, polémicas, etc …[3]

A partir de esto, la lectura que evoco sobre la ausencia actual de materialidad tanto en la estructura como en la superestructura –tomado en cuenta estás concepciones–, está vinculada a la predominancia actual de los algoritmos como reguladores ideológicos. No deseo, por supuesto, señalar que en la revisión detallada de ellos, estos no sean en efecto materiales, sino que dicha materialidad es sumamente difusa. Y luego sugerir, que son necesarias formas renovadas que nos permitan colocarles de nuevo frente a nosotros, hacerlos presentes, invocarlos acaso para que se desfantasmalicen y reaparezcan. Lo que algunos teóricos han ya señalado, en días recientes de pandemia y control médico-microscópico, se presenta aceleradamente: la dilución de las motivaciones conjuntas para la resistencia en una condición social prácticamente catatónica, que si bien acrecienta el poder de la sociedad política, a su vez acorrala las respuestas y evoluciones posibles de una debilitada sociedad civil, cuyo carácter es justamente el de la rapidez y adaptación constante, y en la que, en los mejores casos, se llevan al límite las necesidades con lo cual suelen aparecer las propuestas contra-hegemónicas de avanzada.

[Continúa en próxima entrega]

________

[1] Ferrater Mora, José. Diccionario de filosofía, ed. J.-M. Terricabras y P. Cohn Ferrater Mora, 4 t., Barcelona, Ariel, 1994.

[2] Lo que para Heidegger correspondería al Sein, Wesen y Begriff.

[3] Bourdieu, Pierre. Cosas dichas, Gedisa, Buenos Aires, 1988.

[4] Gramsci, Antonio. El materialismo histórico y la fílosofía de Benedetto Croce, Nueva Visión, Buenos Aires 1971.

[5] Olivé , Antonio. “Estructura y Superestructura” en Marx desde cero, https://kmarx.wordpress.com/2013/05/01/estructura-y-superestructura/

[6] Giglioli, Giovanna. “Gramsci, teórico de la superestructura”, en Rev. Filosofía Univ. Costa Rica, XXXIV (83-84), 237-245,1996

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