“Indicios de una generación destinada a morir joven: pandemia, obesidad y memoria” | RADARES E INTERFERENCIAS | Serie Palimpsestos 2020 (II/X)

Segunda entrega de la Serie Palimpsestos 2020 de esta columna “Radares e interferencias”, una continuidad de sobreescrituras a textos de esta misma columna publicados en Telecápita entre 2011 y 2017. El siguiente artículo fue publicado originalmente en 2013 con el nombre “The fatboy inside you”.

Señalética: los textos tachados pertenecieron a las pubicaciones originales; los textos en cursivas son nuevas reflexiones, y los textos sin marca es lo que perdura entre el orignal y la sobreescritura.

Por: Alejandro Flores Valencia

El gran problema de salud por el que atraviesa México es que se trata de uno de los países el país con más personas obesas gordos en el planeta; ése es una cuestión depresiva, un asunto sumamente delicado sobre todo en la actual coyuntura en la que se cuentan miles de muertos por Covid-19 con comorbilidades asociadas a la obesidad, y en la que se avivó el debate en torno de los etiquetados a productos altos en sodio, azúcares, grasas saturadas, etc. Un país que se autobulea de esa manera ha perdido el respeto a sí mismo.

Me interesa acercarme a este tema por dos asuntos: el cambio en mis propios hábitos alimenticios durante la pandemia, y, fundamentalmente, la muerte de dos de mis amigos más queridos de la Preparatoria, Diego Gutiérrez Martínez, quien falleció por Covid-19 agravada supongo por comorbilidad el 5 de agosto pasado, y de Óscar Homero Garza Galicia, quien falleció en enero de este año y apenas nos enteramos de ello. Quisiera honrar con este breve texto sus vidas desde un ejercicio de memoria que alcanza el presente.

Uno

La obesidad es de una cercanía tan extrema que parece una cuestión de terceros: un problema que le sucede a los otros. Más joven pensaba: “los gordos rara vez se reconocen como gordos porque siempre hay alguien que es más gordo y entonces ése es el verdadero gordo”. Disculpen la ironía del comentario: cuando estoy a punto de bañarme en las duchas del gym siempre escucho a los ñores (bah, me he acostumbrado a decirles así aunque ya más bien sean sujetos de mi edad) diciéndole gordo al más gordo del grupo, sin embargo bien mirados ninguno se salva. Si fuera Cristo Rey ensangrentado diría: que qué poca madre y que el que esté libre de grasa lance la primera guajolota. Entre gordos te verás. En tinieblas el reino de Dios parece alejarse del prado de los mexicans. ¡Somos gordos y qué! ¡Claro!, no podría ser de otra maneraSsi cuando éramos chiquitos (yo y otros) nos decían que estaba padre bien ser gordo porque estábamos bien nutriditos. Hoy la realidad nos ha golpeado fuertemente a la cara y ni la grasa en los cachetes podría detener ese impacto. No es cierto. Hoy un gordo en México puede ser todo menos alguien nutrido; de hecho es un enfermo (o un muerto) en potencia. La mayoría de los niños gordos padecen desnutrición y están condenados a desarrollar a temprana edad enfermedades relacionadas con el sobrepeso tales como la diabetes o la hipertensión. Gordos, gordos, gordos. Yo fui un niño gordo. Fui un adolescente buleado, y un joven desnutrido. Soy alrededor de 10 centímetros más chico de estatura que mi hermano mayor, y según esto se suele esperar que conforme salen del útero serán más altos. No hay nada que lo pruebe, pero si hay una razón de  por qué mi hermano creció más que yo. Mi hermano no fue gordo de adolescente. Jugaba basquetbol y decían que por eso habría crecido. De hecho, el único verdaderamente gordo de mi familia era yo. Ahora es al revés (ojalá así lo siga siendo). No obstante el trauma de la gordura siempre ha estado allí: jamás en la vida me he sentido delgado a pesar de que puedo comprender racionalmente que lo estoy o que al menos no soy obeso. Es una sensación física difícil de quitarme de encima, un peso, y si bien lo aconsejable sería tomar alguna terapia para superarlo, la terapia que he elegido a veces con más, u otras veces con menos, constancia ha sido el ejercicio. De hecho, hace no mucho tiempo, yo era alguien como Jeff Winger, de Community (contando las calorías en cada comida del día), y hoy lo he vuelto a ser no por una exageración en el esculpimiento de los músculos, sino por procurar consumir los menos azúcares y sodios posibles. Como carnes y proteínas de las que extraigo mi energía. No soy partidario del vegetarianismo pero tampoco lo critico, solo no es lo mío.

