“Pensar Narvarte u otras formas de entrar en remisión” | RADARES E INTERFERENCIAS | Serie Palimpsestos 2020 (I/X)

Con esta entrega da inicio la Serie Palimpsestos 2020 de esta columna “Radares e interferencias”, una continuidad de sobreescrituras a textos de esta misma columna publicados en Telecápita entre 2011 y 2017. Es una manera que he encontrado para volver a enunciar ciertas cosas, después de una etapa en la que sentí no tener nada más por decir o nada verdaderamente significativo por compartir en este formato público y más inmediato que la escritura literaria o artística. Consistirá en diez entregas desde una mirada crepuscular previa a la llegada del año 2021 que marcará no solo diez años de la columna sino sobre todo diez años de la fundación de Telecápita.

Señalética: los textos tachados pertenecieron a las publicaciones originales; los textos en cursivas son nuevas reflexiones, y los textos sin marca es lo que perdura entre el original y la sobreescritura.

Por Alejandro Flores Valencia | ➜

La versión original de este texto fue publicado en el año 2015 en la página de Telecápita, días después Con lo siguiente no intento, ni por asomo de duda, ofrecer el prolegómeno de una investigación periodística, ni una lectura contundente o aguda sobre un hecho violento ocurrido el viernes 31 de julio. Se trata del asesinato de cinco jóvenes mexicanos en la capital del país (cuatro mujeres y un hombre), el viernes 31 de julio de 2015 en una de las colonias en donde la clase media tiene afincados sus espacios, donde rentan departamentos buena parte de los jóvenes profesionistas que estudiaron alguna carrera relacionada con las ciencias sociales y las humanidades,  en la colonia y en la calle en donde vivo viví pocos meses después: la calle Luz Saviñón en la colonia Narvarte. Dicho texto lo escribí al siguiente día de la masacre, el sábado primero de agosto, invadido por un sentimiento de absoluta tribulación tras un abrupta ruptura. No obstante, mi sufrimiento me pareció insignificante ante el horror que representaba aquel acontecimiento. Hoy, a cinco años de distancia, vuelvo sobre mis dichos a fin de hallar quizás alguna otra manera de leer ese hecho y ese tiempo, algún consuelo quizás ante mi actual desilusión en torno a la colectividad masiva, gremial o comunitaria, alguna manera de entender si algo ha cambiado a cinco años.

