Al mar como laboratorio. Arte, ciencia y navegaciones en la obra de Santiago Genovés (2/3)

Por Fernando Martín Velazco | ➜

En su estudio introductorio, Leguillou relaciona el trabajo genoveseano de su primera etapa a dos colectivos de la investigación actual relacionados al arte. Forensic Architecture (Reino Unido), grupo multidisciplinario que investiga casos de violencia de estado y violaciones de derechos humanos en varias partes del mundo, y El Solar. Agencia de Detectives de Objetos (México-España), cuya labor indaga en la poética de los objetos y su articulación escénica (pp. 13-14).

Está asociación nos parece abusiva —por prematura—, sin embargo se menciona en función de presentar la tesis fundamental que ocupa esta edición.

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¿En qué momento la etología se vuelve psicología?, ¿En qué momento la agresividad de un organismo biológico terminar por organizar una guerra? Los antropólogos saben que ninguna deontología es estéril. En el árbol evolutivo del que provenimos junto a los demás homínidos, resulta imposible delimitar cuándo podemos empezar a hablar de seres humanos y caracterizar con precisión los rasgos exclusivos de la especie. La duda evade respuestas definitivas, pero impone consideraciones éticas. Analizar los vestigios de la actividad humana de todas las épocas implica ahondar un terreno donde lo natural y lo simbólico se entremezclan.

Ahora bien, ¿cómo estudiar este campo difuso sin ser víctimas de los condicionamientos del ambiente? Genovés propuso algo inusual —aunque no inédito— para los estudios humanísticos: un experimento. Aún más extravagante fue su planteamiento: una nave a la deriva. Entrevemos que el diseño no correspondió a cuestiones meramente teóricas: prima el influjo de sus experiencias previas.

En 1969 y 1970 Genovés realiza con Thor Heyerdahl y cinco tripulantes más las dos expediciones-experimentos Ra. Para ello se abocan en la construcción de una balsa de papiro basada en las iconografías y las posibilidades tecnológicas de los egipcios antiguos. La ortodoxia arqueológica sostenía —lo sigue haciendo— que la civilización del Nilo era incompatible con los viajes transatlánticos fundamentalmente por dos razones: la ideológica —todo alejamiento es depravación y olvido, “únicamente lo que permanece y florece dentro de su territorio posee, y poseía verdadero y positivo valor” (1972g) — y la material —no contaban con las embarcaciones necesarias para ello. El proyecto consistía refutar este último prejuicio a partir de mostrar su posibilidad fortuita: construir una balsa con las tecnologías de la antigüedad y que la corriente marina la llevara hasta América. En un primer intento la embarcación sucumbió en las aguas del Caribe luego de recorrer 5017 kilómetros. Había sido construida a imitación de las embarcaciones del Museo del Cairo por un grupo de tchadianos pertenecientes a la tribu Buduma de Bol del centro de África. Un segundo intento se realizó en una nave, también de papyro, construida según su tradición por un grupo de indios Aymara procedentes del Lago Titicaca en Bolivia. Sobre ellos escribe Genovés:

A pesar de ser esta la primera vez que los Aymaras entraban en contacto con un mundo urbano y sofisticado, en contraste con la vida rural sencilla que llevan en la hermosa pero pequeña isla de Suriqui, no exhibieron gran interés en conocer Marruecos en general o la ciudad de Safi en particular: tal vez sea ésta, pensamos, la actitud normal de hombres que ‘son’, en contraste a los que, con más cultura, nos encontramos constantemente preocupados en ‘ser’ porque nos movemos mucho y hemos estado en muchos lugares. Nuestra falta de seguridad y de significado claro en nuestras vidas a pesar de las apariencias, contrasta con la seguridad y sentido claro de vida observable en los Aymaras fuera de su país.” (Ídem)

La segunda embarcación presentó claras ventajas, entre ellas haber mantenido su unidad y solidez a pesar del fuerte oleaje del Atlántico y el efecto constante del agua salada sobre el papiro. El detalle en la descripción de ambas naves y los elogios al sistema constructivo de los indígenas bolivianos –que simulaba una quilla mediante el afianzamiento de un cordón de carrizo–, muestran hasta qué punto el antropólogo, antes con nula experiencia marítima, se había convertido luego de más de 100 días en el Atlántico en un tripulante avezado en técnicas náuticas (1969c).