y me espanta la idea de ser gordo. Pero sobre todo me da tristeza saber que lLa obesidad es un problema de salud pública considerado epidemia en nuestro país. Ahora, aquello que podría ser criticable: seguir un modelo estético, no me parece tan malo o, al menos, me parece preferible. El miedo al rechazo por ser gordo me hizo dejar de comer y, por lo mismo, no alcancé mi máximo desarrollo. La necesidad de concentrarme (la lectura de libros requiere atención plena, y uno de los desgastes más altos de energía la demanda el trabajo intelectual) me hizo revalorar la comida. Sólo bien alimentado podía tener energía para estudiar, y sólo con ejercicio podía mantener una complexión delgada.  Y esteEl problema de obesidad en el país no es únicamente culpa de la publicidad de Coca Cola, ni de los charritos o la comida chatarra que se vende afuera de las escuelas, ni de la comida preparada con mucho aceite en las fondas y en los puestos callejeros a los que millones de trabajadores asisten que asisten día a día porque suele ser lo más barato y porque no podíanueden ir a su casa a comer dado que se encuentra encuentran a decenas de kilómetros de distancia. El asunto es de conciencia y de educación en la salud, y parece que no basta estar en casa para tener una buena alimentación. De hecho los primeros meses de la cuarentena arrojaron diversos casos de personas que habían subido de peso. Incluso fue muy conocido en China –precisamente en Wuhan–, el caso de un joven de 26 años que subió 100 kilos en el lapso de cinco meses. ¿Qué es lo que nos hace engordar tanto? ¿Es solo problema de los individuos? ¿Es problema del gobierno? ¿Qué, si a mí me encanta atascarme de Doritos y Rancheritos con salsa Valentina diariamente o retacarme de donas y pastelitos? ¿A quién le pertenece la Salud pública? Como en casi todo, hemos delegado la responsabilidad sobre la salud a un tercero que abandonó sosegadamente desde hace mucho tiempo su obligación al respecto. Los neoconservadurismos hoy en día se expresan con todo cinismo haciendo propios discursos progresistas en defensa de las libertades que dan pie a cientos de justificaciones en torno al ejercicio de lo individual, cuyo lado b suele tener el nombre de algún consumo que beneficia a otros: un producto del mercado, una ideología política, una colectividad que se  emancipa. En el caso que nos ocupa, la tendencia del “body positive”, malentendida y llevada al extremo al solamente negar el cuerpo modélico, dando la bienvenida a los cuerpos obesos asumidos con positividad. Nada más lejos de la realidad. Entiendo los problemas asociados; es decir que no ha existido en décadas suficiente información en torno a cómo mejorar nuestra nutrición, que desgraciadamente los aimentos altos en grasas, azúcares y calorías suelen ser los más baratos y asequibles para una población en buena medida sumida en la pobreza y en los salarios que alcanzan para vivir al día, y en los problemas de orden psicológico como la depresión, ante los cuales no basta con la buena voluntad para salir adelante.