Aquella tarde de 2015, advertí que se mutiplicaba en redes sociales  y en los muros virtuales de mis conocidos el rostro de uno de los dos jóvenes mayormente identificables de aquella masacre: el del joven fotorreportero Rubén Espinosa. Los nombres de estos jóvenes aparecieron en todos los periódicos y en las revistas, en los perfiles de Facebook de buena parte del campo de individuos que están al menos en lo que llamo aquí, mi radar, y fundamentalmente en el corazón y en la mente de sus deudos. No pronuncio aquí sus nombres porque no es necesario.Además de Rubén, la activista Nadia Vera, la modelo Mile Virginia, Yesenia Quiroz (maquilladora) y Alejandra Negrete (empleada doméstica). Esos nombres sSe han pronunciado y escrito lo suficiente que ya duelen los tímpanos y los ojos porque esos nombres pertenecían a personas con apellidos familiares, de amigos cercanos, con oficios y aspiraciones parecidos a los nuestros, aspiraciones quizás nimias pero nobles como querer que nuestro país (esa entelequia extraña que a pesar de no poder asir nos pesa en las manos y en las espaldas) sea un lugar un poco menos horrible, un poco más habitable, porque también ya de por si parecería que no tenemos chance de respirar y gozar un día de tranquilidad, de gozo, de paz, sea lo que sea que eso signifique. Hay demasiada teoría en el aire. Y eso es bueno. No magullo con mis palabras, las líneas de pensamiento más avezadas o prístinas que los sociólogos puedan ofrecer. Pero sí quiero decir algo, más que porque lo haya pensado, porque siento en mis dedos y en mi cuerpo esa necesidad de encontrar una palabra qué decir y qué expresar cuando es quizás rotunda y atroz la idea de que no existe, de que no hay forma de nombrar o de decir, de que no hay más que significar, pues ya todo está rebasado, incluso el lenguaje y, por supuesto, la imaginación vertida con la realidad más evidente, más irrebasable, más irrevisable y más obscena. Pienso en que a esa hora maldita en la que al interior de un departamento en mi propia ciudad eran masacrados esos chavosas personas, yo escribía una carta. Pienso en el sinsentido de esos dos caminos, de esos campos de acción que ocurrían de forma simultánea en mi cuerpo y no puedo más que pensar en unas líneas que revisé hace unos cuantos díasaquellos días en un libro de Cristina Rivera Garza (Dolerse, Sur+), en donde ella habla del miedo y su posible superación. Escribe: «El miedo aísla. El miedo nos enseña a desconfiar. El miedo nos vuelve locos. Con las manos dentro de los bolsillos y con la cabeza gacha, el que tiene miedo se transforma así en la herramienta por excelencia del status quo». Claro,  Cristina no critica que tengamos miedo, más bien la duda es cómo hacerle para no tener miedo bajo condiciones tan extremas. Mirabao los videos que circulan por Internet donde dos de los jóvenes masacrados denuncian al ex gobernador de Veracruz Javier de apellido Duarte y lo inculpan de si algo llegara a pasarles.  Los miro con ternura, una ternura que no hubiera sentido antes de saber lo que pasó con ellos. Porque hubiera visto a unos jóvenes con los que me siento identificado, no porque me compare en su valentía o en sus condiciones, para nada, sino porque, como muchos más, están convencidos de la vida que deben vivir y de las decisiones que han tomado, pues eran necesarias y en esa apuesta no puede haber equivocación. Los vuelvo a mirar pensando en que ya no están y esa segunda mirada es más clara porque  ahora sí me identifico con esa ternura, pero es la ternura de alguien que se da cuenta por un instante de su absoluta vulnerabilidad, y eso es lo que pasa, creo, cada vez que los miramos o cada vez que ellos nos miran: que reafirman la indefensión nuestra de frente a un aparato que arrasa sin el menor descaro, con todo el cinismo que les había brindado sus eficaces mecanismos de cooptación de voluntades y de preservación de la impunidad como la institución que mejor funciona en este país, que ya ni siquiera puedo decir nuestro porque nos lo han quitado y al parecer ya ni siquiera podemos vislumbrar un horizonte de recuperación porque nunca he creído que un gobierno pueda transformar el estado de cosas en este país, porque lamentablemente el pueblo mexicano no es “bueno”ni “sabio”, sino es un pueblo que durante décadas ha aceptado la sumisión acrítica, ha recibido los productos que el gobierno permite que se le ofrezcan desde las telenovelas y los noticieros que promueven intereses de una clase política y empresarial dominante hasta los alimentos que deben consumir. Nadie se ha tomado una Coca Cola porque le hayan puesto una pistola en la cabeza. Por ello, veo en el horizonte otra institución más eficaz por su invisibilidad y por la manera en que los ciudadanos la han incorporado: la desconfianza y el pleno despliegue del odio. El uso indiscriminado de las redes sociales para atacar a destajo, para producir verdades a partir de mentiras y colocarlas en una agenda política que dé rendimiento, ganancias, utilidades, likes, o seguidores a determinados intereses, ya sea económicos, ya sea políticos o ya sea simbólicos. El odio es la emoción triunfante en la última década, incluso hay quienes la han convertido en doctrina y son sus fieles seguidores. Esa es la gran seducción… y el gran peligro, porque de seguir así, no hará falta el narco, vamos a terminar matándonos (real o simbólicamente) entre nosotros mismos.