Pronto, las observaciones de Genovés se van alejando del interés arqueológico. Si bien explica con una exhaustiva documentación la tesis difusionista (1973c), en manera alguna se compromete con ella. En respuesta a la carta encendida de H. K. J. Cowan refutando algunas premisas del experimento Ra, este responde:

No me apremia argumentar que las balsas de papiro llegaron a América desde África occidental o desde el Mediterráneo, simplemente afirmo que Ra I y II abrieron dicha posibilidad. La posibilidad aún necesita ser probada como un hecho. Pero a la luz de los datos presentados en mi artículo y en otras de mis publicaciones, es evidente que las balsas de papiro constituían un antiguo medio válido de transporte por río, lago y mar.” (1974f)

Este titubeo contrasta con la posición de Heyerdahl, cuya participación en el experimento seguía a una agenda clara por demostrar su hipótesis de navegaciones ultramarinas primitivas [4], interés que prevalecería el resto de su vida. Quizá esto se debía a que al contrario del noruego, Genovés apenas atisbaba las consecuencias que para sí tendría lo que por entonces dio a llamar Expedición-Experimento. Una nota al final de su reporte sobre el viaje publicado en la revista Société des américanistes advierte: “No hemos dicho nada de las razones antropológicas que dieron origen a estas dos expediciones. Tampoco hablaremos del estudio de los contactos humanos vividos por hombres de diferentes grupos étnicos, en condiciones difíciles, a veces muy difíciles. De hecho, esta balsa constituye un verdadero laboratorio para un antropólogo interesado en los problemas de la agresión humana y la comunicación”(1972g). Cruzando el océano, Genovés había encontrado intereses distintos a los que originalmente lo impulsaron a hacerse a la aventura. O quizá sólo el método.

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Toda expedición auténtica no revela sino nuevas inquietudes. A ojos de la comunidad científica Ra no comprobó los preceptos que establecía. Para Genovés esto no representó sino su inapelable éxito: “creo que cada día estamos otorgando menor peso científico al valor de experimentación más o menos semejante a la nuestra, que sin ser desde luego definitiva, nos lleva, no obstante, a un mejor y más cabal conocimiento de algunos problemas científicos de verdadero interés humano. Ello se debe, en parte, a la inaplicabilidad del método de la técnica estadística al experimento” (Ídem.). En oposición a dicho diagnóstico imaginó una ciencia descriptiva, donde lo excepcional –por no decir lo improbable– era matriz del saber auténtico.

Leguillou encuentra en esta actitud los ecos de Jerzy Grotowski. Decía el polaco que para hacer buen teatro el actor debe tomar el camino largo, por eso propone someterle a procesos de introspección sistemática y esfuerzos físicos inauditos. Esto, que se traduce en su transformación en una suerte de asceta o chamán, hace que la representación pase a un segundo término en función de las capacidades del artista de convertirse en el vehículo de una revelación. Genovés asume nociones afines con la idea de hallar conocimientos sobre el comportamiento humano, pero procura evadir el problemático campo de la ficción. Ante la posibilidad de reclutar una actriz para el nuevo experimento que prepara, advierte:

Grotowski mantiene que los motivos que nos llevan a trabajar en el teatro no son puros […]. Hay algo teatral sobre el experimento Acali. Durante este tiempo he entrevistado muchos hombres y mujeres que, presiento, quisieran venir en orden de lograr una más o menos envidiable posición en cambio de su presencia física. Los he rechazado sistemáticamente. No quiero actores que se identifiquen más o menos con sus roles. Pienso que podemos dar sentido a nuestras vidas sólo si escapamos del caparazón en que los convencionalismos petrifican nuestra existencia. Vivimos resistiéndonos y odiando todo aquello, y a todos aquellos en quienes aún existe la chispa de la vida […]. Nuestra intención es poner los pies firmemente en la tierra y tender la nuestra a unas manos que no estén limpias. Unas manos que transmitan calor humano.”

Sospechan el polaco y el mexicano que su experimentación no será replicable y aún menos cuantificable, por lo que le conceden maleabilidad. Sin embargo difieren sobre el principio espacial de procuración del proceso insólito. Sobre la cotidianidad singular de la balsa el antropólogo desliza el concepto “trabajo ilimitado”: “la mejor fuente de comprensión y comunicación entre los participantes” (Ídem.). Más que una metodología en términos apriorísticos, el antropólogo se apega al proceso de formación de un sujeto ontológico definido por la aventura. Para ello le es imprescindible el desplazamiento. La ciencia que propone rescinde los laboratorios como espacios cerrados y controlables; les opone el mar.

