“Estamos dispuestos al juicio como a la fornicación”: Conversación con Guillermo Fadanelli | Podcast TEORÍA Y DISTORSIÓN

Uno de los varios cómplices que Telecápita ha tenido desde su fundación es Guillermo Fadanelli. Ahora, el equipo (Cuauhtémoc Camilo, Alejandro Flores Valencia y César Cortés Vega) platicó con él para el podcast “Teoría y distorsión”, a propósito de su nueva novela El hombre mal vestido que relata el fragmento de vida de un individuo que observa, que no pide y no da mucho al mundo, pero sobre todo que procura no molestar, hacerse a un lado: una actitud quizás más ética que las del actual fango social e hipermedial en el que los individuos se sirven en bandeja de plata para alimentar acríticamente sus odios y prejuicios.

“Los hombres estamos tan dispuestos al juicio como a la fornicación”, dirá Fadanelli, citando a Albert Camus, en La caída.

La primera entrega va sobre la memoria como construcción del mito en la literatura, la soledad y la mediación que ésta ejerce entre el ensalzamiento de la personalidad y la derrota de lo humano. Los pesimistas del moribundo y furibundo mundo de las letras, encarnan trayectorias que decantan en apuestas literarias y obsesiones en torno a la literatura y el fracaso.
En la segunda entrega se retoma al protagonista de la novela, Esteban Arévalo, y el asunto de la ambigüedad: tanto de si éste es un asesino o no, como de la verdad contada por el narrador que no es un sujeto omnisciente. El silencio, la escucha y la conversación como preceptivas éticas. El romanticismo y la crítica contra la superficialidad contemporánea.

El hombre mal vestido, Guillermo Fadanelli

Por: Alejandro Flores Valencia

El hombre mal vestido (Almadía, 2020), la más reciente novela de Guillermo Fadanelli es resultado de un doble ejercicio: por un lado, la aceptación pública mediante un mecanismo ficcional del cinismo elevado del propio autor, y, por otro, una declaración ética que implica pedir perdón. He dicho cinismo elevado o cinismo ético porque en los tiempos que corren la figura del cínico o cínica, no ético sino a secas, del o la hipócrita, han copado prácticamente todos los ámbitos de la vida pública en el pleno despliegue de una doble moral social apabullante, en donde las personas se apresuran a realizar juicios sumarios dictaminados por medias verdades en contra de los otros. “¿Qué sería de nuestras vidas  si no acusáramos de criminales a los inocentes; y, al contrario?”, escribe el protagonista de la novela.

La crítica, como modelo de pensamiento profundo, ha cedido su lugar a la liquidación del sujeto, entonces pensar un cinismo ético es pensar en un ente que calla o limita su decir frente a una sociedad de doble moral que sin duda no se tentará el corazón para hacer escarnio de todo aquello que hoy debería ser arrojado, de acuerdo con el dictado de la moral decente, al basurero. Los casi quince años de una mecánica homicida dispuesta a lo largo y ancho del país nos ha hecho indolentes y, entonces, prácticamente cualquier indicio que apunte a un posible crimen o falta, se prefiere darlo o darla por verdad y, cuando no somos ejecutantes violentos del castigo, al menos sí somos espectadores divertidos del linchamiento

Esteban Arévalo es el personaje que Fadanelli crea para ahondar en este desastre humano, en esta ligereza emocional convertida en grito, tal y como el famoso cuadro de Edvard Munchen, ese grito que asalta la calle al grado que nadie se extrañaría por las vociferaciones. Él, en lugar de gritar, atiende el desfile de bestias desde el observatorio Tacubaya para hacerse una radiografía de lo humano contemporáneo que más bien semeja ser una pieza adyacente a un dispositivo: obediencia absoluta a la pantalla. Arévalo es un vividor de unos cincuenta años que en su infancia ya advertía cierto malestar en la sociedad y en aquella primera edad imaginó  ingenuamente que una buena medida resolutiva sería convertirse en policía. Por suerte, el tiempo y la vida lo hicieron desistir de dicho entuerto. Vive en una especie de vecindad de clase media baja en aquel barrio del poniente de la Ciudad de México en un cuarto de azotea en el que de vez en cuando permite que un grupo de jóvenes parias se droguen y forniquen; ese cuarto se lo renta (aunque me parece que más bien se lo presta) su prima y amante Ángela Benavente, quien descubre en una libreta arrumbada en aquel cuarto una declaración que si elevamos a rango de verdad indica las preceptivas morales de Arévalo, enfocadas en la extrañeza del mundo y en la necesidad uteriana como refugio:

“Si los hombres quieren salvarse del caos y del desasosiego que los perturba les ofrezco un consejo sencillo de seguir: entren al coño de una mujer… a la voz de ¡ya! Antes de que sea demasiado tarde… Y una vez que den el paso y penetren esa hermonsa oquedad no se les ocurra salir de allí jamás, mulas pretenciosas, estúpidos servidores del algoritmo y de la definición exacta, bastardos a priori, bestias enredadas en su propio pito”.

Ángela lee esa nota después de que Esteban ha muerto. Su historia llega a nosotros en voz de un amigo suyo, Blaise Rodríguez (alter ego de Fadanelli que vive en la misma calle que él en la colonia Escandón), quien narra con una conciencia que supone los hechos, mas nunca podría decir que los conoce. Baste un ejemplo de ello: “Vayamos a los hechos puramente reales (vaya arrogancia)”, escribe Blaise.

En el fondo, intuimos, por las propias declaraciones del narrador, quien relata las sospechas en torno de los propios vecinos de Esteban, que él es un asesino. Pero no un asesino del siglo XXI, sino un asesino ilustrado, ingenioso, que a un oculista lo mata extrayéndole los ojos, envenena a un licorero o corta la lengua de raíz a un taxista. Y que, hacia el final de la novela, se sugiere que pudo haber cometido un último asesinato en contra de una mujer joven llamada Julieta. No obstante, no hay prueba de nada. Solo un indicio: que él es un hombre mal vestido.

La historia termina en tragedia. Una tragedia que sería relevante como nota roja y que, de no serlo, jamás atraería la atención de nadie. Sobre el final hay poco, todo se intuye. En algún punto, Blaise confiesa una decisión íntima de Arévalo que nos ayuda a comprender su desazón y alejamiento del mundo: “…cierto día, contagiado de su propio buen humor, se convenció de que cada día él tendría que mejorar sus modales… Acciones diminutas y casi imperceptibles… y ya. Sin embargo, ¿quedaba todavía alguien capaz de apreciar las consecuencias de su esfuerzo solitario y de hablar correctamente? No, definitivamente no, y eso lo hacía decaer profundamente… Sus últimos esfuerzos por expresar “belleza” morirían enclipsados  a falta de alguien capaz de reconocerlos.”

Escribir para pedir perdón. Novelar para intentar decir alguna verdad cruda sobre el mundo. Gastar tiempo y pedirle a otros que lo gasten para no llegar a ningún lado. Porque de cualquier modo tampoco es que pueda ser otra manera. Y porque inventar que entendemos algo sin querer convencer al otro es una salida digna a la tentación de saber.

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