Ahora un giro romántico: Para mí la colonia Narvarte hasta ese momento aquí significaba azoteas, literatura, aviones tras de la ventana después de hacer el amor, fiestas, infrarrealismo, porque allí compartí casa entre el 2007 y el 2008 con mi amigo Roberto de la Torre. Más adelante en 2016, por generosidad de una antigua novia con quien viví en su casa algunos meses, la Narvarte adquirió otro volumen, incluso una calle que antes significaba poco: Luz Saviñón.  Allí mismo, constanté que esa colonia y esta ciudad y este país seguían siendo una Ahora es una pesadilla porque el mal está en todos lados.  Claro, eso lo sabíamos. Pero no contábamos con que el miedo se iba a infiltrar hasta nuestros hogares llevándose consigo incluso a las personas que ayuden en las labores domésticas.

Allí me ocurrieron dos episodios violentos con pocas semanas de diferencia en el año 2016. En la contraesquina de donde vivía se ubicaba una suerte de restaurante bar de mala pinta donde según esto preparaban mariscos, una tarde alrededor de las siete p.m. crucé la calle Cuauhtémoc al mismo tiempo que giraba por Luz Saviñón un automóvil que conducía un hombre de unos 60 años, quien no me vio y apenas alcanzó a frenar, por lo que fui ligeramente impactado por el auto; como el hombre no se bajó del carro monté en una cólera inédita (no suelo estallar con facilidad) pero el hecho de que no se dignara a salir del auto y preguntarme si estaba bien me hizo perder la cabeza. Vociferé algunas cosas y al final se orilló. El negocio de la esquina había montando unas periqueras sobre la calle, allí había alrededor de 8 individuos que me parecía atendían el changarro y en algún punto pensé que podían ser testigos en mi favor. El hombre puso su auto sobre la acera, se bajó, yo estaba muy enojado, de tanto en tanto chismoseaban los empleados del lugar, al principio pensé que él, por no fijarse, era digno de recibir alguna sanción, que podía levantar una queja quizás para que le quitaran o suspendieran la licencia, pero poco a poco caí en cuenta del absurdo en que pensaba y ya solo me bastaba con que el hombre me pidiera perdón y que habláramos racionalmente y que él me regalara esos minutos de su reflexión. Pasado cierto tiempo, el hombre al final me dio su tarjeta, y los empleados que estaban al tanto empezaron a acercarse cada vez más en franco acoso, hasta me gritaron que el señor ni me había hecho nada y, seguramente, como el león cree que todos son de su condición, pensaban que yo quería sacarle dinero, algo en lo que jamás pensé, no obsante senti la intimidación del grupo de pseudo empleados de ese lugar de pinta decandente. Después, el hombre se fue, y cuando yo pasé frente al negocio, el más alto y fornido y mas perfumado que parecía ser el jefe o mirrey de los otros se levantó, me dio un empujón, me insultó y me amenazó. Me alejé tan rápido como pude. Ese lugar parecía más una fachada con que algún grupo narcotraficante lavaba o lava dinero porque jamás vi a ningún comensal allí, aunque sí era común que a altas horas de la madrugada estuviera abierto y los narco corridos y las canciones rancheras sonaran a todo lo alto, como si fueran fiestas, mismas que en ocasiones incluían arrancones sobre la ancha avenida Cuauhtémoc. Un par de veces llamamos a la policía, las patrullas llegaban, los policías hablaban algunas cosas con la gente de allí y la fiesta seguía aunque con un volúmen menor. El segundo episodio ocurrió pocos meses después, un día domingo, las tres personas que vivíamos en aquel departamento sobre la avenida Cuauhtémoc sufrimos un asalto a casa habitación durante el lapso de treinta minutos  la que estuvo sola. La cerradura fue forzada y los infractores se llevaron nuestros objetos de valor y dinero en efectivo. Hicimos la denuncia. Un agente nos acompañó y comprobamos que la videocámara del C4 más cercana no servía. No hubo mayor seguimiento al caso.