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En noviembre de 1972 Genovés viajaba desde la Ciudad de México a Monterrey cuando su avión fue secuestrado por motivaciones políticas. El incidente, impulsado por el azar, confirmaba la redacción de una pregunta largamente intuida: “¿por qué y cómo se origina  la violencia humana?” Antes de abordar Acali es justo revisar los otros dos procesos de investigación realizados por Genovés para resolver dicha cuestión.

No evade la ironía quien considera un secuestro una oportunidad profesional. El plagiado aprovecha su contexto para hacer entrevistas y observar el comportamiento al interior del avión, de lo que apresura deducciones –irritabilidad por filiaciones paternas, fraternidad universal en los agresores–, así como nuevas preguntas.

En 1980 el gobierno de España le comisiona un estudio sobre la violencia en el País Vasco. Genovés acepta apegándose a un tratamiento no menos ajeno al riesgo: infiltrarse. Sobre las dudas acerca de esta estrategia responde: “la ciencia posee su metodología, pero ante ciertos problemas o fenómenos, o bien debe adaptarse a ellos, o abandonar la investigación, ya que a priori no se puede cambiar la circunstancia” (1980d).

De esta manera se traslada a Euskadi y publica una carta pública en que pide ser contactado. Al serlo, conciertaun encuentro para ser llevado con la cara cubierta a un sitio indeterminado y poder entrevistar presuntos miembros de ETA. “Debo hablar con todos, aquí, allá y acullá. Mi estudio, por así decirlo, es aséptico, neutral, objetivo […]. Lo que averigüe podrá ser leído por todos. No es, no será, un informe para nadie. Es, será, una investigación abierta” (Ídem.). Después de unos días es liberado y regresa a México, donde escribe su experiencia y conclusiones.

Más que sus resultados nos debe atención la replicabilidad de su método. A propósito del mismo, la editora cuenta una anécdota personal. En 2015 Leguillou desfilaba en la recién abierta embajada de Afganistán en París para solicitar el visado a dicho país con la intención de realizar una investigación etnográfica acerca de las novias del opio, esclavas sexuales vendidas por sus padres para financiar los sembradíos de esta droga. Ante las restricciones impuestas por el gobierno afgano, su estrategia consistía en hacerse pasar como periodista interesada en camellos. En la fila coincidió con un dramaturgo mexicano, Ángel Hernández, quien le reveló un proyecto idéntico, pero con la intención de escribir una obra de teatro. Concluye Leguillou –inspirada por Genovés y por Hernández– la unicidad del método ante ciertos contextos, o bien, la sospecha de una segmentación disciplinaria imposible en la aproximación de ciertos temas.

No infrecuente ha sido en las últimas décadas la apertura en teatro de procesos de investigación que implican habilidades de infiltración y disimulo para aproximarse problemáticas sociales [5]. Contingentes son al tema que obsesionó a Genovés. El mismo Hernández ha descrito su programa La escena violenta –que desarrolla en tránsito por distintas partes del mundo–, como un laboratorio de investigación. Ante tal barahúnda Leguillou especula que el teatro y la antropología son en realidad textos distintos del mismo experimento.

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Acali (en náhuatl “casa de agua”) consistió en una balsa de 12 metros de largo y 7 de ancho con 11 tripulantes –6 mujeres y 5 mujeres de distintas nacionalidades y orígenes étnicos– que, impulsada por la corriente recorrió el Atlántico desde Canarias hasta Cozumel a lo largo de 101 días. A diferencia de en el experimento Ra, la balsa en este caso no era de material endeble como el papiro, sino de un pontón de acero con espuma de poliuretano expandido inyectado adentro. El diseño de su cabina los haría dormir sin espacio entre unos y otros, la ubicación de su evacuatorio excretar a la vista de todos. Una vela sería incluida, más que como herramienta como ironía, pues como pronto lo confirmaría la frustración de su capitana, la balsa no estaba hecha para navegar, sino para flotar a la deriva.

No menos extravagante al diseño del experimento eran sus relaciones con el estudio de la violencia. Asesorado por un amplio y multidisciplinario comité científico internacional, Genovés había planeado cómo inducir situaciones que, por entonces, se infería eran causas de conflictividad: el hacinamiento, la competencia sexual, enfrentarse a dificultades sin experiencia previa, el agotamiento, el estrés. Presuponía que, siendo capaz de superarlas, sus aprendizajes serían replicables a mayor escala (“Quisiéramos poder vivir algún día en paz. No lo estamos logrando en la tierra. Bien podemos ensayar en el mar, del que, después de todo, salimos hace unos milenios”). Conjetura excesiva en términos numéricos, pero de la que provenía en gran parte el respaldo a la iniciativa.

