“La descolocación de las cosas”, un respiro que es una resistencia

[La] revolución de la vida cotidiana [es una] lucha

que no ha de cesar ni con el último fracaso

de la revolución política o social

porque nada, excepto el fin del mundo,

puede traer ni el fin de la vida cotidiana,

ni nuestra aspiración por las cosas buenas y maravillosas.

Hakim Bey

Por Mariana García Franco | ➜

¿De qué se puede hablar en estos tiempos?, ¿Qué se puede hacer en estos tiempos tan convulsos?, ¿Dónde ponemos nuestra mirada, nuestra posibilidad?, ¿De qué manera nos acercamos a las cosas que nos importan cuando los significados están cambiando de sitio tan vertiginosamente? 

Llevo un par de años trabajando con las cosas cotidianas y con las experiencias que ocurren en el tránsito de la vida y estudiando cómo esto puede transformarse en un material de creación, cómo eso más que construirse aparece en la escena; y con las cosas nimias, estudiando a Perec a de Certeau: qué lugar se le puede dar a lo nimio que hoy en día parece no tener importancia. Yo he encontrado su sentido en la repetición, como decía el filósofo Roland Barthes, quien insistía en realizar una acción repetitiva para encontrar, por ejemplo, la fotografía de su madre, asunto medular de su libro La cámara lúcida; él busca y busca hasta que, de alguna manera, la encuentra. Creo que he encontrado en la repetición la grieta o herida de la que habla Barthes, esta herida que se abre cuando a alguien le “punza” algo, el punctum del que él habla. Además, en la repetición se hace posible la grieta, y en la vida cotidiana se abre una herida que nos permite asomarnos a un abismo para contemplar lo real de otra manera; algo está trastocando lo cotidiano de tal forma que lo hace observable; y esa acción que abrió la herida se va a repetir al día siguiente o pasado mañana. Entonces, me interesa la mirada insistente, la repetición, la posibilidad de mirar lo inasible de lo cotidiano. Y esa repetición, no su representación, es la que permite “abrir” el estudio que planteo.

Este año he estado trabajando sobre un proyecto que habla sobre autonomías y resistencias, sobre la posibilidad de construir una otra cosa, de salir del pensamiento estructurado, hegemónico, para habitar otros territorios, para crear distintas relaciones. La pandemia, este estado de contingencia, me trajo muchas preguntas, desde las más complejas en términos políticos y sociales hasta las más sencillas que tienen que ver con nuestro habitar el mundo todos los días. Y es en esas últimas preguntas en las que hoy me detengo. Finalmente, no existen unas sin las otras, pero decidí pensar en esas que parecen más sencillas y que asaltan y se repiten a modo de esa mirada insistente de Roland Barthes.

La descolocación de las cosas es un proyecto que se estrenó el año pasado y trata sobre la ausencia. Es una reflexión, un diálogo que parte de pensar sobre el estado de las cosas frente a la ausencia de las personas y son esas cosas nimias, cotidianas, las de todos los días, las que aparecen, las que se encuadran. Es ese transitar cotidiano, ese tiempo que parece no tener importancia y que, sin embargo, nos fundamenta. La descolocación de las cosas es además, en realidad, una confesión de mi poca valentía en estos últimos tiempos. En un principio, yo quise hablar de la desaparición. Ya hace varios años hice una pieza que se llamó Sin nombre, y después la reelaboré para el Festival de Teatro para el Fin del Mundo. Entonces tenía mucho material y bastantes ganas de seguir en esa dirección que además es un asunto que por desgracia no parece tener fin en este país. Entonces, cuando empecé a revisitar este material simplemente no pude avanzar, porque me requería un compromiso que en ese momento de mi vida no podía asumir, por diversas razones, y así decido entoncer cambiar absolutamente de carril y hablar sobre la ausencia.