(Sé que estas palabras no sirven de nada. De todas formas las escribo porque si algún día vuelvo a ellas podré recordar esta emoción de absoluta incógnita e incertidumbre, o quienes las vuelvan a leer. Hoy he vuelto a leer y ciertas cosas han cambiado pero la impunidad no se ha movido un ápice.)

¿Cuánta rabia soportará este país? ¿Cuánta ligereza estaremos condenados a tragar? Hablo de la ligereza del mal, de la gratuidad de la violencia, de la matanza desaforada y desmetaforizada. El que te maten por cualquier cosa.  ¿Cuál va a ser el último cuerpo ante el cual sintamos dolor, miedo, coraje o indignación? Han pasado los años y lo que creo que he perdido es la esperanza y que poco a poco estas preguntas adquirirán mayor peso de realidad. No obstante de este capítulo atroz de la historia reciente en esta ciudad extraigo un profundo acontecimiento: el conocimiento de Itza y mi aproximación a Xalapa.

Cuando conocí a Itzamná Ponce ella era una joven bailarina a punto de cumplir veintisiete años de edad. La conocí a finales de agosto de 2015 en la ciudad de San Luis Potosí, en el marco del Festival Transversales organizado por la compañía Teatro Línea de Sombra. A pesar de ser pleno verano, aquella era una mañana fría propia del desierto. Caminé al Centro de las Artes de San Luis donde se impartían los talleres. Yo coordinaba un seminario teórico sobre escena contemporánea que llevaba por nombre “Atravesar una fantasía”y que estaba inscrito en el marco del Festival, además de tendría que ver seguramente con estrategias prácticas y nociones teóricas para la detonación de acontecimientos artísticos. Aquella mañana, sentada con las piernas cruzadas en el suelo y la espalda recargada contra la torre, Itza esperaba, llevaba el cabello en una trenza y resaltaba uno de sus mechones teñido de color verde, vestía pantalones de mezclilla entubados, botas de plástico rojas y un suéter negro. Yo iba en compañía de un conocido en común de nombre Eleno, quien me la presentó. Casi de inmediato nos quedamos solos ella y yo. Itza necesitaba, así lo dijo, poner su cabeza en algo más teórico o más concreto y por eso, a pesar de que era bailarina y podría entrar a algún otro taller enfocado en el cuerpo o el movimiento, ella prefirió tomar el seminario que yo organizaba. Le comencé a platicar un poco del sentido y los intereses con los que había sido enfocado, y le dije que en parte nos interesaba cómo recuperar en la sociedad desmembrada el erotismo colectivo del que hablaba el filósofo Franco Berardi ‘Bifo’. Me contó que ella había trabajado en una compañía de danza en Xalapa, Veracruz. Y yo en el lapso de una semanas iría a Xalapa para comenzar un proyecto escénico con la compañía de teatro de la Universidad Veracruzana, la ORTEUV (Organización Teatral de la Universidad Veracruzana) que terminó siendo la pieza El puro lugar, coproducida por Teatro Línea de Sombra, en la que comparto los créditos del concepto con Jorge Vargas y estuve a cargo de la escritura, pieza que merece otro relato y que nos llevó a mirar el terror casi de frente. En fin, aquella vez en San Luis le pregunté a Itza sin más ambages cómo se sentía sobre lo que había ocurrido con los jóvenes asesinados  en la Ciudad de México. E Itza, también sin más ambages, me contestó que Rubén era su pareja y que Nadia era su amiga. Me quedé helado. Me sentí no solo minúsculo sino estúpido, a pesar de que no había nada de reprochable en mi pregunta. No tardé en darme cuenta de que Itza estaba moralmente destruida y que no lograba concentrarse. Era más