Vuelvo a mirar hacia atrás a mi infancia y si repasara los álbumes familiares donde desfilan fotografías de las fiestas de cumpleaños descubriría siempre las Coca-Colas y los dulces. Mis recuerdos de la salida diaria de la Primaria me saben a bolsa de papas fritas saturadas de sal, limón y salsa Valentina. De hecho salivo al escribirlo. La infancia es dialéctica porque será sumamente definitoria a pesar de su mínima duración.

Yo era el Gordo en mi salón de, tal cual así me apodaban en la primaria. El Gordo. No cualquier gordo, sino “El Gordo”. Hoy, miro a los niños gordos y pienso en el bullying o los suicidios de adolescentes, y pienso por qué jamás se me ocurrió la idea de aventarme al Metrocomprendo su sufrimiento. Es duro ser un niño gordo.

Un país con millones de niños gordos es un país de niños tristes o infelices.

Un país de niños obesos es un país destinado a morir joven.

Dos

La llegada de los años 90 vino acompañada de la nueva tendencia de lo bello: la delgadez extrema; los modelos: la chica y el chico heroína (heroine girl & heroine boy). Kurt Cobain y Kate Moss. A mediados de los 90, después de que las bolsas diarias de papas fritas y la Coca-Cola hicieron sus efectos, me puse a dieta y comencé a hacer lagartijas y abdominales. Me forraba la panza con bolsas de plástico de la Comer para sudar y bajarla, y dejé de comer y nutrirme como debí de hacerloDios manda a un niño de mi edad., una vez Rtomobé sin el consentimiento de mi padre sula tarjeta de crédito de mi papá y pedípara pedir un Abs-no-sé-qué: un aparato con forma de avión que no servía en lo más mínimo para fortalecer los abdominales. Lo bueno fue que venía con un video de aeróbics que me hizo perder peso en los últimos meses en los que cursé la secundaria. Lo seguí, bajé en chinga de peso. Entré a la Pprepa; seguía siendo pequeño pero ahora era delgado. Las tallas de mis pantalones ya eran más cortas que las de mi hermano. No como antes. Dejé los aeróbics, comencé a jugar futbol como imbécil día y tarde, y en la noche hacía abdominales. Dejé de comer. Me comía un sándwich en todo el día y en la noche un plato de comida, lo que ese día hubieran cocinado en casa o un tazón de cereal. En la mañana comía lunetas o paletitas tarrito mientras jugabaábamos futbol con mis amigos y cuando salía con mis amigos a quey a la salida ellos se comprarban sus gordas y sus hamburguesas en un establecimientollamado “Mi Lugar”. Me dejé crecer el cabello hasta tenerlo  largo del mismo tamaño que el del de mi ídolo del grunge. Aprendí a tocar la guitarra. Tenía el ánimo lo suficientemente emo para ser un fiel seguidor de Cobain. Usé camisa a cuadros. Me enamoré de la delgadez y aborrecí a los gordos. Aborrecí lo gordo. No comía pero ya nadie me buleaba, ahora todos mis amigos pedían que tocara la guitarra, pero yo sólo tocaba las canciones rolas que me gustaban que también eran las únicas que me sabía. Los días que yo no llevaba mi guitarra a la Prepa, Óscar Homero conseguía alguna en el edificio de sexto año. No tocaba nada en español: Smashing Pumpkins, Nirvana, Radiohead… Más tarde se empezó a hablar de bulimia y anorexia y parecía una moda. Después entendí que todo era parte de lo mismo. Si no hubiera visto la película Fight Club (1999), de David Fincher, quizás jamás hubiera estudiado Letras ni hubiera querido ganar algo de músculo y mucho menos hubiera sido feliz siendo absolutamente raro. Ahora soy mayor, nunca he vuelto a ser obeso, dejé de obsesionarme con la cantidad de calorías en los alimentos, con las horas gastadas en el gimnasio y con el consumo de anabólicos. Años antes, Óscar Homero decidió irse a Estados Unidos y afiliarse a los marines. Sé que estuvo en Afganistán. Creo que no mató a nadie. Sé que algunos de sus otros amigos de la Prepa (al pasar a quinto año se cambió de grupo aunque nunca abandonó a nuestro grupo de amigos), quienes le llamaban Chock, y lo tomé como personaje para una novela inédita. Cito un pequeño pasaje de aquella obra no publicada: “Chock tenía facultades especiales muy por encima del promedio de las personas. Santiago recordó que en algún examen de coeficiente intelectual que les aplicaron en la Prepa sus resultados arrojados indicaban que tenía aptitudes prácticamente para cualquier cosa que se propusiera, y le auguraban un camino exitoso, él tenía un método que aplicaba con sigular eficacia: aprendía muy rápido lo esencial, pues era sumamente pragmático, pero aquello que aprendía jamás lo olvidaba; no se había convertido en marine por ninguna razón romántica ni por una mala jugada del destino. Para nada. Estar en el Ejército más grande del mundo era el único lugar donde podría desplegar todas sus capacidades y donde podía tener la oportunidad de desarrollarlas cabalmente y ponerlas a prueba de un extremo a otro del mundo”. Hace diez años, cuando redactaba el escrito anterior, conversaba practicamente a diario con él sobre sus devenires en los marines, sobre música y sobre rutinas de ejercicio: los dos habiamos sido niños gordos. Después perdí la comunicación con él. Supe que vino a México hace un par de años y se juntaron algunos de mis antiguos amigos de la Prepa pero yo no estaba en México aquel tiempo. Hubiera querido volver a verlo. Hace unos días nos enteramos por conducto de su hermana que había fallecido y que le harían un Memorial. Por pudor no preguntamos más detalles. Busqué, entonces, en Internet si había algún indicio. Rápidamente descubrí una página para marines en donde sus familiares les dedicaban algunas palabras. Leí la sentida carta que la esposa de Óscar le escribió. Descubrí que hablaba sobre sus cinco meses de tristeza, y caí en la cuenta de que esa página no solo era dedicada a marines fallecidos sino a marines que habían cometido suicidio por estrés postraumático. Una nueva búsqueda me llevó a encontrar una página de donaciones a su familia por lo que implica su ausencia. Descubrí fotografías familiares relativamente recientes en las que era rodeado por sus cuatro pequeños hijos. Ninguno de nosotros supo que estaba casado ni que tenía familia, ni siquiera los que hablaban con él regularmente. Óscar se suicidó el 16 de enero del presente 2020. Nosotros nos enteramos a finales de septiembre. Cuentan quienes lo vieron en su visita de 2018 que utilizaba bastón para ayudarse a caminar debido a que en alguna de sus misiones en Afganistán se lastimó seriamente la espalda y que su operación no había sido exitosa. Supe que durante los últimos años trabajó en la NASA o en alguna dependencia derivada. Siempre pensé que en un apocalipsis o misión casi imposible él sería uno de los últimos sobrevivientes.