Supone Leguillou sobre Acali, que al construir un laboratorio sobre el comportamiento en el “medio de aislamiento total” que es el mar y no en la cotidianidad de la tierra, Genovés diseñaba un espacio heterotópico. Esto es evidente, pese a las constantes alegaciones de su promotor para defender la cientificidad de su proyecto:

“[…] Claro que habrá quien califique lo anterior de locura, o con más benevolencia, de desequilibrio científico. Pienso, no obstante, que si en otros campos, apartarse con pasión y claridad de intento de las normas ya conocidas y experimentadas produce resultados (pintura, poesía, música), ¿por qué, con nuestro espíritu de investigación científica, negarnos esta venturosa posibilidad? ¿Porque tiene riesgos? ¿Qué aventura grande del pensamiento o de la integración científica no los tiene? ¿Qué vamos a encontrar exactamente? No lo sé. El gran biólogo Szent-Gyórgyi entiende la investigación como un ir hacia lo desconocido con la esperanza de hallar algo nuevo y valioso. Si de antemano sabemos lo que vamos a hacer o lo que vamos a hallar, entonces no estamos haciendo para nada investigación, sino sólo realizando una especie de honorable trabajo, más o menos burocrático. El hombre de ciencia no está hecho para deambular por anchas calles o por senderos ya trillados. Su afán lo lleva –debe llevarlo– a hurgar en la noche de lo desconocido, de lo dudoso.”(1974b)

Esta insistencia permanente por ‘abrir’ la metodología científica nos revela su intuición acerca de las limitaciones epistemológicas de las ciencias naturales y humanas al plantearse las dudas que le obsesionan, y el presentimiento de que el lenguaje artístico le ofrece estrategias complementarias para el desarrollo de sus inquietudes en términos formales. Pero a su vez nos descubre la búsqueda de uno o varios modelos, saberes, que le permitan hablar de ‘experiencias humanas’ en términos sistemáticos. De cómo particulares vivencias ‘cambian la vida’, de cómo un grupo de desconocidos ante la dificultad ‘se organizan’, del deseo sexual que emerge en la convivencia diaria y de su indisociable tensión con la instintiva búsqueda del poder.

Nos falta esa zona intermedia, la penumbra. Esa zona de identificación que se produce en el futbol entre el espectador y el jugador, y en el cine entre el protagonista y el espectador. Nos falta humanizar y extender esa zona de comunicación que identifica y hace que entendamos […]. Es necesaria una actitud creadora, desde un estado semejante al del artista, para extraer al hombre y a la ciencia de los límites analíticos que no analizan, por desgracia casi nunca, los significados que le dan sentido a la ciencia, y la llevan a integrarse con la historia, el mito, la filosofía, el arte y la religión.” (Ídem.)

Durante años y de forma más o menos desorganizada, Genovés presentó los resultados del experimento en distintas publicaciones e idiomas. Es evidente que el factor humano en el desarrollo del mismo influyó en lo errático de este proceder. También lo hicieron factores externos, como el que la mediatización del experimento provocara que se le denominase como “la balsa del sexo”, o que las fuentes de financiamiento –mayoritariamente Televisa, minoritariamente la UNESCO y la UNAM– tuvieran menos interés por los resultados científicos del mismo que por su uso político –tanto a su favor como para evitar algún perjuicio.

Reside el mayor acierto de Obra reunida la organización pedagógica de estos resultados en sacrificio de su integridad y orden cronológico.

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No ha de menospreciarse la vacilación del mismo Genovés sobre la naturaleza del experimento que ha realizado. Afirma sin titubeos el valor del mismo, pero no atina a definir la tipología de su práctica:

Yo no sé si Acali hará cambiar al mundo o no; supongo que no. Vivimos en un mundo en el que lo importante ha sido la objetividad del observador. Esto tiene sus limitaciones, y en la balsa lo he podido comprobar con claridad. Estando yo dentro del experimento, puedo afirmar ‘extracientíficamente’ (más allá o más acá de lo predicho desde fuera) que esto o aquello no es cierto, por más que pueda parecerlo. Yo, que estaba en Acali, puedo saber y sé, que eso o lo otro no es así […]. Para mí es tal vez el punto central de Acali: saber que para entender fenómenos cualitativos hay que estar dentro de ellos, aunque perdamos una cierta objetividad”. (1975c)

