Presencia y angustia del ocultamiento [Sobre bloque hegemónico y algoritmos] III/III

[ Viene de la segunda entrega en: https://telecapitarevista.org/2020/07/11/presencia-y-angustia-del-ocultamiento-ii/ ]

Por César Cortés Vega |

[Ausencia]

Como complemento de la presencia de la que hablaba en la entrega anterior -y no como su contraparte-, una ausencia difícil de discernir. La evolución del pensamiento capitalista en la expansión de la superestructura (es decir, las ideas que conforman la base material de la sociedad) habría derivado hacia distintas maneras para hacer visible aquello que parecía estar oculto en la estructura (es decir, el sistema productivo). Un paulatino desvanecimiento de todo objeto de estudio en procesos cada vez más diminutos, le permitió al pensamiento neoliberal revelar algunos de sus secretos. Para continuar, recordaré aquella frase de Baudrillard [1], por mucho que pueda pesarle a los enemigos de cierto desencanto natural en el pensamiento:

Disimular es fingir no tener lo que se tiene. Simular es fingir tener lo que no se tiene.

La diferencia que prefigura el cambio actual podría quizá debatirse en estos términos, donde las fronteras que delimitan los distintos campos de conocimiento son a la vez las pistas en las que las artes circenses –y todas las demás– elaboran sus discursos, no ya en el ocultamiento del poder mediante estrategias ideológicas que se ciñen a sus columnas vertebrales (disimulo), sino en su exposición en un infinito de representaciones que se superponen unas sobre otras para parecer lo que no necesariamente son, según las tendencias y los pesos y contrapesos en las políticas culturales (simulación). Las prácticas son muchas y diversas, y pretenden acomodo: una modulación de los privilegios, cierta visibilidad y usufructo del espíritu de una época entregada a la velocidad de sus capacidades para mutar.

Lo anterior ocurre no obstante la prevalencia de un moralismo parcelado e institucionalizado que se mantiene aún como base para las fórmulas que operan en la sensibilidad esteticista de nuestro tiempo. Entonces, se trata de una correlación obsesiva de fuerzas, en la construcción de la diferenciación y luego la participación en el aparato productivo en todo territorio cultural. Y como corolario, una angustia que está hecha de silencios acerca de las iteraciones más evidentes: es justo gracias a aquello que no se habla, o porque resultaría demasiado ‘negativo’, o porque no es fácil de observar -porque es transparente, como diría el mismo Baudrillard-, que la actividad artística sigue confinada a su regulación trivial. Esto puede ser pensado en un tono muy similar al usado por el escritor austriaco Thomas Bernhard en algunas de sus novelas [2]: la imagen del creador se debate en estos espacios de emergencia. Incapaces de frenar la necesidad de adaptación ante una cultura que se expande y presenta cada vez mayor cantidad de posibles vías de pertenencia, seguimos operando dentro de registros muy similares desde hace varios siglos, gracias a una superestructura de base conservadora, que al mismo tiempo genera desasosiego frente a la incertidumbre que aquel pensamiento puesto en juego tomará con o sin nuestra adaptación:

Trabajo, ayuda para tender un puente, no importa qué trabajo ocupación, cavar en el jardín o impulsar un objeto filosófico, da lo mismo. Entonces estamos obsesionados por una idea y, en el fondo, sólo tenemos fuerzas para sobrevivir, por eso estamos en un estado de mayor tormento. No estamos obligados a “nada” (…) nada subrayado. Cómo se nos convence de niños de que sólo tendríamos derecho a vivir si trabajábamos razonablemente, se nos aseguraba que teníamos que cumplir con nuestro deber. Todas torturas irresponsables de padres irresponsables y de irresponsables, así llamadas, personas con derecho a educarnos. Embutidos en trajes iguales, siendo personas, caracteres, totalmente desiguales, íbamos a la iglesia, íbamos a comer, hacíamos visitas (…)

Tal rebelión puede contener las pugnas que se reproducen en el campo artístico, donde se crean bases materiales que permiten hacer valer eso que en la subjetividad fue elaborado en silencio, para tener cabida tarde o temprano en la enunciación. Entonces el ocultamiento tendría ahí un sentido favorable, como una especie de veladura paulatina en la conformación de los discursos estéticos. Las leyes del campo ya no se disimulan, sino que aparecen transparentadas, como si fuesen evidentes para todos. Ahí la simulación, que luego ha sido tomada por el mercado. Una de sus categorías formales es la sutileza: aparición de la subjetividad dosificada, de manera que el receptor –por llamarlo de algún modo– no se percate del embrujo. Los tiempos se regulan según el artificio lingüístico que permita expandir la sustitución temporal, un orden que prevé la reacción del consumidor. Una correlación entre la acción y el personaje de un relato literario, por ejemplo, produce una contingencia tensada por la ruptura de la concordancia entre el protagonista, su continuidad histórica, y la negación de ésta en el desarrollo de sus ideales. No hay relato sin conflicto, pero a la vez no hay lector sin conocimiento de las posibles causas ocultas de aquel fracaso humano.