Tres

Uno de los más de 50 mil muertos que a la fecha se asocian en México a la Covid-19 ha sido mi amigo Diego Gutiérrez Martínez, que era uno de esos jóvenes haraganes que a finales de los 90  dedicamos nuestros días en la Prepa 6 de la UNAM a jugar futbol soccer, escuchar música y, en buena medida, hacer bromas pesadas y repartir apodos a diestra y siniestra. Fieles a nuestro espíritu tardobuleante (que en muchos de los casos de estos jóvenes especímenes se ha extendido a lo largo de los años y que hoy veo con una cierta ternura y nostalgia precisamente porque sé que no se han movido de lugar y también porque soy varón y sería falso e hipócrita criticarlos por su afición a la pornografía y a la circulación de imágenes obscenas) todos fuimos acreedores al menos a uno pero, en muchos casos, a más de un apodo. Yo era el Trozo (por Brozo), y el Trupú (por razones escatológicas que no referiré). A mi amigo le decían Faitelson, y muy poco tiempo después El Fai, modo en el que yo y muchos más lo nombramos hasta su fallecimiento este mes de agosto. Fai tenía 38 años, como casi todos nosotros, fue doctor, se especializó en patología, instaló su laboratorio en casa en Tultitlán, Estado de México, donde vivía con su esposa y su pequeño hijo. Se presume que contrajo la enfermedad en una reunión familiar quince días antes de su deceso, aproximadamente. Se negó a ir al hospital hasta que no tuvo de otra, y ya internado en el Hosptal General se negó a que lo intubaran. Supongo que ya sabía lo que le esperaba. Murió a los pocos días, la madrugada del miércoles 5 de agosto del presente 2020.