Me encontré en el camino con el libro de Shaday Larios, Los objetos vivos. Escenarios de la materia indócil que fue un gran referente para poder elaborar esta pieza: cómo el objeto deviene cosa y también habla sobre la experiencia de la mirada, la descontextualización de las cosas. Quiero decir que la ausencia de alguien trastoca un objeto de inmediato, entonces qué le pasa a las cosas cuando ya no están las personas. Digamos que la idea que rige este proyecto es esa: descontextualizar las cosas, lo cual para mí es “hacerlas respirar”, como si a través de colocarlas en un espacio que no les pertenece —poner por ejemplo una cafetera en el mar —uno pudiera redimir la memoria del otro ausente. Entonces, decidí dejar de hablar de los fenómenos sociales para hablar de experiencias nimias como esa cafetera que estuvo en aquellas manos, y esto fue para mí darle aire a esas ausencias. Pienso la redención en términos dostoievskianos: cómo redimir, cómo redignificar, cómo reelaborar la memoria del otro, a partir de esta descolocación de los objetos; es decir, cómo permitirle devenir cosas.

Frente a esta pandemia, en la que todo sucede de manera digital y a distancia, he permanecido estudiando al Comité invisible, a Hakim Bey, a propósito del  proyecto que mencioné sobre autonomías y resistencias; y entonces eso me permite advertir una serie de coincidencias muy brutales que tienen que ver con cómo estamos haciéndonos islas, cuando eso es justamente lo que el “sistema” necesita: aislarnos, para que no tengamos ninguna fuerza. A propósito de Hakim Bey, las zonas temporalmente autónomas tienen que ver con juntarnos. Y este empezar a ser islas, y quédese en casa, no nos miramos más que de manera digital, que para nada estoy en contra de la digitalización, las tecnologías en si, sino que me parece indican un síntoma bestial de algo al que no se le ve buena cara. O sea, ¿cómo vamos ahora a encontrarnos para construir algo, lo que sea, para estar simplemente? Estamos absolutamente controlados, Google sabe perfectamente lo que hacemos y lo que nos gusta o no, lo que necesitamos; entonces, no hay manera de crear una resistencia de absolutamente nada, sino cada quien en su isla por su lado.

Tengo la fortuna de vivir en un lugar muy hermoso y muy abierto: San Pancho, Nayarit, que es un pueblo en la costa. Y por ello puedo no “estar en casa”, puedo salir, puedo mirar, pensar en construir huertos, y generar espacios mentales para pensar cómo va a ser la vida ahora. Me parece que es fundamental detenerse y observar lo que está ocurriendo con esta situación de la Covid-19. Y ante la imposibilidad de estar juntos yo, al menos, necesito recuperar la presencia. Entonces no quiero digitalizar nada, sino encontrar la manera de hacerlo en presencia de otro. Y así llevé a La descolocación de las cosas a un formato todavía más pequeño, solo para cinco personas con sana distancia y, en algunos casos, una familia o vecinos que conviven entre sí y ellos están bien juntos porque han estado juntos durante este tiempo. En Pátzcuaro lo hice en un teatro, por ejemplo, también para pocas personas y con protocolos sanitarios.

Lo que ha sucedido a lo largo de esta experiencia tiene que ver sobre todo con las relaciones que se generan e forma inmediata y efímera, con los espacios en los que ocurre la pieza que suelen ser pequeños cuartos en casas abiertas, con la posibilidad de volver a un convivio aunque sea media hora que es lo que dura la pieza, un diálogo mucho más directo e íntimo que se vuelve así porque somos muy pocos y estamos lo suficientemente cerca, así que no hay manera de voltear a ver el reloj o el celular o bostezar y pasar desapercibido; entonces es muy evidente lo que nos pasa a todos allí. Realmente algo nos empieza a suceder a todos en ese espacio a partir de las notas que voy planteando, y esa es la pieza. Y esta relación es un respiro pero es también una zona de resistencia. ¿Cómo vamos a rescatar las presencias? ¿Cómo vamos a habitar esos pequeños espacios de resistencia que, siguiendo la reflexión de Hakim Bey, ocurren frente a los otros, a unos cuantos que nos juntamos con la intención de buscar un pensamiento propio, autonomía, posibilidad de desobediencia?, son algunas de las preguntas que me atraviesan el día de hoy.

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