zombi que persona. La radicalidad de la violencia la había transformado de formas que no podía comprender a un mes del asesinato de su pareja con quien vivía en la ciudad de Xalapa, la “ciudad de las flores” como la nombran sus habitantes. Itza, después, se mudó a la Ciudad de México y se inscribió en el [diplomado transversales] que organizábamos en la Casa Refugio Citlaltépetl en la colonia Condesa. La misma colonia desde donde los personajes de Bolaño en su novela Los detectives salvajes (LDS) emprenden su huída o su aventura (apocalíptica) al desierto. Allí, ella fue parte de un laboratorio que propuse en el marco del diplomado y que derivaría en la pieza escénica 609 páginas después y con el hígado hecho pedazos. Hay un momento de la última formulación de esta pieza, en la que Itza entra a escena después de que uno de los ejemplares rojos de LDS que los actores han lanzado por los aires cae al suelo. Itza se acerca al libro como un gatito curioso, lo toca con precaución como si se tratara de un objeto animado o de algún animal herido. Lo descubre como tal, como libro, y lo levanta, lo observa para de inmediato volverlo a colocar en el suelo y montarse sobre éste. Dice algunas cosas, y después, de las alturas llueven alrededor de otros veinte ejemplares de la novela que se esparcen por todo el suelo. La posición que adquieren en el piso siempre es distinta, así que Itza los mira y rápidamente casi como un cálculo matemático traza una posible ruta: ella tiene que ir de uno en uno acercándolos para formar una pila pero sin tocar el suelo; sus movimientos son prácticamente giros que hace tanto con sus brazos como con sus piernas, a veces tiene cada uno de los pies y una mano sobre un libro distinto y como si ella fuera un pulpo los jala al mismo tiempo para terminar en una nueva posición más cómoda y siempre sin tocar el piso con sus pies. Así, hasta que ella vuelve al centro con todos los ejemplares, donde apila los libros, lo que le presenta un nuevo reto: sostenerse firme en pie sobre la torre de libros. Ella se levanta con cuidado, primero coloca un pie, después el otro y la parte complicada viene con el alzamiento de su cuerpo hasta formar una punta o un mástil. Una vez que lo logra, detrás de ella aparecen algunas imágenes de su vida con Rubén Espinosa y Nadia Vera. Y ya sin la mediación de la voz, se proyectan las siguientes palabras mientras su cuerpo procura mantenerse estoico a pesar de la dificultad: “Yo leí esta novela justo en una de esas épocas  que una quisiera borrar de su vida para siempre. En aquella época, hace cuatro años, en agosto de 2015,  a mí, como a miles de personas en este país, me arrebataron dos seres queridos: Rubén y Nadia. Como ya dijimos, para Bolaño esta novela fue una doble carta de amor. Para mí, este acto nimio, es también una doble carta de amor: para Rubén Espinosa quien era mi pareja, y para Nadia Vera, mi amiga”. Después, aún sobre la pila de libros, ella dice ya con su propia voz: “En aquella época aquí, en esta ciudad, muchos a su alrededor, fuimos arrasados por el desencanto. Yo leí esta novela. Y sé que si la literatura no te salva, sí te ayuda a mantenerte a flote, como un barco en alta mar, por más que te encuentres sin timón y en el delirio.” Esas palabras finales corresponden a unos versos conocidos del poeta Mario Santiago Papasquiaro: «si de he de vivir que sea sin timón & en el delirio».  La apuesta radical que destacará Bolaño en alguna entrevista posterior a la publicación de Los detectives salvajes para un canal de televisión chileno.