La última vez que conversé con Fai por teléfono fue el jueves 19 de marzo. Ese día me invitó a un asado que estaba organizando con otro compañero de la Prepa. La cita era el sábado 21 en casa de este segundo amigo, en Coyoacán. A él y a otros no los veía desde enero de 2014, en otro asado en casa de Fai en Tultitlán. Le dije que iría o que haría lo posible pero yo sabía que las posibilidades eran pocas porque ya mi novia y yo nos alistábamos para trasladarnos a Xalapa a pasar el confinamiento que se avizoraba. A lo largo de los últimos años, repetidamente me salía del grupo de Whatsapp en el que Fai nos reunía, y cada vez que me salía Fai nuevamente me vovía a meter. Cuando le contaba esto a algunos amigos y amigas del presente me preguntaban por qué no lo bloqueaba, pero yo no iba a llegar a eso, pues  finalmente se imponía el peso de la nostalgia y del recuerdo de aquel tiempo de nuestra juventud; así que quizás sí: no comulgo con la obsesión casi enfermiza de compartir rutinariamente imágenes obscenas y pornográficas (no digo que estas imágenes me son ajenas ni que nunca las busco, sino que no las colecciono), pero tampoco quise desairarlos. Entonces, en algún momento de aquel sábado 21 de marzo, fui viendo las imágenes que compartían del asado en los prolegómenos de la pandemia. Advertí algo que ya era explícito en otras fotos de meses anteriores que en el grupo se habían compartido pero que quizás no había querido creer. Fai siempre había sido obeso —o gordito como se suele decir cuando ante el juicio se impone el cariño—, pero ya en esas últimas fotografías era notorio que había perdido las proporciones. Fai había llegado a una obesidad seria, Fai había perdido la batalla contra la báscula varios meses atrás, quizás años. No sé si en realidad hubo tal batalla o si solamente se trató de un olvido u abandono. Nunca estuve con él cuando ya se encontraba en dicha condición, por lo cual ignoro cuánta conciencia tendría de ello y si al menos él intentó hacer algo al respecto. Lo escribo con tristeza porque pensar en esto es sondear los abismos del hubiera, cosa que suelo rechazar religiosamente, y porque no quisiera que nadie lo interpretara como un daño a su memoria.

Y la conciencia se despliega con el desarrollo de la atención que a la vez conduce a la reflexión. Leer 20 minutos al día no sirve más que para cumplir una meta. Lo fundamental es el cultivo de la atención, en contra del entretenimiento desnudo . Pero el asunto es también de políticas públicas, pero de eso los políticos no entienden.  En el marco de la actual pandemia, de acuerdo con datos del CONACYT publicados por la Secretaría de Salud, el 24.5% de las muertes por Covid-19 indican como comorbilidad la prevalencia de obesidad. Esto significa miles de muertes. Fai fue uno de los 1110 varones de entre 35 y 39 años de edad que a agosto de 2020 habían ya fallecido en México durante esta pandemia. Una edad en la que contaba con buenas posibilidades para no haber muerto

2 comentarios en ““Indicios de una generación destinada a morir joven: pandemia, obesidad y memoria” | RADARES E INTERFERENCIAS | Serie Palimpsestos 2020 (II/X)

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