A sus conclusiones ‘extracientíficas’ se suma la confirmación de lo que pululaba como prenoción sobre el desarrollo del experimento: “los artistas mostraron mejor capacidad predictiva sobre el desarrollo del viaje que los especialistas en ciencias sociales y ciencias naturales” (1977a). A estos últimos se les conceden equiparables talentos de vaticinio entre si. La idea ronda en su cabeza aún, meses después de haber regresado a tierra: “[…] hablé con una distinguida psiquiatra francesa sobre lo anterior. ‘Por supuesto, Santiago’, me dijo. ‘Si nosotros los psiquiatras, sociólogos, psicólogos y antropólogos tuviéramos la intuición de los artistas, no seríamos lo que somos, sino que seríamos artistas’. No tengo comentarios al respecto”. (1980b)

No debiéramos de confundir la capacidad predictiva de un fenómeno como epistemología, sobre todo al tratarse de un fenómeno experimental. Los poetas, músicos, escritores y pintores entrevistados por Genovés fueron capaces de predecir los efectos de 101 días en el mar, pero escasas serían sus destrezas para navegarlo. Su intuición entrevió las posibilidades de un laboratorio en movimiento, las inquietudes surgidas a propósito de sus extravagantes reglas y limitaciones, de sus juegos posibles. Imaginaron las sensaciones de aquellos que, encerrados varios meses en su oleaje con otros diez desconocidos, se sentirían solos, con ganas de saltar al agua. Pero todo eso era al final sólo un experimento… ¿o acaso había sido algo más?

Leguillou descifra en Acali la lógica de un dispositivo escénico –llevado al extremo. En términos de Patrice Pavis, “un artefacto lúdico, más próximo a los juegos de construcción para niños […], el cual presupone una concepción ideológica de la transformabilidad del espacio social y del medio humano”. Y agrega: “hay una voluntad exploratoria en el mismo, en efecto, pero es la manipulación lúdica su principio generador” (p. 23). De ahí, deduce, que sus alcances investigativos no se limiten a los efectos del experimento en la balsa, sino a la interpretación que los familiares de los participantes hacen sobre el mismo, así como al seguimiento que le dan los medios de comunicación. De ahí, concluye, “que su organizador termine el viaje enfermo y enloquecido”(p.24); imposible una solución mejor para completar la metáfora que pretendía.

Si la expedición-experimento probó una cosa, fue la facultad contagiosa de los símbolos. Al no poder ser una muestra estadísticamente representativa de la humanidad, Acali se construye como analogía de la misma. Su montaje es una cita constante a arquetipos enraizados en nuestra historia cultural, en específico a la ‘Nave de los necios’. Sin pretenderlo, sus tripulantes se convierten de súbito en ‘tipos morales’: metáforas de una humanidad navegando sin rumbo y sin liderazgo alguno, dominada por sus impulsos múltiples, incapaz de comunicarse auténticamente. Pero contrario al afán moralizador que suele condenarles al naufragio (como en las obras de Sebastian Brant, El Bosco o el mismo Michel Foucault), Genovés insiste en proponer esa nave anarquista como heterotopía posible: la búsqueda científica para encontrar la paz.” (p. 26-27) [6]

No nos extrañe que en el epígrafe que inaugura el capítulo sobre “Roles, grupos y cohesión” Genovés cité a Artaud (“Moi, Antonin Artaud, je suis mon fils, mon père, ma mère et moi.”). Relata en dicho apartado su desesperado intento por evadir la capitanía de Acali ante la presión general porque la asuma (1980b). Con dos navegaciones previas en balsa como experiencia y en el contexto de impredecibilidad de un mar Caribe repleto de huracanes y tiburones, Genovés relata la asunción de su liderazgo como la revelación íntima de un fracaso.

[Continúa en: https://telecapitarevista.org/2020/08/23/al-mar-como-laboratorio-arte-ciencia-y-navegaciones-en-la-obra-de-santiago-genoves-3-3/]

Genovés, Santiago (2020) Obra reunida. Compilación y traducciones. Catherine Leguillou. FCE-UNAM: México.


[5] Dos ejemplos recientes en México: Gabino Rodríguez fue un obrero de maquila para crear “Tijuana” (2015), de Lagartijas tiradas al sol; En “Deux ex machina” (2018), Teatro Ojo montó un call-center para entrevistar mexicanos sobre su experiencia de la violencia política en México. Según Leguillou, para Genovés ambos archivos serían fuente de un análisis antropológico serio.

[6] En este punto Leguillou refiere algunas de mis propias expediciones. No me corresponde citar su apreciación. Este análisis pretende una modesta respuesta.

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