Sin embargo, sería arriesgado sostener que la producción artística se soporta sobre el control del tiempo en el que sus sucesivos momentos se presentan. En todo caso, el ritmo de la presencia de los elementos de la obra dice algo acerca de la manipulación de la temporalidad y su sentido cultural en los pueblos de los que hacemos parte. De nuevo Bernhard [3]:

Mientras tenemos puesta la atención en nuestro trabajo y en la peligrosidad y fragilidad de nuestro trabajo, empleamos la mayor parte del tiempo sólo en tender un puente sobre el tiempo inmediato, el que tenemos siempre más inmediato, y pensamos que no tenemos que pensar más que en tender un puente sobre el tiempo, no en el trabajo, ni mucho menos en un trabajo complicado que requiera toda nuestra existencia. (…) Porque sólo en el hecho de avanzar y sin realizar nada que vaya a más lejos (…) tenemos que concentrar todas nuestras fuerzas físicas y mentales disponibles.

El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.

De ahí que todo aquello mostrado hoy por los algoritmos –lo que permite su sublimación–, a la vez sea la vía para que aquello que no desea mostrarse se desvanezca como consecuencia. Justamente en esa fuerza está la distinción que Gramsci hace respecto a la hegemonía, cuyo procedimiento es mucho mayor que una mera imposición de formas desde la autoridad. La hegemonía implica el consenso común ciudadano, realizado en la revisión detallada de los sueños de los dominados, para hacer de ellos moneda de cambio para su reificación frente al trabajo. Esto es lo que en el fondo complica una clasificación primera de intereses volcados en las clases, frente a lo que Gramsci responde a favor de un esfuerzo de igualación hacia la construcción de alianzas de distintos estratos sociales. Por ello apuesta por el intento de arrebatar una dirección cultural en lo social, que de principio está establecida por los medios, las instituciones educativas o los partidos políticos que apuntalan el sentido de las políticas de una nación. Para él todo esfuerzo nacionalista por cuadrar una identidad depende de tales movimientos. Gramsci empleaba el concepto de lo nacional-popular, que consistía en encontrar los motivos para una voluntad colectiva que no estuviera centralizada, sino que se nutriera de los distintos empleos de la subjetividad pública, no desarticulándolos o categorizándolos, sino convirtiéndolos en complementarios [4]:

Una de las primeras partes debería precisamente estar dedicada a la ‘Voluntad colectiva”, planteando así la cuestión: ¿cuándo se puede decir que existen las condiciones para que pueda suscitarse y  desarrollarse una voluntad colectiva nacional-popular? De ahí un análisis histórico (económico) de la estructura social del país dado y  una representación “dramática” de los intentos realizados a través de los siglos para suscitar esta voluntad y  las razones de los sucesivos fracasos.

En la coyuntura actual, esto probablemente nos parecerá lejano. Y quizá eso se debe a la gran simulación con la que los Estados se presentan ante nosotros, sus ciudadanos. Lo anterior ha impedido fijar la atención en la concentración del poder hegemónico no ya en las operaciones a escala humana, sino en la acaparación de la información en flujos electrónicos regulados por un centro que no alcanza a ser registrado del todo, porque carece de localidad definida, o forma estable. Ahí la angustia de quienes al desarrollar la subjetividad como pujanza cultural, intuyen que aquella supuesta presencia puede replicarse en un abismo incierto: el ocultamiento de aquello que no puede ser estabilizado en los aparatos de poder, sino que es mero flujo que aparenta estar personalizado, hecho a nuestra medida, cuando aquello no es más que la adecuación a una forma preestablecida que modela todo acto, todo deseo.

Como producto de ello es posible que hoy nos encontremos en la frontera que diferenciará un mundo pasado –del que aún formamos parte– de otro que vendrá… Respecto a lo anterior, circula una frase atribuida al mismo Gramsci, que reza [5]:

El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.

Esos monstruos ya están entre nosotros, pero nuestros sentidos parecen no percibirlos con toda la claridad que necesitaría la evolución de un proceso emancipador. Por ello es imprescindible que aprendamos a verlos.

________

[1] Baudrillard, J. (1987). Cultura y Simulacro. Tercera Edición. Barcelona: Kairos.

[2] Thomas Bernhard (1975). Corrección. Madrid: Alianza Editorial.

[3] Ibid.

[4] Cuaderno 13 (XXX) 1932-1934 Notas breves sobre la política de Maquiavelo en Gramsci, Antonio (1975). Cuadernos de la cárcel. Edición crítica del Instituto Gramsci a cargo de Valentino Gerratana, Tomo 5. México: Ediciones ERA.

[5] Traducción que suele atribuírsele a Gramsci por intermediación de Slavoj Žižek. Se dice que posiblemente se trate de una traducción francesa de Gustave Massiah: Le vieux monde se meurt, le nouveau monde tarde à apparaître et dans ce clair-obscur surgissent les monstres.

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