Recuerdo una película de Thomas Vinterberg llamada It’s All About Love (2003), con los protagónicos de Claire Danes y Joaquin Phoenix, una fábula de ciencia ficción que presenta el mundo en sus límites:, la gravedad se pierde en Uganda donde los hombres son absorbidos por la estratósfera, y una extraña enfermedad de tristeza afecta al corazón de la gente por lo cual el escenario de cuerpos tirados en la calle se ha vuelto de lo más habitual. ¿Qué tan lejos estamos de depositar el cuerpo de nuestros vecinos en los botes de basura antes de irnos al trabajo? Vuelvo a Rivera Garza para hacer justicia a su libro. Después de escrito lo que ya cité, escribe retomando ideas de Alessandro Baricco en Iliada: «si queremos ir más allá de una guerra basada en el miedo cuyo fin es producir más miedo, más nos vale imaginar algo más excitante, más rabioso… repito —dice Cristina— que nuestra tarea no es llamar a la guerra sino producir desde abajo y en comunidad una vida dinámica y creativa, emocionante y plena… El que imagina siempre podrá imaginar que esto, cualquier cosa que esto sea, puede ser distinto». Cada vez menos advierto cuál puede ser es vía dinámica, creativa y emocionante. Parece que el odio en sus diversas modalidades así como la estigmatización van ganando la partida en los últimos años no solo en nuestro país, sino en el mundo. La geometría entre el poder y los ciudadanos se ha reajustado. Antes nos hermanaba el odio a los gobernantes, hoy nos divide la fidelidad a éste o su desprecio, o la fidelidad a una creencia. Lo común es la muerte y no la vida. Lo común es para algunos la defensa dogmática de determinadas ideas que están de moda (mismas que muchos no contradicen por una corrección política) y no pronunciarse a favor indica estar en contra: ser enemigo.

Claro, es fácil para mí decirlo. Pero hace unos días repasaba Recordando mis apuntes de Eugenio Trías en su libro El lenguaje del perdón. Un ensayo sobre Hegel, Trias dice: «Esa es la búsqueda hegeliana: la persecución de una salida al escollo de la muerte y de la revolución, más allá de la orgía destructiva y de los impulsos tanáticos. La conquista de una palabra que llegue a donde no llegan las tendencias suicidas y el masoquismo trascendental, una palabra de conciliación y de perdón». ¿Quién concilia con quién?, En un punto en donde todos a los ojos de todos somos culpables, ¿quién otorga el perdón? ¿Internet?

Una palabra a veces sirve para transformar el mundo. Quizás es lo único que tenemos. Eso o hasta que, como el poeta Javier Sicilia ya no tengamos razón alguna para nombrar. Yo, al menos, con sus nombres he preferido no hacerlo, pero no por indiferencia, sino por respeto.  Esa es la intención, aunque sé que el dicho dice que el infierno está lleno de buenas intenciones, pero creo  Sigo creyendo en que las intenciones son lo único que tenemos para intentar acercarnos a la verdad de las cosas, en que algunas intenciones se salen del juicio objetivo porque pertenecen al fuero de lo individual, en que las intenciones amables pueden subvertir ligeramente o atenuar el orden radical de una realidad que hoy se nutre por la desconfianza, el miedo, y el rencor y el odio. También puedo estar equivocado. Solo sé que ahora las palabras Narvarte y Xalapa me suena más a nervio o me suena más a un verbo o una acción peligrosa yun símbolo doloroso en cuyo reverso hay posibilidades y que quizás nuevamente este es otrosea el momento más parade defender nuestras azoteas, el cielo y la intimidad de nuestras alcobas, nuestras palabras, las del día a día. Paradójicamente estos meses de encierrro han sido el espacio perfecto para nuestras palabras, para subir a las azoteas por un poco de aire y de sol, para en soledad resignificar nuestra intimidad. México, Narvarte. Quizás también para entrar en remisión y revisar lo que en medio de tanta pérdida también hemos ganado, en términos de vida, en términos de nuestra apreciación del tiempo y en qué depositamos nuestra atención, en dónde dejamos el hígado y nuestras vísceras. Son tiempos difíciles, de odio, de incomprensión, de enjuiciamiento mediático, paradójicamente, de desconexión.

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